En algún lugar ente el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, el espíritu de Gorgobich (1) buscaba, sediento de venganza, la criatura apropiada para reencarnarse, y la encontró, atrapada en el hielo, donde había estado durmiendo durante siglos.
El Delfín Volador, volaba literalmente sobre las bravías aguas del océano en busca de aventuras...........y oro claro. Aliado de los vientos y las mareas, no había barco humano capaz de alcanzarle, pero esta vez, algo que no era humano, les perseguía.
- Tengo una sensación extraña - decía Rodi en la cubierta del Delfín - no veo ni una sola gaviota merodeando por aquí.
- Mejor, esas malditas ratas voladoras sólo saben vociferar y cagar - respondió Malapata.
- Si, pero es raro, además Bernard lleva más de 2 horas intentando pescar algo, y nada, parece que los peces se hubieran esfumado de repente........., o que hayan huido de algo.
- Como no sea de las canciones del Bardo - bromeó Malapata.
Rodi comprendió que estaba en lo cierto, cuando la proa del Delfín se elevó unos metros por la ola que había lebantado la pavorosa criatura que habría su enorme boca repleta de dientes, con la intención de devorarlos.
- ¡Por las barbas de Belcebú! - gritó Malapata, y dando un empujón al timonel, cogió el timón.
Con mano firme, Malapata consiguió evitar el envite de la bestia.
- ¡Soltar todo el trapo! -gritó Rodi.
Aprovechando las olas levantados por la bestia, el Delfín consiguió unos metros de ventaja, surfeando en ellas, pero cual fue su sorpresa, que se encontraron de frente con un galeón del rey, que les cortaba el paso. Con un rápido movimiento de timón, Malapata evitó el choque.
- ¡De buena nos hemos librado!
- Si capitán, buena maniobra. Ahora la bestia nos librará de ellos.
Pero no fue así, La bestia paró en seco delante del galeón, y en vez de atacarle, lo observó un buen rato, como si lo reconociera, y girando, siguió al delfín dando un terrorífico alarido.
- ¡Como es posible!. ¿es que no le gusta la carne de los bastardos? - maldecía el pirata.
Entonces sucedió lo que más temían Malapata y su tripulación, el viento dejó de soplar. ¡Pero la bestia había desaparecido en las profundidades del mar! Un tenso silencio envolvía al Delfín, ni siquiera se escuchaba el chillido de las gaviotas.
- Se ha debido sumergir, para sorprendernos - reflexionaba Rodi - ¡estamos a su merced!
No tardó mucho La bestia de surgir de los abismos; lo hizo despacio, mostrando toda su monstruosa majestuosidad. Sus ojos recorrieron la cubierta del Delfín, buscando algo, y se pararon cuando se encontraron con los de Malapata. Una sonrisa pareció dibujarse en sus boca.
-¿ Me buscabas maldita sardina ahumada!, ¡te pondré en escabeche para la cena - gritó Malapata desenvainado el sable. Pero no tuvo tiempo de usarlo, la enorme boca de La bestia lo encgulló en un suspiro, y con él a Rodi, el timón y buena parte del mástil, con vela y todo.
Malapapa y Rodi tuvieron suertes de pasar indemnes entre los afilados dientes de La bestia, que trituraron el timón y el mástil, y pudieron agarrarse a los huesos de la garganta, para no ser disueltos por los jugos gástricos del estómago. Los dos treparon hasta uno de los plieges de la boca de La bestia.
- ¡Tragado por una maldita babosa de mar!- bramaba el pirata.
- No es una babosa capitán, es un megadolón.
- ¿Un qué?
- Un megadolón, un animal prehistórico que vivió antes de la aparición de los dinosaurios.
- ¡Cómo es posible!
- No lo se, pero se trata del más poderoso depredador que ha existido sobre la tierra o bajo el mar.
De pronto, un humo negro les cubrió, y delante de sus narices, se transformó en un espantoso esqueleto carbonizado con un sombrero de almirante.
- Me lo imaginaba almirante Górgobich, sólo un maestro de las ciencias ocultas como usted podría haberse reencarnado en una bestia tan pavorosa.
- Muy sagaz Rodi, pero esta vez nadie os va a salvar de la muerte, un pequeño empujón y os convertiréis en alimento para ésta entrañable criatura.
- Pero antes tendrás que saldar viejas deudas que tienen con ciertos oscuros señores.
- ¿De que demonios hablas?
- Demonios si, exactamente. Cuando vi que la bestia no atacaba el galeón del rey, me di cuenta de todo el asunto, y cogí mi libro de conjuros.
Abriéndolo, Rodi leyó en voz bien alta:
"¡Espantus máximus reliquium dei! ¡invoco a los guardianes del infierno!"
Una puerta de fuego se abrió en el aire. De allí surgió la más abominable criatura que jamás vio el ojo humano.
-¿Quien tiene la osadía de abrir las puertas del infierno? - tronó en el aire - ¡sólo si un alma cae en sus abismos volverá a cerrarse!
- Si, si, claro - dijo Rodi tranquilamente - será además un alma que andáis buscando: La del almirante Górgovich.
Rodi señaló al esqueleto calcinado, que con la mandíbula desencajada por el miedo, no daba crédito al giro de los acontecimientos.
- ¡Górgobich!, ¡te buscábamos!, ¡nadie escapa a la soga del destino!
Una llamarada surgió de la puerta de fuego, tragándose al espíritu de Górgobich, que se descomponía entre terribles alaridos.
Antes de desaparecer por la puerta, el demonio se dirigió a Malapata:
- ¡Nos veremos muy pronto!
Malapata intentó tragar saliva (no le quedaba), y celebró que todavía estaba vivo.
- Tranquilo capitán, ya encontraremos la forma de burlar al destino - le dijo Rodi para darle ánimos - Ahora lo que tenemos que pensar es en la forma de salir de aquí.
Rodi miró pensativo a su alrededor; entre los dientes había enganchado un cofre.
- El cofre puede ser nuestra salvación - dijo, y escalaron entre los huesos de la bestia hasta el cofre.
Malapata, con su sable, desencajó el cofre de los dientes, y lo abrió; estaba lleno de joyas y doblones de oro.
- Habrá que vaciarlo para meternos dentro - dijo Rodi.
- ¡Nunca!, ¡antes me despellejaría vivo!
- ¡Capitán, el oro o la vida!
- ¡Prefiero la muerte! - respondió Malapata orgulloso.
- ¿Te has olvidado de las palabras del demonio?
La expresión de Malapata era el fiel reflejo de la cruenta lucha que se libraba en su interior.
- Vamos capitán, conseguiremos más oro, pero par eso tenemos que salir de ésta.
Con lágrimas en los ojos, Malapata ayudó a Rodi a vaciar el cofre, no sin antes llenarse los bolsillos con todo lo que pudo.
