Se iba a celebrar El Gran Prix, en París, la carrera de burros más importante del mundo. Participaban los más rápidos, y entre ellos, como no podía ser de otra manera, Paquita, que era la favorita para el triunfo. La víspera de la carrera, entabló amistad con Bruno, un veterano corredor, para el que ésta carrera, iba a suponer el final de su larga y exitosa trayectoria como corredor.
- He tenido una buena vida - le comentaba Bruno a Paquita en los establos - , he visto mundo, he conocida gente, y me he divertido.
- ¿Y ahora que va a ser de ti?
- Me llevarán a Burrolandia, donde pasaré el resto de mis días a cuerpo de rey.
- ¿Burrolandia?
- Si, es un lugar donde te cuidan y te dan de comer en recompensa por tus servicios durante todos estos años corriendo y corriendo.
"- Al final va a resultar que los humanos no son tan malvados como creía"- pensó Paquita.
Al día siguiente, se celebró El Gran Prix,y Paquita fue la vencedora, sacando varios cuerpos a su predecesor. Después de los elogios, las coronas de flores en el cuello, y las fotos de rigor, le llevaron al establo, con sus compañeros. Entonces buscó a Bruno.
- ¿Habéis visto a Bruno? - les preguntó.
- Le han metido en ése camión - le dijeron, señalándole un camión que se encontraba cerca del establo.
"- Le llevan a Burrolandia - pensó. Así que rompió la puerta del establo con una coz, y siguió al camión. Quería saber si en verdad existía un lugar así.
El camión paró frente a un feo edificio rodeado de vallas metálicas y alambradas. Vio como metían a Bruno y a otros animales, cerdos, vacas, ovejas,.........en un frío y oscuro pabellón. Varios hombres, portando grandes cuchillos y delantales de plástico, esperaban en un pabellón contiguo, frente a grandes mesas de mármol.
Escuchó de repente unos ladridos, un Doberman, atado por una cadena, se movía inquieto y amenazante.
- ¡Escapa lo más rápido que puedas! - le dijo.
-¿Qué es ésto? - le preguntó Paquita.
- ¡El infierno!, ¡el matadero!, ¡Aquí es donde acaban sus vidas todos los animales que cuidan los hombres, para convertirlos en comida! ja,ja,ja,ja, si te cogen, acabarás como una rica y jugosa hamburguesa, ¿no te gustaría probarlas? ja,ja,ja,ja................
Paquita se alejó asqueada del matadero.
Lloró y lloró desconsolada por la crueldad sin fin de los hombres. Decidió no volver nunca más con ellos; se quedaría allí, en el bosque, viviendo como un ermitaño.
Pasaron los días; a Paquita le costaba mucho conseguir alimentos, acostumbrada como estaba a que le sirvieran la comida sin ningún esfuerzo. Un día, se encontró un huerto, donde crecían suculentas zanahorias, nabos y lechugas; pero estaba rodeado de una alambrada. Intentó saltarla, lo que no hubiera supuesto ningún problema para una cebra como ella, pero estaba muy débil por la falta de alimentos, y una de sus patas se enredó en la alambrada, cayendo de bruces en el huerto. La pobre Paquita perdió el sentido por el tremendo golpe.
Cuando despertó, se encontró en en establo. Le dolía la cabeza, y el estómago le rugía como un león. Se acercó al pesebre; estaba lleno de alfalfa, por lo que comió hasta hartarse; y se durmió. Cuando despertó, se encontró rodeado por una veintena de burros que le miraban curiosos.
- Bienvenido - le dijo uno de color pardo, que lucía una gran panza. Paquita miró a su alrededor extrañada.
- tienes unas patas muy robustas para ser un burro - continuó el burro pardo.
- Es que no soy un burro, soy una cebra que ha perdido sus rayas.
Miradas burlonas se dibujaron en los rostros de los burros.
- Creo que el golpe te ha trastornado un poco, pero bueno, de todas formas, si es así, será mejor que te lo calles, si se enteran los cuidadores, te echarán.
- ¡Pues prefiero ser libre y morirme de hambre, que tener la tripa llena y ser un esclavo! - respondió Paquita orgullosa.
Nuevas sonrisas surcaron los hocicos de los burros.
- Creo que no sabes donde estás. ¡Estás en Burrolandia, el paraíso de los burros!
- ¡Es aquí donde deberían haber traído a Bruno!, ¡entonces es cierto que existe!
- Claro, Burrolandia lo crearon unos hombres que amaban a los burros. Las máquinas han ido sustituyendo a los burros en las labores del campo y de transporte, por lo que éstos, que se encargaban de ellas, fueron abandonados a su suerte, para no tener que mantenerlos.
- ¡La crueldad de los hombres!
- No todos son iguales. Los que yo te hablo, reunen a todos los burros abandonados, y los cuidan y alimentan. Es una suerte que hayas acabado aquí.
Paquita pensó de inmediato en su manada, y en lo felices que serían todos allí.
- ¡Tengo que irme!- dijo de pronto, y saliendo del establo, cogió carrerilla, y saltó la alambrada que le separaba del bosque. Corrió y corrió por montes y valles hasta llegar a la carretera, que sabía que le llevaría hasta la ciudad de los hombres, donde encontraría el hipódromo donde tantas veces había corrido. Y hasta allí llegó, donde de inmediato fue reconocida: "Rayo", el burro más rápido del mundo.
De nuevo se convirtió en una estrella, y continuó su espectacular trayectoria, ganando carreras por todo el mundo.
Cuentos para contar.
viernes, 24 de octubre de 2014
domingo, 12 de octubre de 2014
Las aventuras de Paquita, la cebra que perdió sus rayas (3ª parte)
Paquita lloró amargamente; ya nada tenía sentido par ella.
