Cuentos para contar.

viernes, 18 de octubre de 2013

La casa que cambia de lugar (parte 2ª)

En la selva

Abrió la puerta de la casa y,¡se encontró en plena selva!. Observó sobrecogida, grandes árboles de los que colgaban lianas como serpientes, ¿o eran serpientes?; la exuberante vegetación que parecía crecer del mismísimo aire estrangulando las nubes.............."- ¡Impresionante!".
Se internó en la selva, embriagada por el perfume de grandes flores y exóticos frutos, acompañada de los 1000 cantos de pájaros y criaturas, que sin ser vistos, componían la sinfonía selvática.
De repente, algo tiró de su pie izquierdo arrastrándole hacia arriba, y el mundo dio la vuelta ante sus ojos.
¡Había caído en una trampa!. Quedó balanceándose, cabeza abajo, de la rama de un árbol.
Ya empezaba a marearse, cuando escuchó algo. Vio varios pies desnudos y sucios que le rodeaban. Miró hacia arriba, pertenecían a 2 cuerpos oscuros y fibrosos vestidos únicamente con un taparabos, que hablaban entre sí en un extraño lenguaje. Cortaron la cuerda de la que pendía, y le ataron por las manos y los pies a un madero que transportaron sobre sus hombros. ¡Estaba aterrada!.
Así, llegaron a un poblado de chabolas situado en un claro de la selva. Pusieron el madero entre 2 árboles,y la dejaron, macerándose al sol, mientras niños desnudos jugaban a su alrededor, tocándole y riéndose.
"- ¡Espero que no sean caníbales!." - Pensó.
Pero su incertidumbre se convirtió en terror, al ver un enorme puchero encima de un fuego al que echaban verduras. Empezó a moverse y a gritar presa del pánico.
"- Tranquila," - se dijo  "- piensa un poco."
Vio que sus ataduras no eran más que hierbas entrelazadas, por lo que incorporándose un poco, las rompió con los dientes. Una vez sueltas, escapó lo más rápido que pudo. A sus espaldas oía un gran griterío, flechas y lanzas se clavaban en la hierba y en los árboles muy cerca de ella. Llegó hasta un río que bajaba enfurecido. Miró hacia atrás, ¡los hombres con taparabos estaban muy cerca!, miró de nuevo al río, y tapándose la nariz con la mano, se tiró al agua.
La corriente le arrastró lejos de los nativos, que levantaban sus lanzas y gritaban contrariados.
Leire, pudo agarrarse a un tronco que corría su misma suerte en las embravecidas aguas. El tronco, quedó atrapado entre las rocas de un remanso, por lo que salió del agua. Empapada y agotada, se tumbó en la hierba.
Al rato se incorporó, y vio varios troncos flotando en el agua.
"- Tengo que encontrar la casa ," - Pensó, " - ¡pero no tengo ni idea de donde estoy!. ¡En menudo lío me he metido!."
Miró de nuevo al río, ¡los troncos se estaban acercando!. Una mirada más atenta le percató de que no eran troncos, ¡sino cocodrilos!. Se levantó de un salto y corrió entre la espesura. Gritos espeluznantes, aullidos terroríficos, siseos inquietantes, incluso tambores de caza, retumbaban en sus oídos mientras la vegetación azotaba su cuerpo. ¡Todas las bestias de la selva iban tras ella!. Extenuada y con el corazón en la boca, paró un momento; miró a su alrededor, ¡no se lo podía creer!, delante de ella estaba la pequeña y coqueta casita de madera que buscaba. Entró apresuradamente y cerro la puerta con los pestillos. Dentro, se respiraba la apacible sensación de seguridad que recordaba, y que tanto necesitaba en esos momentos. Se acercó al hogar donde ardía un acogedor fuego, y se quedó dormida sobre la mullida alfombra que tapizaba el suelo.




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