Una vez vacío el cofre, se metieron dentro, y empujándolo a una, cayeron por la garganta de la bestia hasta el estómago. El hierro forjado del cofre, resistió el ataque de los ácidos que segregaba el aparato digestivo, y siguió bajando por un oscuro y poco honorable conducto, hasta salir expulsado al océano.
El cofre cayó hasta las profundidades del mar, y desde allí Rodi y Malapata bucearon hasta la superficie.
No tardó El delfín en recogerles, donde la tripulación reparaba los daños tras el ataque de la bestia. Estos no daban crédito a sus palabras, pero acabaron creyéndoles, al conocer la pericia e inteligencia del capitán y su guardamaestre.
Ya en la cubierta del Delfín, Malapata y Rodi discutían.
- ¡No podemos dejar suelta a esa bestia, destrozará todo el ecosistema del océano!
- ¿Y qué quieres que hagamos? ¿qué la pesquemos con un anzuelo y nos la comamos a la parrilla? Haría falta un anzuelo muy grande - dijo Malapata con ironía.
- Muy grande........,¡tengo una idea!
El megalodón nadaba tranquilamente entre el banco de sardinas. No se atrevía a atacarles, ya que éstas le doblaban en tamaño. Tendría que conformarse con atrapar pequeños gusanos, que aún así tenía que cortar en varios trozos con sus poderosas mandíbulas para poder comérselos.
Malapata y Rodi tomaban ron en la popa del delfín.
- Ha sido una extraña aventura - comentaba Malapata - espíritus, demonios, bestias prehistóricas,......
- ¡Gigantes! - agregó Rodi.
- Gigantes, si, pero la próxima vez que quieras convertir a alguien en gigante con tus conjuros, ¡conviértete a tí!
- Venga capitán, no me digas que no fue una buena idea, ¡tenías un aspecto impresionante, con esa altura!
- Bueno, no es para tanto. Era la única forma de agarrar al bicho por la cola y llevarlo al País de los gigantes. Allí no es ningún peligro para nadie; aunque todavía me duele el dedo meñique por el mordisco que me dio esa sabandija.
- ¿Por eso llorabas hace un rato?
Malapata se alejó de nuevo a llorar; ¡todavía se acordaba del oro que tuvo que arrojar a las entrañas de la bestia para salvar la vida!
(1)El Pirata Malapata y los espíritus de la naturaleza
Cuentos para contar.
viernes, 5 de febrero de 2016
viernes, 15 de enero de 2016
Las avispas (historias de Rina, la gata callejera)
Anochecía; no había sido un buen día para Rina, sólo unos trozos de pan duro mojado que les habían echado a los patos del estanque, habían sido su único alimento. Entonces, de la puerta trasera de un restaurante, salió un hombre gordo vestido de cocinero, con una bolsa de basura. Rina se escondió debajo de un contenedor de basura. El hombre abrió el contenedor y echó la bolsa dentro. Rina se contuvo de no salir disparada al escuchar el estrepitoso ruido que se produjo al chocar la tapa con la pared del contenedor. El cocinero volvió al restaurante, olvidándose de cerrar de nuevo el contenedor. Rina esperó unos instantes para asegurarse de que el hombre se había ido, y salió sigilosamente de debajo del contenedor. De inmediato Notó un fuerte olor que provenía del mismo, movió el labio superior para que las partículas caloríficas entraran por su paladar además de por su nariz,y distinguió entre los olores de putrefacción, el de comida recién hecha. Flexionó su patas, y de un ágil salto se introdujo en el contenedor. El estallido de olores provenía de la bolsa que acababa de tirar el hombre; estaba mal atada, y trozos de pescado y bistec entre hojas de lechuga y espaguetis con tomate se desparramaban sobre bolsas de basura. Comió hasta hartarse, y luego se refugió entre unos cartones para pasar la noche.
Al día siguiente volvió junto al contenedor; la tapa seguía abierta, y un puñado de bolsas amontonadas impedía cerrarlo. Hacía calor, y Rina se tumbó sobre un viejo colchón, al lado del contenedor, esperando la aparición del hombre gordo, que dejaba allí aquellos suculentos manjares, como un desinteresado papá Noel. A eso del mediodía, volvió a parecer el hombre gordo con su traje de cocinero, dejó la bolsa de basura que llevaba en el contenedor . Rina, aunque adormecida por el sopor, escuchó los pasos bamboleantes del hombre, y se escondió entre unas cajas, desde donde esperó a que éste se alejara. Se acercó al contenedor, pero había un ruido nuevo, como un zumbido, que se multiplicaba cuanto más se acercaba. Se detuvo para afinar todos sus sentidos; sobrevolando las bolsas amontonadas en el contenedor, 2 enormes avispas asiáticas, revoloteaban inquietas. Rina salió corriendo, su instinto de supervivencia era mayor que su hambre.
Pasó el tiempo, la comida escaseaba, y Rina recordaba el festín que se había dado aquella noche en el contenedor de basura. Se acercó cautelosamente, recordando también a las avispas, y allí estaban. Esta vez eran más de 6, y entraban y salían del contenedor, como siguiendo un plan preestablecido. Rina las siguió con la vista, y vio que se dirigían hacia el alerón de un tejado próximo. Allí, protegido de la intemperie, había una inmensa construcción marrón con forma ovalada que las avispas recorrían ajetreadas; era el nido, donde la avispa reina ponía los huevos de los que saldría una nueva generación de avispas. Le entró el pánico al verlo, pero el dolor de estómago hizo que se apostara entre unos cartones para esperar acontecimientos.
Anochecía, y las avispas, siguiendo su ritmo natural, empezaban a ralentizar su actividad. Había hecho un día bochornoso, pero la venida de un frente frío, provocó una intensa tormena en la zona, con fuertes vientos. En esos momentos, Rina había salido de su escondite, al ver que las avispas volvían poco a poco a su nido. Entonces se desató la tormenta, y los fuertes vientos zarandearon el nido hasta hacerlo caer. Cayó cerca de donde Rina se encontraba. Las avispas, furiosas y desconcertadas se abalanzaron sobre Rina, con el único fin de proteger a su reina, aunque fuera con su vida. Rina huyó, sin fijarse que se dirigía hacia un callejón sin salida. Se encontró de repente con un muro húmedo y garabateado, que ni siquiera un gato podía escalar. Sintió un picotazo, una avispa enredada en el pelo de su lomo le había picado. Se volvió intentando morder a otra que se dirigía a sus ojos; el zumbido sordo que le rodeaba estuvo a punto de paralizarla, pero un nuevo pinchazo le hizo reaccionar, y rodó por el suelo aplastando a las avispas que cubrían su cuerpo. Vio entonces una vieja alfombra, y sacudiéndose espasmódicamente, se metió debajo de ella. Las avispas se abalanzaron sobre el bulto que sobresalía de la alfombra, y clavaron sus aguijones. Por fortuna, la alfombra era lo suficientemente gruesa como para que estos no alcanzaran la piel de Rina. Entre temblores y sudor, a causa de las picaduras, perdió el sentido.