Deambulaba sin rumbo por las afueras de la ciudad, cuando un Jeep pasó a su lado; se paró a pocos metros de donde se encontraba, y dos hombres se bajaron. Le observaban y hablaban entre ellos. Paquita se asustó, y salió corriendo. Los hombres le siguieron en el Jeep. Entonces, uno de ellos, cogió un fusil, le apuntó, y disparó. Paquita sintió un pinchazo en el cuello, luego todo empezó a darle vueltas, y se desplomó desmayada.
Se despertó en un establo. Le dolía la cabeza, y estaba hambrienta. Se acercó a un pesebre lleno de alfalfa, y comió hasta hartarse. Al rato, entró en el establo uno de los hombres que le había perseguido en el Jeep. Paquita se puso en guardia, pero la actitud del hombre era amistosa. Se le acercó, y acariciándole el hocico, le ofreció una zanahoria. Luego cogió un cepillo y le frotó con él todo el cuerpo. Era muy agradable. Durante los siguientes días, Paquita se dedicó a comer y a dormir, por lo que recuperó todas sus fuerzas.
Un día, le llevaron en un camión hasta una granja. Allí sucedió algo extraño; un hombre le puso algo en la boca y en el lomo,¡e intentó subirse sobre él!. Paquita se puso a cocear, y el hombre salió disparado. Lo intentó varias veces más, y otras tantas acabó en el suelo. Luego le llevaron a un establo, junto a unos burros.
- ¡Vaya, eres nuevo por aquí! - le dijo uno de ellos mirándole con curiosidad - , ¿cómo te llamas?
- Paquita, pero en realidad soy una cebra que.............
- ¡Yo soy veloz!, bueno, así me llaman los hombres,¡porque soy el más rápido de todos estos zopencos!, pero llámame Alfred.
- ¡Menos lobos, Caperuzita!, sólo porque has ganado un par de carreras............ - dijo uno de los burros.
- ¡Un par!, ¡He ganado 8 carreras!
- ¿Hacéis carreras? - preguntó Paquita sorprendida.
- Si, somos burros de carreras. Los hombres nos hacen correr montados en nuestros lomos, y hacen apuestas para ver quien acierta el vencedor, ¡están completamente locos!.
- ¿ Y lo permitís?
- Si, es una buena vida, te cuidan, te dan de comer, y de vez en cuando, tienes que correr un poco.
Al día siguiente, Paquita se dejó montar por uno de los hombres. Estaban entusiasmados con ella; ¡nunca habían visto un burro tan rápido! Empezó a competir en carreras oficiales, no tenía rival, ya que en realidad era una cebra.. Ganaba carrera tras carrera. Tan grande se hizo su fama, que le llevaban por todo el mundo para competir. Se convirtió en una celebridad: ¡Rayo, el burro más rápido de la historia!
Deambulaba sin rumbo por las afueras de la ciudad, cuando un Jeep pasó a su lado; se paró a pocos metros de donde se encontraba, y dos hombres se bajaron. Le observaban y hablaban entre ellos. Paquita se asustó, y salió corriendo. Los hombres le siguieron en el Jeep. Entonces, uno de ellos, cogió un fusil, le apuntó, y disparó. Paquita sintió un pinchazo en el cuello, luego todo empezó a darle vueltas, y se desplomó desmayada.
Se despertó en un establo. Le dolía la cabeza, y estaba hambrienta. Se acercó a un pesebre lleno de alfalfa, y comió hasta hartarse. Al rato, entró en el establo uno de los hombres que le había perseguido en el Jeep. Paquita se puso en guardia, pero la actitud del hombre era amistosa. Se le acercó, y acariciándole el hocico, le ofreció una zanahoria. Luego cogió un cepillo y le frotó con él todo el cuerpo. Era muy agradable. Durante los siguientes días, Paquita se dedicó a comer y a dormir, por lo que recuperó todas sus fuerzas.
Un día, le llevaron en un camión hasta una granja. Allí sucedió algo extraño; un hombre le puso algo en la boca y en el lomo,¡e intentó subirse sobre él!. Paquita se puso a cocear, y el hombre salió disparado. Lo intentó varias veces más, y otras tantas acabó en el suelo. Luego le llevaron a un establo, junto a unos burros.
- ¡Vaya, eres nuevo por aquí! - le dijo uno de ellos mirándole con curiosidad - , ¿cómo te llamas?
- Paquita, pero en realidad soy una cebra que.............
- ¡Yo soy veloz!, bueno, así me llaman los hombres,¡porque soy el más rápido de todos estos zopencos!, pero llámame Alfred.
- ¡Menos lobos, Caperuzita!, sólo porque has ganado un par de carreras............ - dijo uno de los burros.
- ¡Un par!, ¡He ganado 8 carreras!
- ¿Hacéis carreras? - preguntó Paquita sorprendida.
- Si, somos burros de carreras. Los hombres nos hacen correr montados en nuestros lomos, y hacen apuestas para ver quien acierta el vencedor, ¡están completamente locos!.
- ¿ Y lo permitís?
- Si, es una buena vida, te cuidan, te dan de comer, y de vez en cuando, tienes que correr un poco.