Cuando despertó, salió de debajo de la alfombra, todavía temblando y bañada en sudor. Vio una veintena de avispas muertas con su aguijón clavado allí donde ella había estado, y la alfombra empapada por la intensa lluvia que había caído. Se encontraba muy débil, pero el veneno de las picaduras no había sido letal. Se arrastró por el callejón hasta el contenedor de basura: ¡El viento lo había volcado!, ¡ y ante sí se extendía un impresionante festín con los más variados y sabrosos manjares!, ¡sólo para ella!
Al día siguiente volvió junto al contenedor; la tapa seguía abierta, y un puñado de bolsas amontonadas impedía cerrarlo. Hacía calor, y Rina se tumbó sobre un viejo colchón, al lado del contenedor, esperando la aparición del hombre gordo, que dejaba allí aquellos suculentos manjares, como un desinteresado papá Noel. A eso del mediodía, volvió a parecer el hombre gordo con su traje de cocinero, dejó la bolsa de basura que llevaba en el contenedor . Rina, aunque adormecida por el sopor, escuchó los pasos bamboleantes del hombre, y se escondió entre unas cajas, desde donde esperó a que éste se alejara. Se acercó al contenedor, pero había un ruido nuevo, como un zumbido, que se multiplicaba cuanto más se acercaba. Se detuvo para afinar todos sus sentidos; sobrevolando las bolsas amontonadas en el contenedor, 2 enormes avispas asiáticas, revoloteaban inquietas. Rina salió corriendo, su instinto de supervivencia era mayor que su hambre.
Pasó el tiempo, la comida escaseaba, y Rina recordaba el festín que se había dado aquella noche en el contenedor de basura. Se acercó cautelosamente, recordando también a las avispas, y allí estaban. Esta vez eran más de 6, y entraban y salían del contenedor, como siguiendo un plan preestablecido. Rina las siguió con la vista, y vio que se dirigían hacia el alerón de un tejado próximo. Allí, protegido de la intemperie, había una inmensa construcción marrón con forma ovalada que las avispas recorrían ajetreadas; era el nido, donde la avispa reina ponía los huevos de los que saldría una nueva generación de avispas. Le entró el pánico al verlo, pero el dolor de estómago hizo que se apostara entre unos cartones para esperar acontecimientos.
Anochecía, y las avispas, siguiendo su ritmo natural, empezaban a ralentizar su actividad. Había hecho un día bochornoso, pero la venida de un frente frío, provocó una intensa tormena en la zona, con fuertes vientos. En esos momentos, Rina había salido de su escondite, al ver que las avispas volvían poco a poco a su nido. Entonces se desató la tormenta, y los fuertes vientos zarandearon el nido hasta hacerlo caer. Cayó cerca de donde Rina se encontraba. Las avispas, furiosas y desconcertadas se abalanzaron sobre Rina, con el único fin de proteger a su reina, aunque fuera con su vida. Rina huyó, sin fijarse que se dirigía hacia un callejón sin salida. Se encontró de repente con un muro húmedo y garabateado, que ni siquiera un gato podía escalar. Sintió un picotazo, una avispa enredada en el pelo de su lomo le había picado. Se volvió intentando morder a otra que se dirigía a sus ojos; el zumbido sordo que le rodeaba estuvo a punto de paralizarla, pero un nuevo pinchazo le hizo reaccionar, y rodó por el suelo aplastando a las avispas que cubrían su cuerpo. Vio entonces una vieja alfombra, y sacudiéndose espasmódicamente, se metió debajo de ella. Las avispas se abalanzaron sobre el bulto que sobresalía de la alfombra, y clavaron sus aguijones. Por fortuna, la alfombra era lo suficientemente gruesa como para que estos no alcanzaran la piel de Rina. Entre temblores y sudor, a causa de las picaduras, perdió el sentido.
Cuando despertó, salió de debajo de la alfombra, todavía temblando y bañada en sudor. Vio una veintena de avispas muertas con su aguijón clavado allí donde ella había estado, y la alfombra empapada por la intensa lluvia que había caído. Se encontraba muy débil, pero el veneno de las picaduras no había sido letal. Se arrastró por el callejón hasta el contenedor de basura: ¡El viento lo había volcado!, ¡ y ante sí se extendía un impresionante festín con los más variados y sabrosos manjares!, ¡sólo para ella!
jueves, 31 de diciembre de 2015
De elefantes, monos y alubias
Los monos, siempre de chirigota y con ganas de pasárselo bien, decidieron gastar una broma a los elefantes: cocinaron unas alubias, y se las pusieron para cenar, entre los cacahuetes y los plátanos. Cuando se durmieron, les taponaron el culo metiéndoles unos palos, y lo elefantes llenos de gases a causa de las alubias, se hincharon e hincharon hasta salir flotando por los aires. ¡Qué espectáculo!, ¡decenas de elefantes, grandes y pequeños suspendidos en el cielo a merced del viento! Tanta gracia le hizo al viento, que rió y rió, tan fuerte que los elefantes acabaron en la luna. Allí, los elefantes se quitaron los palos del culo unos a otros, con las trompas. ¡Imaginaros el estruendo!, ¡decenas y decenas de sonoros pedos salieron al instante!, ¿y el olor?; la luna, asqueada, se lanzó de cabeza al mar, y se lavó con jabón y estropajo,haciéndose unos cuantos cráteres más, para librarse de él. Hasta los peces se refugiaron en los ríos a causa de la peste.
Los pobres elefantes, calados hasta los huesos y humillados, pensaron en vengarse de los monos, que andaban con las mandíbulas desencajadas de tanto reírse. Así que cuando éstos dormían, untaron con cola sus árboles favoritos, donde solían subirse para coger plátanos. Y allí se quedaron los monos, pegados a la corteza de os árboles, muertos de hambre, alargando las manos para intentar coger los plátanos que colgaban sobre sus cabezas.
" Habéis tenido vuestro merecido"- les dijeron los elefantes - "Os dejaremos así un par de días, para que escarmentéis".
Pero sucedió que un tigre que se acercó por allí para reírse de los elefantes, se encontró con los monos pegados en los árboles, al alcance de sus garras y sus dientes.
" ¡Con el hambre que tengo!" - pensó - "¡me voy a dar un festín!"
Los elefantes, viendo que su broma había ido demasiado lejos, dadas las circunstancias, invitaron al tigre a cenar.
" Unas verduritas antes del banquete te ayudarán para hacer mejor la digestión" - le dijeron.
El tigre aceptó encantado, y entre frutas y verduras, se comió las alubias que los monos habían mezclado con ellas.Cuando terminó, le metieron una rama en el culo, ¡y volando se fue como un globo de rayas amarillas y negras!
Con chorros de agua a presión saliendo de sus trompas, los elefantes despegaron a los monos de los árboles. Parecían castañuelas, por el claqueteo de sus dientes a causa del susto.
Y lo que empezó como una broma que humilló a los elefantes, ¡se convirtió en el mayor espectáculo del mundo!, ya que el dueño de un circo que vio a los elefantes por los aires, con buen ojo comercial, les contrató, haciendo de ellos grandes estrellas internacionales.
El pobre tigre, ahí anda flotando en el aire, esperando que algún piadoso pajarillo le saque la rama del culo.
Los pobres elefantes, calados hasta los huesos y humillados, pensaron en vengarse de los monos, que andaban con las mandíbulas desencajadas de tanto reírse. Así que cuando éstos dormían, untaron con cola sus árboles favoritos, donde solían subirse para coger plátanos. Y allí se quedaron los monos, pegados a la corteza de os árboles, muertos de hambre, alargando las manos para intentar coger los plátanos que colgaban sobre sus cabezas.
" Habéis tenido vuestro merecido"- les dijeron los elefantes - "Os dejaremos así un par de días, para que escarmentéis".
Pero sucedió que un tigre que se acercó por allí para reírse de los elefantes, se encontró con los monos pegados en los árboles, al alcance de sus garras y sus dientes.
" ¡Con el hambre que tengo!" - pensó - "¡me voy a dar un festín!"
Los elefantes, viendo que su broma había ido demasiado lejos, dadas las circunstancias, invitaron al tigre a cenar.
" Unas verduritas antes del banquete te ayudarán para hacer mejor la digestión" - le dijeron.
El tigre aceptó encantado, y entre frutas y verduras, se comió las alubias que los monos habían mezclado con ellas.Cuando terminó, le metieron una rama en el culo, ¡y volando se fue como un globo de rayas amarillas y negras!
Con chorros de agua a presión saliendo de sus trompas, los elefantes despegaron a los monos de los árboles. Parecían castañuelas, por el claqueteo de sus dientes a causa del susto.
Y lo que empezó como una broma que humilló a los elefantes, ¡se convirtió en el mayor espectáculo del mundo!, ya que el dueño de un circo que vio a los elefantes por los aires, con buen ojo comercial, les contrató, haciendo de ellos grandes estrellas internacionales.
El pobre tigre, ahí anda flotando en el aire, esperando que algún piadoso pajarillo le saque la rama del culo.
viernes, 18 de diciembre de 2015
El amo cruel
Había un amo que poseía una inmensa riqueza, y un sinfín de criados a su servicio, a los que imponía su voluntad mediante amenazas.
Uno de ellos era músico, y le obligaba a componer innumerables odas sobre él y sus grandezas.
- Amo - le dijo un día - ¿No podría componer canciones sobre el vuelo de los pájaros, o el amor en los ojos de los enamorados?
- ¡No! - le respondió el amo enfadado - ¡si lo haces llamaré a mi guardaespaldas, y te matará!
El guardaespaldas, que tenía 2 hijos y 3 hijas pequeñas, era un hombre de honor, entregado al arte de la guerra.
- No es honorable conseguir lo que uno quiere con amenazas - le dijo al amo.
- ¿Quieres que tus hijos mueran de hambre? ¡si no matarías al músico cuando yo te lo ordenara, mandaría al cocinero que no les diera comida! - le respondió.
El cocinero, también tenía hijos, y no aceptaría la orden del amo ¡en ningún caso!,
pero.......... no tenía donde vivir, y el albañil, a servicio del amo, le estaba construyendo una casa, mientras vivía en la mansión del amo.
- Si dieras de comer a los hijos del guardaespaldas, cuando yo te mandara lo contrario, ordenaría al albañil que derrumbara la casa que te está construyendo, y te echaría de mi mansión.
El albañil, estaba enamorado de la hija del amo, una linda joven, aunque algo superficial. El amo, le prometió la mano de su hija, si hacía todo lo que le pedía.
- Derrumbarás la casa que estás construyendo al cocinero si éste da de comer a los hijos del guardaespaldas, en el caso de que el guardaespaldas no matara al músico.
- ¡No puedo hacer algo tan vil!
- ¡Pues nunca te casarás con mi hija!
¿Y la hija? pues debía de cumplir las órdenes de su padre, si quería heredar su inmensa fortuna.
Pero ocurrió que la hija se enamoró de un joven galán, y con el corazón inflamado, ambos se fugaron, ignorando las riquezas del padre.
El albañil, con el corazón roto, dejó al amo;
el cocinero, al ver frustrado su sueño de tener una casa propia, también se fue;
el guerrero buscó otro amo que alimentara a sus hijos;
y el músico, libre de las amenazas de muerte, se fue a trobar por los caminos.
Y el amo se quedó completamente solo, con sus riquezas y con su rencor.
Uno de ellos era músico, y le obligaba a componer innumerables odas sobre él y sus grandezas.
- Amo - le dijo un día - ¿No podría componer canciones sobre el vuelo de los pájaros, o el amor en los ojos de los enamorados?
- ¡No! - le respondió el amo enfadado - ¡si lo haces llamaré a mi guardaespaldas, y te matará!
El guardaespaldas, que tenía 2 hijos y 3 hijas pequeñas, era un hombre de honor, entregado al arte de la guerra.
- No es honorable conseguir lo que uno quiere con amenazas - le dijo al amo.
- ¿Quieres que tus hijos mueran de hambre? ¡si no matarías al músico cuando yo te lo ordenara, mandaría al cocinero que no les diera comida! - le respondió.
El cocinero, también tenía hijos, y no aceptaría la orden del amo ¡en ningún caso!,
pero.......... no tenía donde vivir, y el albañil, a servicio del amo, le estaba construyendo una casa, mientras vivía en la mansión del amo.
- Si dieras de comer a los hijos del guardaespaldas, cuando yo te mandara lo contrario, ordenaría al albañil que derrumbara la casa que te está construyendo, y te echaría de mi mansión.
El albañil, estaba enamorado de la hija del amo, una linda joven, aunque algo superficial. El amo, le prometió la mano de su hija, si hacía todo lo que le pedía.
- Derrumbarás la casa que estás construyendo al cocinero si éste da de comer a los hijos del guardaespaldas, en el caso de que el guardaespaldas no matara al músico.
- ¡No puedo hacer algo tan vil!
- ¡Pues nunca te casarás con mi hija!
¿Y la hija? pues debía de cumplir las órdenes de su padre, si quería heredar su inmensa fortuna.
Pero ocurrió que la hija se enamoró de un joven galán, y con el corazón inflamado, ambos se fugaron, ignorando las riquezas del padre.
El albañil, con el corazón roto, dejó al amo;
el cocinero, al ver frustrado su sueño de tener una casa propia, también se fue;
el guerrero buscó otro amo que alimentara a sus hijos;
y el músico, libre de las amenazas de muerte, se fue a trobar por los caminos.