Al día siguiente, Paquita se dejó montar por uno de los hombres. Estaban entusiasmados con ella; ¡nunca habían visto un burro tan rápido! Empezó a competir en carreras oficiales, no tenía rival, ya que en realidad era una cebra.. Ganaba carrera tras carrera. Tan grande se hizo su fama, que le llevaban por todo el mundo para competir. Se convirtió en una celebridad: ¡Rayo, el burro más rápido de la historia!
domingo, 28 de septiembre de 2014
Las aventuras de Paquita, la cebra que perdió sus rayas (parte 2ª)
Paquita recorría la polvorienta carretera que surcaba el desierto hasta la ciudad de los hombres, donde le había dicho el hechicero que encontraría "Zoopía", el paraíso de los animales. De pronto, se puso a llover intensamente; parecía que el mar caía del cielo. La lluvia borró las rayas de pintura del cuerpo de Paquita, y convirtió la carretera en un río. Empapada, cansada, y sin ver en el horizonte otra cosa que no fuera piedras y arena, Paquita empezó a dudar de su loca empresa. Después de la tormenta, el sol volvió a convertir el desierto en un mar de fuego. Estaba hambrienta y al límite de sus fuerzas. De repente, frente a sus ojos, ¡crujientes zanahorias, y suculentos nabos, empezaron a crecer del suelo! Se abalanzó hacia ellas para comérselas, pero lo único que consiguió fue llenarse la boca de arena; había sido un espejismo.
- ¡Paquita! - escuchó de pronto - levantó la cabeza, y vio a Ernesto, que le sonreía - ¡Zoopía está en tu interior!, ¡busca en tu interior! - Y Ernesto, convirtiéndose en un león, se alejó rugiendo. La fiebre estaba haciendo mella en su debilitado cuerpo. Cayó desfallecida en la arena, y llegó la noche, que veló por ella. Cuando despertó, el sol ya imponía su ley en el cielo. Con las pocas fuerzas que le quedaban, Paquita reemprendió su marcha.
Al fin, divisó a lo lejos unas extrañas formas rectangulares que rompían la monotonía del paisaje; era la ciudad de los hombres.Con un último esfuerzo, llegó hasta allí.
Era día de mercado, numerosos puestos de ganado y alimentos se extendían por la calle principal. Paquita, se mezcló con el ganado para pasar desapercibida, y se acercó a un puesto donde exponían jugosas lechugas. Cuando el tendero se dio la vuelta, cogió una lechuga con los dientes, con tan mala fortuna que tropezó con la pata de la mesa, y todo el puesto se vino abajo. El tendero, vio a Paquita con la lechuga en la boca, y hecho un basilisco, empezó a gritar esgrimiendo una vara en la mano: -¡Maldito burro!, ¡te voy a enseñar yo a robar mis lechugas!
Paquita salió disparada, tropezando con los puestos contiguos, que acabaron con sus mercancías rodando por el suelo. Se produjo un gran revuelo; las mujeres chillaban, los niños lloraban..........
Entonces, apareció la policía, y con unos lazos atraparon a la desconcertada Paquita.
Le llevaron a una granja, donde la encerraron con unos burros en un establo.
- ¿Qué lugar es éste? - le preguntó a uno de ellos.
- Aquí traen a todos los animales abandonados. ¡A saber lo que harán con nosotros!
- Oye, estoy buscando un lugar llamado "Zoopía", el paraíso de los animales, ¿lo conoces?
- ¿Zoopia?.....................He oído hablar de un lugar que se llama de forma parecida. Se encuentra a las afueras de la ciudad, al este, por donde sale el sol, pero no creo que sea ningún paraíso.
Paquita, le contó la leyenda de "Zoopía", ante su incredulidad.
¡Tenía que escapar! , y aprovechando un momento en el que no había ningún hombre en las inmediaciones del establo, saltó la vaya que lo rodeaba, y salió corriendo lo más rápido que pudo.
Pasó la noche escondida entre las ruinas de una casa abandonada, y al salir el sol, se dirigió esperanzada hacia allí donde nace éste. Bordeó la ciudad para no ser vista, y en el otro extremo de la misma, encontró un muro no muy alto de forma circular. Al otro lado del muro, se escuchaban las voces de distintos animales; desde los chillidos de los monos, hasta el barrito de los elefantes.
--¡Esto debe de ser "Zoopía"! - pensó ilusionada. Así que cogió carrerilla, y saltó por encima del muro; ¡se encontraba en el paraíso de los animales, donde los animales vivían como hermanos, sin devorarse unos a otros! Miró a su alrrededor; vio a los leones junto a las cebras, ¡pero rodeados de vayas de hierro que los separaban!
- ¿Es ésto "Zoopía", el paraíso de los animales - preguntó desconcertada a una de las cebras.
- ¿Paraíso?, ¡ésto es un zoo!, ¡una cárcel donde nos encierran para que los hombres disfruten contempándonos y tirándonos zanahorias.
- Pero............................¿ésto es todo?
Paquita dio la vuelta, saltó el muro, y salió al trote, con lágrimas en los ojos.
- ¡Paquita! - escuchó de pronto - levantó la cabeza, y vio a Ernesto, que le sonreía - ¡Zoopía está en tu interior!, ¡busca en tu interior! - Y Ernesto, convirtiéndose en un león, se alejó rugiendo. La fiebre estaba haciendo mella en su debilitado cuerpo. Cayó desfallecida en la arena, y llegó la noche, que veló por ella. Cuando despertó, el sol ya imponía su ley en el cielo. Con las pocas fuerzas que le quedaban, Paquita reemprendió su marcha.
Al fin, divisó a lo lejos unas extrañas formas rectangulares que rompían la monotonía del paisaje; era la ciudad de los hombres.Con un último esfuerzo, llegó hasta allí.
Era día de mercado, numerosos puestos de ganado y alimentos se extendían por la calle principal. Paquita, se mezcló con el ganado para pasar desapercibida, y se acercó a un puesto donde exponían jugosas lechugas. Cuando el tendero se dio la vuelta, cogió una lechuga con los dientes, con tan mala fortuna que tropezó con la pata de la mesa, y todo el puesto se vino abajo. El tendero, vio a Paquita con la lechuga en la boca, y hecho un basilisco, empezó a gritar esgrimiendo una vara en la mano: -¡Maldito burro!, ¡te voy a enseñar yo a robar mis lechugas!