Y el amo se quedó completamente solo, con sus riquezas y con su rencor.
sábado, 5 de diciembre de 2015
El centrifugado
El todavía inmaduro sistema digestivo del bebé, devolvió la papilla, empapando por completo la mantita rosa de lana que lo cubría. Estaba echa a mano, con cariño y dedicación, por la abuela Marisa, que había bordado también el nombre de la niña con letras caligráficas.
La mamá, cogió la manta, y limpió delicadamente la boca del bebe, con la parte seca. Luego la echó al cubo de la ropa sucia, donde se inició una interesante conversación entre la mantita, un calcetín, una sudadera, y una corbata.
- ¡Qué haces tu aquí! - le dijo el calcetín a la manta - se supone que la ropa delicada se lava a mano.
- No lo se - respondió - es la primera vez que me manchan.
- Pues vas a acabar hecha trizas - habló la corbata.
- ¡Venga ya, si es muy divertido! - dijo la sudadera - sobre todo al final, cuando la cosa se desmadra.
La mantita se asustó.
- ¿Qué es lo que me van a hacer?
- Nos van a meter a todos en la lavadora para darnos un buen baño - dijo entusiasmada la sudadera.
- Tranquila - continuó solemne el calcetín - se trata de una máquina en la que damos vueltas y vueltas entre agua y jabón.
- ¡ Hasta que llega el final! - saltó la corbata - ¡ y se convierte en una endiablada trituradora que deshilacha las más resistentes telas!, ¡sólo los más fuertes sobreviven!
- ¡No te pases!, Yo he pasado por cientos de lavados, y mira, como nuevo - dijo el calcetín, intentando ocultar el talón, donde se apreciaba cierto desgaste.
Ante la diversidad de opiniones, la mantita quedó sumida en una gran incertidumbre.
Cuando el cubo de la ropa sucia estuvo lleno, el papá se lo llevó hasta la lavadora, y metió la ropa en ella, sin fijarse en la delicada manta rosa que debería haber lavado a mano. Echó el detergente y el suavizante en la cajetilla, y puso en marcha la lavadora en el programa habitual.
El tambor de la lavadora se llenó de agua caliente y jabón,
"Vaya, es agradable, el agua está caliente y perfumada".
y empezó a dar vueltas.
"Bueno, es bastante molesto, pero puedo acostumbrarme".
La suela de una zapatilla empezó a rasgarla, allí donde estaba bordado el nombre de la niña.
"Aguantaré, no puede quedar mucho.......".
Al cabo de un tiempo, empezó el centrifugado; la zapatilla desgarraba la delicada lana en cada violenta vuelta del tambor.
El papá, abrió la puerta de la lavadora, y sacó la ropa con gran disgusto: ¡La sudadera, el calcetín, la corbata,......! ¡toda la colada estaba teñida de rosa!
De la mantita no quedaba ni rastro.
La mamá, cogió la manta, y limpió delicadamente la boca del bebe, con la parte seca. Luego la echó al cubo de la ropa sucia, donde se inició una interesante conversación entre la mantita, un calcetín, una sudadera, y una corbata.
- ¡Qué haces tu aquí! - le dijo el calcetín a la manta - se supone que la ropa delicada se lava a mano.
- No lo se - respondió - es la primera vez que me manchan.
- Pues vas a acabar hecha trizas - habló la corbata.
- ¡Venga ya, si es muy divertido! - dijo la sudadera - sobre todo al final, cuando la cosa se desmadra.
La mantita se asustó.
- ¿Qué es lo que me van a hacer?
- Nos van a meter a todos en la lavadora para darnos un buen baño - dijo entusiasmada la sudadera.
- Tranquila - continuó solemne el calcetín - se trata de una máquina en la que damos vueltas y vueltas entre agua y jabón.
- ¡ Hasta que llega el final! - saltó la corbata - ¡ y se convierte en una endiablada trituradora que deshilacha las más resistentes telas!, ¡sólo los más fuertes sobreviven!
- ¡No te pases!, Yo he pasado por cientos de lavados, y mira, como nuevo - dijo el calcetín, intentando ocultar el talón, donde se apreciaba cierto desgaste.
Ante la diversidad de opiniones, la mantita quedó sumida en una gran incertidumbre.
Cuando el cubo de la ropa sucia estuvo lleno, el papá se lo llevó hasta la lavadora, y metió la ropa en ella, sin fijarse en la delicada manta rosa que debería haber lavado a mano. Echó el detergente y el suavizante en la cajetilla, y puso en marcha la lavadora en el programa habitual.
El tambor de la lavadora se llenó de agua caliente y jabón,
"Vaya, es agradable, el agua está caliente y perfumada".
y empezó a dar vueltas.
"Bueno, es bastante molesto, pero puedo acostumbrarme".
La suela de una zapatilla empezó a rasgarla, allí donde estaba bordado el nombre de la niña.
"Aguantaré, no puede quedar mucho.......".
Al cabo de un tiempo, empezó el centrifugado; la zapatilla desgarraba la delicada lana en cada violenta vuelta del tambor.
El papá, abrió la puerta de la lavadora, y sacó la ropa con gran disgusto: ¡La sudadera, el calcetín, la corbata,......! ¡toda la colada estaba teñida de rosa!
De la mantita no quedaba ni rastro.
viernes, 20 de noviembre de 2015
Leire y sus juegos
"El robot dinosaurio destrozaba la ciudad, derivando los edificios con la cola, para atrapar a sus aterrorizados habitantes y tragárselos. Con ellos, el malvado Puercovich elaboraba la deliciosa mermelada de arándanos que tanto le gustaba. Pero entonces, apareció La Princesa de Hielo, y disparó su rayo superultracongelante, dando de lleno al dinosaurio. Este, quedó atrapado en el hielo, pero con los rayos láser de sus ojos, lo derritió. La princesa, utilizó su móvil de última generación para hacer una llamada, y volando sobre sus cabezas, Superpuch, el osito de peluche gigante, bajó de los cielos. Agarró al dinosaurio con sus dos brazos, y utilizando su poderoso abrazo amoroso, inutilizó al dinosaurio. Puercovich, que lo conducía desde dentro, escapó de la boca del dinosaurio con su nave espacial, y mandó a su ejército de zombies para que tomaran la destrozada ciudad. Se libró una terrible batalla entre los zombies y los animales de goma que fueron a liberarla................"
- ¡Leire, a dormir, que ya es tarde!
- ¡Ahora!
- ¡Pero como tienes la habitación, ya puedes recogerlo todo antes de acostarte!
- ¡Vale!
Leire guardó todo en el baúl-desastre de los juguetes, y se metió en la cama, quedándose dormida al instante. Los habitantes de la ciudad deberán esperar hasta que Leire despierte, aunque probablemente, ya se habrá olvidado de ellos.
Los padres de Leire hablaban con su profesora.
- Es una buena niña, muy cariñosa, y con una gran imaginación, pero tiene que centrarse en sus tareas, se pasa todo el tiempo jugando, y se olvida de sus deberes.
- ¡Es una niña! - protestó el padre.
- Sus compañeros también, pero son mucho más aplicados.
- ¿Y qué podemos hacer? - preguntó la madre.
- Disciplina, disciplina es lo que necesita: Ponerle horarios, estímulos mediante recompensas y castigos.....
Nada más llegar a casa, los padres cogieron el baúl de los juguetes, le pusieron un candado, y lo subieron al trastero. No se dieron cuenta de que La Princesa de Hielo se encontraba bajo la cama. Al llegar Leire, se encontró que sus juguetes habían desaparecido.
- ¡Mamá, papá, y mis juguetes!
- Ven hija - le dijo su madre desde el sofá de la sala.
- Mira, tu padre y yo hemos hablado con la profesora, y nos ha dicho que te distraes mucho. Por eso, hemos guardado los juguetes en el desván, y no podrás jugar con ellos hasta que no hagas los deberes.
- ¡Pero mamá!, ¿y La Princesa de Hielo, y Superpuch,......?
- Tendrán que esperar hasta que mejoren tus notas.
- ¡No!. ¡Quiero jugar con ellos ahora!
- ¡Pero quien te has creído!, ¡Vete a tu habitación, y no salgas hasta que no acabes tus deberes!
Leire corrió a su habitación, cerró la puerta de un portazo, y lloró tumbada boca abajo sobre la colcha de su cama.
Cuando el padre de Leire llegó a casa, se encontró con una grúa y un camión delante de la puerta. También había un coche de policía.
- ¿Qué sucede agente?- preguntó dirigiéndose a los policías que estaban dentro del coche. Se quedó de piedra; ¡eran dos clics-policia de tamaño natural!
- Se trata de un secuestro - dijo uno de ellos - si no los liberan a las buenas, destrozaremos la casa.
El padre retrocedió estupefacto, subió corriendo las escaleras, y entró precipitadamente.
- ¡Has visto eso! - le dijo a su esposa nada más entrar. Pero ésta no pudo responder, ¡ya que se encontraba congelada en la cocina!
- ¡Dame la llave! -escuchó a sus espaldas, ¡La Princesa de Hielo, en carne y hueso, tendía amenazante su mano hacia él - o te convertiré a tí también en hielo.
- ¡No Princesa, espera, no le hagas daño! - gritó Leire, que fue apareció corriendo en la cocina.
Entonces se escuchó una explosión, provenía del desván; Puerchovich había conseguido recargar las pilas del dinosaurio mecánico con el ordenador de juguete portátil, que estaba también en el baúl.
- ¡Transformación! - gritó el cerdo, apretando un botón de su mando a distancia, y el dinosaurio empezó a crecer y a transformarse en un terrible monstruo mutante. La casa empezó a desmoronarse, y el padre cogió el cuerpo congelado de su esposa, y salió con Leire antes de que la casa se viniera abajo.
- ¡Humanos, humanos, necesito humanos para hacer mi mermelada! - decía Puercobich entre siniestras carcajadas.
El monstruo mutante era una especia de masa gelatinosa llena de tentáculos y ojos, con una enorme boca. Alargaba sus tentáculos pegajosos atrapando a la gente que andaba por allí para tragárselos. Entonces apareció como de la nada un enorme osito de peluche : ¡Era Superpuch!, que intentaba abrazar al monstruo, sin conseguirlo, porque éste se le escurría entre los brazos. La Princesa de Hielo, al ver que Superpuch no podía con el monstruo, se dispuso a congelarlo con su anillo mágico. En ese momento, Puercobich cogió a Leire, y le apuntó con una pistola.
- ¡No lo hagas, o la convertiré en mermelada, con mi pistola mermelarizante!
Pero antes de que pudiera hacer nada, una grúa cogió con su gancho a Puercobich por los pantalones, y se lo llevó por los aires; un clic-obrero de tamaño natural, la conducía................
Leire escribía en la cocina. En la sala, sus padres hablaban con la maestra.
- Parece que hemos conseguido algo - comentaba el padre.
- El escribir las historias que imagina hace que se centre en algo práctico, y le ayuda a concentrarse.
- Parece que está dando sus frutos - decía sonriente la madre.
"Todo parecía normal; la bestia, convertida en niña por la manipulación genética de los extraterrestres, iba a clase y se comportaba como cualquier niña de su edad, pero mientras escribía en la cocina, se produjo la alineación planetaria que desató de nuevo a la bestia................"
- ¿Qué sucede? - dijo la maestra alarmada al escuchar un fuerte ruido.
- No lo se, viene de la cocina.................................
- ¡Leire, a dormir, que ya es tarde!
- ¡Ahora!
- ¡Pero como tienes la habitación, ya puedes recogerlo todo antes de acostarte!
- ¡Vale!
Leire guardó todo en el baúl-desastre de los juguetes, y se metió en la cama, quedándose dormida al instante. Los habitantes de la ciudad deberán esperar hasta que Leire despierte, aunque probablemente, ya se habrá olvidado de ellos.
Los padres de Leire hablaban con su profesora.
- Es una buena niña, muy cariñosa, y con una gran imaginación, pero tiene que centrarse en sus tareas, se pasa todo el tiempo jugando, y se olvida de sus deberes.
- ¡Es una niña! - protestó el padre.
- Sus compañeros también, pero son mucho más aplicados.
- ¿Y qué podemos hacer? - preguntó la madre.
- Disciplina, disciplina es lo que necesita: Ponerle horarios, estímulos mediante recompensas y castigos.....
Nada más llegar a casa, los padres cogieron el baúl de los juguetes, le pusieron un candado, y lo subieron al trastero. No se dieron cuenta de que La Princesa de Hielo se encontraba bajo la cama. Al llegar Leire, se encontró que sus juguetes habían desaparecido.
- ¡Mamá, papá, y mis juguetes!
- Ven hija - le dijo su madre desde el sofá de la sala.
- Mira, tu padre y yo hemos hablado con la profesora, y nos ha dicho que te distraes mucho. Por eso, hemos guardado los juguetes en el desván, y no podrás jugar con ellos hasta que no hagas los deberes.
- ¡Pero mamá!, ¿y La Princesa de Hielo, y Superpuch,......?
- Tendrán que esperar hasta que mejoren tus notas.
- ¡No!. ¡Quiero jugar con ellos ahora!
- ¡Pero quien te has creído!, ¡Vete a tu habitación, y no salgas hasta que no acabes tus deberes!
Leire corrió a su habitación, cerró la puerta de un portazo, y lloró tumbada boca abajo sobre la colcha de su cama.
Cuando el padre de Leire llegó a casa, se encontró con una grúa y un camión delante de la puerta. También había un coche de policía.
- ¿Qué sucede agente?- preguntó dirigiéndose a los policías que estaban dentro del coche. Se quedó de piedra; ¡eran dos clics-policia de tamaño natural!
- Se trata de un secuestro - dijo uno de ellos - si no los liberan a las buenas, destrozaremos la casa.