Paquita salió disparada, tropezando con los puestos contiguos, que acabaron con sus mercancías rodando por el suelo. Se produjo un gran revuelo; las mujeres chillaban, los niños lloraban..........
Entonces, apareció la policía, y con unos lazos atraparon a la desconcertada Paquita.
Le llevaron a una granja, donde la encerraron con unos burros en un establo.
- ¿Qué lugar es éste? - le preguntó a uno de ellos.
- Aquí traen a todos los animales abandonados. ¡A saber lo que harán con nosotros!
- Oye, estoy buscando un lugar llamado "Zoopía", el paraíso de los animales, ¿lo conoces?
- ¿Zoopia?.....................He oído hablar de un lugar que se llama de forma parecida. Se encuentra a las afueras de la ciudad, al este, por donde sale el sol, pero no creo que sea ningún paraíso.
Paquita, le contó la leyenda de "Zoopía", ante su incredulidad.
¡Tenía que escapar! , y aprovechando un momento en el que no había ningún hombre en las inmediaciones del establo, saltó la vaya que lo rodeaba, y salió corriendo lo más rápido que pudo.
Pasó la noche escondida entre las ruinas de una casa abandonada, y al salir el sol, se dirigió esperanzada hacia allí donde nace éste. Bordeó la ciudad para no ser vista, y en el otro extremo de la misma, encontró un muro no muy alto de forma circular. Al otro lado del muro, se escuchaban las voces de distintos animales; desde los chillidos de los monos, hasta el barrito de los elefantes.
--¡Esto debe de ser "Zoopía"! - pensó ilusionada. Así que cogió carrerilla, y saltó por encima del muro; ¡se encontraba en el paraíso de los animales, donde los animales vivían como hermanos, sin devorarse unos a otros! Miró a su alrrededor; vio a los leones junto a las cebras, ¡pero rodeados de vayas de hierro que los separaban!
- ¿Es ésto "Zoopía", el paraíso de los animales - preguntó desconcertada a una de las cebras.
- ¿Paraíso?, ¡ésto es un zoo!, ¡una cárcel donde nos encierran para que los hombres disfruten contempándonos y tirándonos zanahorias.
- Pero............................¿ésto es todo?
Paquita dio la vuelta, saltó el muro, y salió al trote, con lágrimas en los ojos.
sábado, 20 de septiembre de 2014
Las aventuras de Paquita, la cebra que perdió sus rayas (parte 1ª)
Paquita, era una cebra que vivía en una reserva, en la sabana de Africa. Un día, al ir a beber agua al lago, observó como las demás cebras se reían y cuchicheaban a su paso. Al llegar al lago, vio asombrada, en su reflejo, el motivo de las risas y los cuchicheos: ¡Había perdido las rayas! "¿Como es posible?" - pensó. Pero no halló respuesta alguna. Resignada a su suerte, Paquita, vio como se convertía en el foco de las burlas de otras cebras, sólo por ser diferente.
Los cuidadores de la reserva, observaban con sus prismáticos la manada de cebras:
- ¡he, mira eso!, ¡un burro se ha colado entre las cebras! - dijo señalando a Paquita. Le habían confundido con un burro, ya que tenía el cuerpo cubierto completamente de pelo negro como el carbón.Entonces, se montaron en sus jeeps, y dirigiéndose hacia la manada, atraparon con sus lazos a Paquita.
La llevaron a una granja, donde se pasaba los días cargando pesados fardos sobre sus lomos, junto con otros burros. Se sentía sola y triste, alejada como estaba de su familia y sus amigos.
Después de un duro día de trabajo, Paquita se recostó sobre un montón de paja para descansar. Entonces se le acercó un burro:
- Hola - le dijo - , me llamo Ernesto, veo que eres nueva por aquí - Paquita movió la cabeza afirmativamente - ,y veo que no te relacionas mucho con los demás burros.
- ¡Es que no soy un burro! - respondió enfadada - , ¡soy una cebra que ha perdido sus rayas!.
Ernesto le miró divertido.
- ¡Vale!, lo que tu digas, pero tienes que intentar ser más sociable. Ven, te presentaré a unos amigos.
Así, Ernesto consiguió que Paquita, poco a poco, fuera integrándose en la manada de burros. Pero no se resignaba a su suerte. Un día, vio como el granjero, pintaba unas vallas con pintura blanca, y tuvo una idea: Cuando la pintura estaba todavía fresca, se arrimó a ellas, y su pelaje quedó manchado con rayas blancas. Luego, convenció a Ernesto para que hiciera lo mismo. Cuando el granjero les vio, se creyó que eran cebras, y llamó a los cuidadores para que se las llevaran a la sabana, con las demás cebras.
- ¡No se que está pasando ultimamente con los burros y las cebras! - comentaban los cuidadores - . ¡nos están volviendo locos!.
Paquita y Ernesto pastaban contentos en la sabana con las demás cebras; Paquita volvía a lucir sus rayas blancas, y Ernesto no tenía que cargar ya pesados fardos. Pero no todo era placidez y alegría en la vida de la manada, ¡ni mucho menos!; los leones, hambrientos, merodeaban alrededor, acechando, hostigando constantemente a la manada, hasta que los animales más débiles o enfermos, caían en sus garras. Y así, una triste tarde de verano, un fiero león, que buscaba su almuerzo, se acercó a la manada para darse un buen festín. Las cebras, veloces como balas, escaparon de la batida del león, pero Ernesto, que era un simple burro, fue presa fácil para el depredador.
Paquita estaba muy triste, se sentía culpable de la muerte de Ernesto. Shogún, el sabio jefe de la manada se le acercó al verle así.
- ¿ Qué te sucede? - le preguntó.
- Ha sido culpa mía, Ernesto ha muerto por mi culpa.
- ¡No pequeña!, no te sientas culpable; es éste mundo cruel, en el que los animales nos devoramos unos a otros, el culpable de su muerte.