El padre retrocedió estupefacto, subió corriendo las escaleras, y entró precipitadamente.
- ¡Has visto eso! - le dijo a su esposa nada más entrar. Pero ésta no pudo responder, ¡ya que se encontraba congelada en la cocina!
- ¡Dame la llave! -escuchó a sus espaldas, ¡La Princesa de Hielo, en carne y hueso, tendía amenazante su mano hacia él - o te convertiré a tí también en hielo.
- ¡No Princesa, espera, no le hagas daño! - gritó Leire, que fue apareció corriendo en la cocina.
Entonces se escuchó una explosión, provenía del desván; Puerchovich había conseguido recargar las pilas del dinosaurio mecánico con el ordenador de juguete portátil, que estaba también en el baúl.
- ¡Transformación! - gritó el cerdo, apretando un botón de su mando a distancia, y el dinosaurio empezó a crecer y a transformarse en un terrible monstruo mutante. La casa empezó a desmoronarse, y el padre cogió el cuerpo congelado de su esposa, y salió con Leire antes de que la casa se viniera abajo.
- ¡Humanos, humanos, necesito humanos para hacer mi mermelada! - decía Puercobich entre siniestras carcajadas.
El monstruo mutante era una especia de masa gelatinosa llena de tentáculos y ojos, con una enorme boca. Alargaba sus tentáculos pegajosos atrapando a la gente que andaba por allí para tragárselos. Entonces apareció como de la nada un enorme osito de peluche : ¡Era Superpuch!, que intentaba abrazar al monstruo, sin conseguirlo, porque éste se le escurría entre los brazos. La Princesa de Hielo, al ver que Superpuch no podía con el monstruo, se dispuso a congelarlo con su anillo mágico. En ese momento, Puercobich cogió a Leire, y le apuntó con una pistola.
- ¡No lo hagas, o la convertiré en mermelada, con mi pistola mermelarizante!
Pero antes de que pudiera hacer nada, una grúa cogió con su gancho a Puercobich por los pantalones, y se lo llevó por los aires; un clic-obrero de tamaño natural, la conducía................
Leire escribía en la cocina. En la sala, sus padres hablaban con la maestra.
- Parece que hemos conseguido algo - comentaba el padre.
- El escribir las historias que imagina hace que se centre en algo práctico, y le ayuda a concentrarse.
- Parece que está dando sus frutos - decía sonriente la madre.
"Todo parecía normal; la bestia, convertida en niña por la manipulación genética de los extraterrestres, iba a clase y se comportaba como cualquier niña de su edad, pero mientras escribía en la cocina, se produjo la alineación planetaria que desató de nuevo a la bestia................"
- ¿Qué sucede? - dijo la maestra alarmada al escuchar un fuerte ruido.
- No lo se, viene de la cocina.................................
viernes, 30 de octubre de 2015
El zombie que podía soñar
¿Porqué soñamos?, os habréis preguntado más de una vez; os lo contaré: El primer hombre que vivió en el mundo, convivía en perfecta armonía con todas las criaturas, tanto con las de la luz, como con las de las sombras. pero había una criatura que le envidiaba; se trataba de un gato, y era tanta su envidia, que de un zarpazo, le arrancó un trozo de alma y lo arrojó al Abismo de los Tiempos. Desde entonces, el hombre tiene que dormir para zambullirse en los abismos del tiempo y poder estar en contacto con el trozo de alma que le falta.
¿Qué como lo se?, ¡pues porque soy un zombie!, ¡el único zombie que existe que puede soñar! Os contaré mi historia.
Cuando alguien pierde su alma, y sigue viviendo, se convierte en un zombie. No me preguntéis porque pasa, pero suele pasar. Y a mi me sucedió. Andaba por el bosque cogiendo setas, cuando me pilló una tormenta. Me que dé ensimismado, viendo como el cielo parecía romperse en mil pedazos, como un espejo roto, al estallar los rayos sobre mi cabeza. Y sobre ella cayó uno de ellos, chamuscándome desde la coronilla hasta la planta de los pies. Y morí como es natural, o casi, porque aquí estoy, convertido en zombie.
Como tal, vagaba día y noche por el bosque, sin voluntad propia, sin alegrías ni tristezas, sin sueños, sin alma. Cuando tropecé con algo metálico que había en el suelo; era una trampa para zorros, en la que había caído un gato. Con el tropezón, la trampa saltó por los aires, y se abrió, liberando al gato. Este llevaba días sin comer ni beber, sumido en terribles dolores, y lleno de agradecimiento, me dijo lo siguiente:
- Si no llega a ser por ti, hubiera muerto de sed y hambre, te debo la vida. Por eso voy a recompensarte; ¿te gustaría recuperar un trozo de tu alma?
Asentí con la cabeza, ya que el habla es una cualidad del alma.
- Pues entonces, ¡acompáñame!
Anduvimos mucho tiempo. Mi amigo el gato, se desesperaba ante mi torpeza, ya que como es sabido, los zombies arrastramos los pies, y además, tenía que pararme a menudo para recoger algún miembro que se me había caído por el camino.
Llegamos hasta un gran palacio, situado en la cima de la montaña más alta, rodeado de nieve y hielo. En la puerta, se encontraba un gigante con una armadura plateada que resplandecía al sol. Sostenía una enorme hacha entre las manos.
- Este es el Palacio de los Sueños, y aquel su guardián - me dijo señalando al gigante. - Todas las noches, las almas vienen aquí, y una vez dentro, se acuestan en una de las 3 camas que hay en la sala principal. Dependiendo de la cama que elijan, tendrán sueños maravillosos, pesadillas espantosas, o no soñarán nada. Sólo tendrás que acostarte en una de las camas, reencontrarte con un trozo de tu alma, y soñar.
¡Pero yo no tenía alma, y el guardián nunca me permitiría entrar! Así se lo hice entender al gato, lanzando una resignada mirada al gigante.
-¡Claro, el guardián!, ¡no te dejará pasar si no tienes alma........! - dijo pensativamente. - pero no te preocupes, los gatos somos criaturas especiales, mi alma te poseerá, y podrás entrar conmigo.
Y así fue, ¡Era maravilloso volver a soñar!, aunque a veces sufría espantosas pesadillas con perros de dos cabezas y cien bocas, que me perseguían babeantes.
Pero me cansé enseguida. Soñar con enormes bancos de sardinas que nadaban por el cielo, y caían directamente a mi boca, o en infinitos ovillos de lana en los que enrredarme. La verdad, que no me llenaba en absoluto. Así que intenté entrar en el palacio por mis propios medios.
Me acerqué renqueante hasta la puerta, donde se encontraba el guardián.
- ¡Qué haces aquí! - rugió - los zombies no pueden entrar en el Palacio de los Sueños, ¡no tenéis alma!
Me quedé quieto, e intente conmoverle con mi mirada más suplicante. Pero el guardián insistió, más furioso todavía:
- ¡He dicho que te largues!