- ¿Y porqué es así?
- No lo se, pero cuentan los ancianos que existe un lugar donde los animales se respetan, y no se comen unos a otros: "Zoopía" le llaman.
- ¿Y donde puedo encontrar "zoopía"? - le dijo Paquita con los ojos brilando.
- "El hechicero" podría ayudarte. Es un humano que vive en "la montaña del esqueleto", al norte, más allá de la reserva. Pero recuerda que no es más que una leyenda.
- ¡Si existe "Zoopía" la encontraré!
Al día siguiente, Paquita se despidió de sus amigos y familiares, y partió en busca de "Zoopía". No le costó mucho salir de la reserva, conocía un lugar de la valla que la rodeaba, donde estaba rota. Se dirigió luego a "la montaña del esqueleto", al norte, tal como le había indicado Shogún, llamada así por su forma, que recordaba a la de una calavera.
Era una gran piedra, sin árboles ni vegetación, que se alzaba siniestra en medio del desierto. Estaba oscureciendo, la luna asomaba pálida entre las nubes. Su ánimo se fue difuminando con la luz del sol, a medida que llegaba la noche. Todo tipo de ruidos desconcertantes le acompañaron hasta una cueva, que desde lejos, parecía la cuenca vacía de un ojo. Dentro vio una luz; delante de una hoguera, sentado con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, había un hombre con una piel de leopardo en sus hombros, canturreando una monótona canción. De repente, dejó de cantar. - Entra - le dijo sin abrir los ojos - . Come una zanahorias, estás hambriento. Paquita, vio un montón de suculentas zanahorias al lado del fuego, y se abalanzó hacia ellas ansiosamente.
- ¡Tranquila! -. le dijo - te vas a atragantar.
- ¿Cómo es que te entiendo? - le dijo Paquita.
- Porque yo no soy un hombre normal, ¡Soy un poderoso brujo!, ¡entiendo a todas las criaturas, ya tengan 2, 4 o ninguna pierna! - le decía mientras levantaba los brazos y miraba al cielo.
- Entonces podrás decirme donde se encuentra "Zoopía"- le respondió Paquita, sin dejarse impresionar por la teatralidad del hombre.
- ¡Zoopía!, ¡el paraíso de los animales!,..........................¡Deberás ir a la ciudad de los hombres! - le dijo entrando como en un trance - ¡Allí lo encontrarás!, ¡pero no es como te lo imaginas!..................
De pronto, abrió los ojos, y continuó hablando con total normalidad:
- Podría hacer algo mejor por ti; podría convertirte en elefante,.........o en león, ¡serías el rey de la reserva!, ¡Qué te parece!
Paquita se vio a si misma convertida en león, sin el temor constante de ser devorada............., pero se acordó de Ernesto.
- ¡No, no puedo hacerlo!, ¡tengo que encontrar "Zoopía", para llevar allí a mi manada y vivir en paz!
- ¿Vivir en paz?, ja,ja,ja,ja - rió el brujo - ¡ la paz sólo se encuentra en tu corazón! - le dijo señalándole el pecho!.
El hechicero, le indicó a Paquita como llegar a la ciudad de los hombres, siguiendo a carretera que cruzaba el desierto, ¡y desapareció en una nube de humo!.
Los cuidadores de la reserva, observaban con sus prismáticos la manada de cebras:
- ¡he, mira eso!, ¡un burro se ha colado entre las cebras! - dijo señalando a Paquita. Le habían confundido con un burro, ya que tenía el cuerpo cubierto completamente de pelo negro como el carbón.Entonces, se montaron en sus jeeps, y dirigiéndose hacia la manada, atraparon con sus lazos a Paquita.
La llevaron a una granja, donde se pasaba los días cargando pesados fardos sobre sus lomos, junto con otros burros. Se sentía sola y triste, alejada como estaba de su familia y sus amigos.
Después de un duro día de trabajo, Paquita se recostó sobre un montón de paja para descansar. Entonces se le acercó un burro:
- Hola - le dijo - , me llamo Ernesto, veo que eres nueva por aquí - Paquita movió la cabeza afirmativamente - ,y veo que no te relacionas mucho con los demás burros.
- ¡Es que no soy un burro! - respondió enfadada - , ¡soy una cebra que ha perdido sus rayas!.
Ernesto le miró divertido.
- ¡Vale!, lo que tu digas, pero tienes que intentar ser más sociable. Ven, te presentaré a unos amigos.
Así, Ernesto consiguió que Paquita, poco a poco, fuera integrándose en la manada de burros. Pero no se resignaba a su suerte. Un día, vio como el granjero, pintaba unas vallas con pintura blanca, y tuvo una idea: Cuando la pintura estaba todavía fresca, se arrimó a ellas, y su pelaje quedó manchado con rayas blancas. Luego, convenció a Ernesto para que hiciera lo mismo. Cuando el granjero les vio, se creyó que eran cebras, y llamó a los cuidadores para que se las llevaran a la sabana, con las demás cebras.
- ¡No se que está pasando ultimamente con los burros y las cebras! - comentaban los cuidadores - . ¡nos están volviendo locos!.
Paquita y Ernesto pastaban contentos en la sabana con las demás cebras; Paquita volvía a lucir sus rayas blancas, y Ernesto no tenía que cargar ya pesados fardos. Pero no todo era placidez y alegría en la vida de la manada, ¡ni mucho menos!; los leones, hambrientos, merodeaban alrededor, acechando, hostigando constantemente a la manada, hasta que los animales más débiles o enfermos, caían en sus garras. Y así, una triste tarde de verano, un fiero león, que buscaba su almuerzo, se acercó a la manada para darse un buen festín. Las cebras, veloces como balas, escaparon de la batida del león, pero Ernesto, que era un simple burro, fue presa fácil para el depredador.
Paquita estaba muy triste, se sentía culpable de la muerte de Ernesto. Shogún, el sabio jefe de la manada se le acercó al verle así.
- ¿ Qué te sucede? - le preguntó.
- Ha sido culpa mía, Ernesto ha muerto por mi culpa.
- ¡No pequeña!, no te sientas culpable; es éste mundo cruel, en el que los animales nos devoramos unos a otros, el culpable de su muerte.
- ¿Y porqué es así?
- No lo se, pero cuentan los ancianos que existe un lugar donde los animales se respetan, y no se comen unos a otros: "Zoopía" le llaman.
- ¿Y donde puedo encontrar "zoopía"? - le dijo Paquita con los ojos brilando.
- "El hechicero" podría ayudarte. Es un humano que vive en "la montaña del esqueleto", al norte, más allá de la reserva. Pero recuerda que no es más que una leyenda.
- ¡Si existe "Zoopía" la encontraré!
Al día siguiente, Paquita se despidió de sus amigos y familiares, y partió en busca de "Zoopía". No le costó mucho salir de la reserva, conocía un lugar de la valla que la rodeaba, donde estaba rota. Se dirigió luego a "la montaña del esqueleto", al norte, tal como le había indicado Shogún, llamada así por su forma, que recordaba a la de una calavera.
Era una gran piedra, sin árboles ni vegetación, que se alzaba siniestra en medio del desierto. Estaba oscureciendo, la luna asomaba pálida entre las nubes. Su ánimo se fue difuminando con la luz del sol, a medida que llegaba la noche. Todo tipo de ruidos desconcertantes le acompañaron hasta una cueva, que desde lejos, parecía la cuenca vacía de un ojo. Dentro vio una luz; delante de una hoguera, sentado con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, había un hombre con una piel de leopardo en sus hombros, canturreando una monótona canción. De repente, dejó de cantar. - Entra - le dijo sin abrir los ojos - . Come una zanahorias, estás hambriento. Paquita, vio un montón de suculentas zanahorias al lado del fuego, y se abalanzó hacia ellas ansiosamente.
- ¡Tranquila! -. le dijo - te vas a atragantar.
- ¿Cómo es que te entiendo? - le dijo Paquita.
- Porque yo no soy un hombre normal, ¡Soy un poderoso brujo!, ¡entiendo a todas las criaturas, ya tengan 2, 4 o ninguna pierna! - le decía mientras levantaba los brazos y miraba al cielo.
- Entonces podrás decirme donde se encuentra "Zoopía"- le respondió Paquita, sin dejarse impresionar por la teatralidad del hombre.
- ¡Zoopía!, ¡el paraíso de los animales!,..........................¡Deberás ir a la ciudad de los hombres! - le dijo entrando como en un trance - ¡Allí lo encontrarás!, ¡pero no es como te lo imaginas!..................
De pronto, abrió los ojos, y continuó hablando con total normalidad:
- Podría hacer algo mejor por ti; podría convertirte en elefante,.........o en león, ¡serías el rey de la reserva!, ¡Qué te parece!
Paquita se vio a si misma convertida en león, sin el temor constante de ser devorada............., pero se acordó de Ernesto.
- ¡No, no puedo hacerlo!, ¡tengo que encontrar "Zoopía", para llevar allí a mi manada y vivir en paz!
- ¿Vivir en paz?, ja,ja,ja,ja - rió el brujo - ¡ la paz sólo se encuentra en tu corazón! - le dijo señalándole el pecho!.
El hechicero, le indicó a Paquita como llegar a la ciudad de los hombres, siguiendo a carretera que cruzaba el desierto, ¡y desapareció en una nube de humo!.
viernes, 5 de septiembre de 2014
El gatito valiente
El gatito jugaba con su pelota al lado de un túnel. La empujaba con sus patitas, y corría detrás de ella alborozado. En una de éstas, la pelota rebotó en un árbol y acabó en medio del túnel. El gatito se adentró temeroso en él; podía ver la silueta de la pelota entrecortada en la luz que provenía del final del túnel. De pronto, escuchó una voz profunda y penetrante, y unos chasquidos, como pasos que se acercaban. Salió disparado, dejándose casi el alma. Pero era un gatito valiente, así que se revolcó en el barro, y luego sobre una cama de hojas secas, que se le quedaron pegadas al cuerpo. De esta guisa, el gatito volvió a entrar en el túnel; - ¡soy un monstruo! - gritaba mientras se internaba en la oscuridad. Pero de nuevo la penetrante voz y los chasquidos le hicieron salir pitando, como si tuviera fuego en la cola.
El gatito, veía desconsolado su pelota en medio del túnel, rodeada de las penumbras, que ocultaban la siniestra presencia que le acechaba. "¡Tengo que recuperar mi pelota!" - se dijo armándose de valor; y se internó de nuevo en el túnel.
- ¡Sólo quiero mi pelota! - gritaba mientras avanzaba tembloroso en la oscuridad -, ¡No te tengo miedo!
De nuevo la voz........................., pero esta vez, el gatito no huyó; se paró y cerró los ojos con fuerza.
- ¡No tengo miedo! - volvió a gritar. Entonces, sintió el viento acariciando sus orejas, y peinando sus bigotes, y una gota de agua, que rompiendo en su cabeza, corrió por sus mejillas; ¡era el viento, el que ululaba como una voz, y las goteras, las que golpeaban el suelo como pasos!. Abrió los ojos, y se acercó despacio hasta la pelota; y empujándola con las patitas, salió del túnel feliz y contento.
El gatito, veía desconsolado su pelota en medio del túnel, rodeada de las penumbras, que ocultaban la siniestra presencia que le acechaba. "¡Tengo que recuperar mi pelota!" - se dijo armándose de valor; y se internó de nuevo en el túnel.