Pero yo no estaba dispuesto a desistir, así que cerré los ojos, y me quedé ahí plantado. El gigante, fuera de si, cogió su hacha, y me cortó por la mitad, como si fuese un melón. Pero cuando creía que echaría mis restos al foso, vi como, con rostro sorprendido, cogía mi corazón, que había rodado por el suelo, y lo miraba estupefacto: ¡Mi corazón brillaba!, ¡un trozo del rayo que me atravesó, se había quedado atrapado en él!
- Si me das tu corazón, te dejaré entrar - me dijo - el calor que desprende, me calentará en las gélidas horas de guardia. Pero tendrás que elegir bien la cama donde dormir, porque allí dormirás por siempre, y tu vida podría convertirse en una pesadilla eterna.
Como soy un zombie, no tuve ningún problema en darle mi corazón al guardián, yo no lo necesitaba.
El gigante me abrió las puertas del palacio, y me dejó entrar, una vez que me reconstruyó, y se guardó mi corazón en el bolsillo.
Dentro, todo estaba hecho de cristal y nubes. En la sala principal vi las tres camas. Eran idénticas, de madera, con colchones de lana, y cuatro angelitos guardando sus cuatro esquinas.
No se cuanto tiempo pasé allí, sin decidirme que cama elegir. Al final, ya cansado, me tumbé en la más cercana.
Y os preguntaréis que cama elegí, si la de los sueños maravillosos, la de las pesadillas, o en la que no se soñaba. La respuesta sólo depende de vosotros, de si os ha gustado el cuento, os ha dejado indiferentes, o no os ha gustado nada en absoluto, ¡CUANDO DESPERTEIS!
¿Qué como lo se?, ¡pues porque soy un zombie!, ¡el único zombie que existe que puede soñar! Os contaré mi historia.
Cuando alguien pierde su alma, y sigue viviendo, se convierte en un zombie. No me preguntéis porque pasa, pero suele pasar. Y a mi me sucedió. Andaba por el bosque cogiendo setas, cuando me pilló una tormenta. Me que dé ensimismado, viendo como el cielo parecía romperse en mil pedazos, como un espejo roto, al estallar los rayos sobre mi cabeza. Y sobre ella cayó uno de ellos, chamuscándome desde la coronilla hasta la planta de los pies. Y morí como es natural, o casi, porque aquí estoy, convertido en zombie.
Como tal, vagaba día y noche por el bosque, sin voluntad propia, sin alegrías ni tristezas, sin sueños, sin alma. Cuando tropecé con algo metálico que había en el suelo; era una trampa para zorros, en la que había caído un gato. Con el tropezón, la trampa saltó por los aires, y se abrió, liberando al gato. Este llevaba días sin comer ni beber, sumido en terribles dolores, y lleno de agradecimiento, me dijo lo siguiente:
- Si no llega a ser por ti, hubiera muerto de sed y hambre, te debo la vida. Por eso voy a recompensarte; ¿te gustaría recuperar un trozo de tu alma?
Asentí con la cabeza, ya que el habla es una cualidad del alma.
- Pues entonces, ¡acompáñame!
Anduvimos mucho tiempo. Mi amigo el gato, se desesperaba ante mi torpeza, ya que como es sabido, los zombies arrastramos los pies, y además, tenía que pararme a menudo para recoger algún miembro que se me había caído por el camino.
Llegamos hasta un gran palacio, situado en la cima de la montaña más alta, rodeado de nieve y hielo. En la puerta, se encontraba un gigante con una armadura plateada que resplandecía al sol. Sostenía una enorme hacha entre las manos.
- Este es el Palacio de los Sueños, y aquel su guardián - me dijo señalando al gigante. - Todas las noches, las almas vienen aquí, y una vez dentro, se acuestan en una de las 3 camas que hay en la sala principal. Dependiendo de la cama que elijan, tendrán sueños maravillosos, pesadillas espantosas, o no soñarán nada. Sólo tendrás que acostarte en una de las camas, reencontrarte con un trozo de tu alma, y soñar.
¡Pero yo no tenía alma, y el guardián nunca me permitiría entrar! Así se lo hice entender al gato, lanzando una resignada mirada al gigante.
-¡Claro, el guardián!, ¡no te dejará pasar si no tienes alma........! - dijo pensativamente. - pero no te preocupes, los gatos somos criaturas especiales, mi alma te poseerá, y podrás entrar conmigo.
Y así fue, ¡Era maravilloso volver a soñar!, aunque a veces sufría espantosas pesadillas con perros de dos cabezas y cien bocas, que me perseguían babeantes.
Pero me cansé enseguida. Soñar con enormes bancos de sardinas que nadaban por el cielo, y caían directamente a mi boca, o en infinitos ovillos de lana en los que enrredarme. La verdad, que no me llenaba en absoluto. Así que intenté entrar en el palacio por mis propios medios.
Me acerqué renqueante hasta la puerta, donde se encontraba el guardián.
- ¡Qué haces aquí! - rugió - los zombies no pueden entrar en el Palacio de los Sueños, ¡no tenéis alma!
Me quedé quieto, e intente conmoverle con mi mirada más suplicante. Pero el guardián insistió, más furioso todavía:
- ¡He dicho que te largues!
Pero yo no estaba dispuesto a desistir, así que cerré los ojos, y me quedé ahí plantado. El gigante, fuera de si, cogió su hacha, y me cortó por la mitad, como si fuese un melón. Pero cuando creía que echaría mis restos al foso, vi como, con rostro sorprendido, cogía mi corazón, que había rodado por el suelo, y lo miraba estupefacto: ¡Mi corazón brillaba!, ¡un trozo del rayo que me atravesó, se había quedado atrapado en él!
- Si me das tu corazón, te dejaré entrar - me dijo - el calor que desprende, me calentará en las gélidas horas de guardia. Pero tendrás que elegir bien la cama donde dormir, porque allí dormirás por siempre, y tu vida podría convertirse en una pesadilla eterna.
Como soy un zombie, no tuve ningún problema en darle mi corazón al guardián, yo no lo necesitaba.
El gigante me abrió las puertas del palacio, y me dejó entrar, una vez que me reconstruyó, y se guardó mi corazón en el bolsillo.
Dentro, todo estaba hecho de cristal y nubes. En la sala principal vi las tres camas. Eran idénticas, de madera, con colchones de lana, y cuatro angelitos guardando sus cuatro esquinas.
No se cuanto tiempo pasé allí, sin decidirme que cama elegir. Al final, ya cansado, me tumbé en la más cercana.
Y os preguntaréis que cama elegí, si la de los sueños maravillosos, la de las pesadillas, o en la que no se soñaba. La respuesta sólo depende de vosotros, de si os ha gustado el cuento, os ha dejado indiferentes, o no os ha gustado nada en absoluto, ¡CUANDO DESPERTEIS!
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