- ¡Sólo quiero mi pelota! - gritaba mientras avanzaba tembloroso en la oscuridad -, ¡No te tengo miedo!
De nuevo la voz........................., pero esta vez, el gatito no huyó; se paró y cerró los ojos con fuerza.
- ¡No tengo miedo! - volvió a gritar. Entonces, sintió el viento acariciando sus orejas, y peinando sus bigotes, y una gota de agua, que rompiendo en su cabeza, corrió por sus mejillas; ¡era el viento, el que ululaba como una voz, y las goteras, las que golpeaban el suelo como pasos!. Abrió los ojos, y se acercó despacio hasta la pelota; y empujándola con las patitas, salió del túnel feliz y contento.
viernes, 22 de agosto de 2014
El Hada de los nombres
Había un gran revuelo en el bosque: ¡El hada de los nombres iba a visitarles! Ella daba nombre a todos los seres del planeta.
Llegó a media tarde, y fue recibida por una comitiva formada por Mou, el búho sabio, Amy, el hada, La rana Berta, Tobruk, el ciervo, y la reina de las abejas.
- Es un placer recibirte en nuestro humilde bosque - le saludó Mou.
- ¡Gracias!, el placer es mío - dijo el hada de los nombres, sonriendo tímidamente. Llevaba un vestido azul, ceñido, que mostraba su esbelta figura; su largo cabello negro, contrastaba con la delicada palidez de su rostro.
Fueron a la colmena, donde las abejas le ofrecieron "dulce idriomel", exquisita bebida hecha con miel de los mejores pólenes. Mientras bebían, Amy no paraba de hacerle preguntas, que el hada de los nombres contestaba pacientemente;
- ¡Tiene que ser de lo más complicado el poner nombre a todas las cosas!
- que va, cada ser nace con un nombre, sólo hay que saber leerlo, eso es todo.
De pronto escucharon un tumulto, varios animales intentaban acercarse; las abejas soldado se lo impedían.
- ¿Qué sucede? - preguntó el hada de los nombres.
- No es nada - dijo Mou -, se trata de unos animales que no están contentos con sus nombres.
- Diles que se acerquen - le dijo el hada de los nombres.
- ¡Dejarles pasar! - gritó Mou.
El camaleón tomó la palabra:
- Hada de los nombres, ¿podrías darme otro nombre?, yo no soy una cama ni un león.
- ¡Yo tampoco tengo siempre hipo! - interrumpió el hipopótamo.
Se montó un gran jolgorio.
- ¡Tranquilos! - dijo el hada de los nombres - , vayamos uno por uno, intentaré complaceros a todos.
- ¡pues yo no quiero llamarme cocodrilo, no me gustan nada los cocos!
- ¡Ni yo papagayo, soy una mamá!
De nuevo el alboroto era ensordecedor.
Para entonces, ya había caído la noche, y la luna, bordaba la oscuridad con las sombras. De pronto, se escucharon unos silbidos, ¡y el aire se llenó de pavorosas formas, que flotaban entre los presentes! Se hizo un gran silencio.
- ¡Son fantasmas! - gritó Amy. Todos quedaron petrificados de espanto.
- ¡No os preocupéis!, dijo el hada de los nombres- , en realidad son seres que no aceptan sus nombres, y todas las noches vienen a mi para que les ponga uno nuevo.
- En ése caso yo me quedo con el mío - dijo el camaleón - no quiero convertirme en un fantasma.
- Ni yo - dijo el cocodrilo.
Y así, los animales descontentos con sus nombres, acabaron por aceptarlos, por temor a convertirse en fantasmas.
El hada de los nombres, pasó toda la noche con los fantasmas, intentando darles nombres que les complacieran. Al romper el alba, Mou y Amy, fueron a despedirla.
- Tienes que estar agotada - le dijo Amy.
- Bueno, es mi trabajo.
- por cierto, ¿cual es tu nombre?
- Mi nombre es "Poesía".
Entonces se escuchó una nota musical que llenó el bosque: Era un "sol"; y el astro rey salió por el horizonte: Era el amanecer.
Llegó a media tarde, y fue recibida por una comitiva formada por Mou, el búho sabio, Amy, el hada, La rana Berta, Tobruk, el ciervo, y la reina de las abejas.
- Es un placer recibirte en nuestro humilde bosque - le saludó Mou.
- ¡Gracias!, el placer es mío - dijo el hada de los nombres, sonriendo tímidamente. Llevaba un vestido azul, ceñido, que mostraba su esbelta figura; su largo cabello negro, contrastaba con la delicada palidez de su rostro.
Fueron a la colmena, donde las abejas le ofrecieron "dulce idriomel", exquisita bebida hecha con miel de los mejores pólenes. Mientras bebían, Amy no paraba de hacerle preguntas, que el hada de los nombres contestaba pacientemente;
- ¡Tiene que ser de lo más complicado el poner nombre a todas las cosas!
- que va, cada ser nace con un nombre, sólo hay que saber leerlo, eso es todo.
De pronto escucharon un tumulto, varios animales intentaban acercarse; las abejas soldado se lo impedían.
- ¿Qué sucede? - preguntó el hada de los nombres.
- No es nada - dijo Mou -, se trata de unos animales que no están contentos con sus nombres.
- Diles que se acerquen - le dijo el hada de los nombres.
- ¡Dejarles pasar! - gritó Mou.
El camaleón tomó la palabra:
- Hada de los nombres, ¿podrías darme otro nombre?, yo no soy una cama ni un león.
- ¡Yo tampoco tengo siempre hipo! - interrumpió el hipopótamo.
Se montó un gran jolgorio.
- ¡Tranquilos! - dijo el hada de los nombres - , vayamos uno por uno, intentaré complaceros a todos.
- ¡pues yo no quiero llamarme cocodrilo, no me gustan nada los cocos!
- ¡Ni yo papagayo, soy una mamá!
De nuevo el alboroto era ensordecedor.
Para entonces, ya había caído la noche, y la luna, bordaba la oscuridad con las sombras. De pronto, se escucharon unos silbidos, ¡y el aire se llenó de pavorosas formas, que flotaban entre los presentes! Se hizo un gran silencio.
- ¡Son fantasmas! - gritó Amy. Todos quedaron petrificados de espanto.
- ¡No os preocupéis!, dijo el hada de los nombres- , en realidad son seres que no aceptan sus nombres, y todas las noches vienen a mi para que les ponga uno nuevo.
- En ése caso yo me quedo con el mío - dijo el camaleón - no quiero convertirme en un fantasma.
- Ni yo - dijo el cocodrilo.
Y así, los animales descontentos con sus nombres, acabaron por aceptarlos, por temor a convertirse en fantasmas.
El hada de los nombres, pasó toda la noche con los fantasmas, intentando darles nombres que les complacieran. Al romper el alba, Mou y Amy, fueron a despedirla.
- Tienes que estar agotada - le dijo Amy.
- Bueno, es mi trabajo.
- por cierto, ¿cual es tu nombre?
- Mi nombre es "Poesía".
Entonces se escuchó una nota musical que llenó el bosque: Era un "sol"; y el astro rey salió por el horizonte: Era el amanecer.
viernes, 8 de agosto de 2014
El niño poesía y el heladero mágico en: "La cueva del terror."
Las proezas de nuestros superhéroes se extendieron a los cuatro vientos, y sus servicios eran requeridos allí donde la justicia y la esperanza debían ser restauradas.
Un grupo de niños se acercó a Félix, El Heladero Mágico, que vendía sus helados en el parque.
- ¡Señor! - le dijo uno de ellos.
- ¿Si hijo?, ¿quieres un helado de limón con mango?, ¿o quizás uno de menta y leche merengada?, ¡tengo todos los sabores que puedas imaginar!
- Pues quiero uno de........
- ¡Andrés!, ¡que no hemos venido a por helados! - le dijo una niña dándole un codazo.
- ¡A si!, ¿es usted El Heladero Mágico? - preguntó el niño.
- ¡En carne y hueso!, ¿necesitas mis servicios?
- Si señor, mire.
Entre las manos, tenía un pollito delgado y con los ojos cerrados, que temblaba debilmente.
- ¿Qué le sucede? - preguntó Félix.
- Hace días que no come, está como ido - le dijo el niño.
- ¡Este es un trabajo para El Niño Poesía, y El heladero Mágico! - dijo Félix levantando el dedo índice y la mirada al cielo. Los niños aplaudieron entusiasmados. Sacó entonces el móvil, e hizo una llamada.
- ¡Niño Poesía!, ¡ tenemos trabajo!
- ¡Pero Félix, que estoy en clase! - Le respondió Asier en voz baja.
- Es un caso urgente, ven al parque en cuanto salgas.
-¡ Vale, pero la próxima vez mándame un mensaje!
- ¡De acuerdo, corto y cambio! Bueno, tendremos que esperar a mi colega. Mientras decidme todo lo que sepáis.
Los niños se arremolinaron alrededor de Félix.
- Pues el otro día - dijo el más resuelto de ellos - , el pollito salió con su madre y sus hermanos a dar un paseo por el bosque, sin alejarse mucho de la granja. al regresar, la madre se dio cuenta de que le faltaba un pollito. Puso al resto a buen recaudo, y se fue preocupada a buscarlo. Le encontró acurrucado ente unas hojas, tiritando de miedo. Desde entonces no ha probado bocado, y está como en trance el pobre.
- Llevadme donde le encontraron.
El grupo se dirigió a la granja donde vivía el pollito, y luego a una campa cercana, donde le encontró su madre. El heladero echó un vistazo alrededor, y con aire suspicaz, se acercó a unas rocas que formaban una especie de cueva poco profunda. Los niños le observaban con gran expectación. Se puso de rodillas para poder entrar, y miró dentro de ella con una pequeña linterna de bolsillo.
- Interesante - dijo rascándose la mejilla. - Traedme al pollito.
El Heladero cogió al pollito delicadamemente, y se acercó despacio a la cueva. Este, empezó a moverse inquieto, con las últimas fuerzas que le quedaban.
- ¡Vale, vale!, ¡tranquilo, ya está! - le dijo al pollito alejándose de la cueva y acariciándole tiernamente. En ése momento, apareció Asier en su bicicleta.
- He leído el mensaje que me has mandado - dijo. - ¿Es éste el pollito?
- Así es, y creo que la causa de su estado, está en ésa cueva - le dijo Félix señalándola. Los niños, fascinados, no perdían el más mínimo detalle de la situación.
- Bien Niño Poesía - dijo El Heladero mostrando al pollito - ¿Qué ves en su interior?
Rubén se concentró.
-¡Miedo!, ¡mucho miedo!, ¡pero no puedo ver la causa!
- Bueno, la habrá bloqueado hasta para si mismo. Es algo habitual - dijo Félix pensativamente.
Entonces, se acercó a la cueva, y empezó a dar vueltas alrededor de ella mientras meditaba. La expectación era máxima.
- ¿A qué hora encontraron al pollito? - dijo de pronto, dirigiéndose a los niños.
- A las 12 y media o así - dijo una niñita.
El Heladero consultó su reloj.
- Bien, faltan 10 minutos. Esperaremos.
- ¿Esperar qué? - dijo Asier.
- ¡Paciencia! - respondió Félix.
Vieron, como en la parte posterior de la cueva, había un agujero por el que poco a poco iban entrando los rayos de sol, iluminando por dentro las paredes. Los niños se asomaron al interior de la cueva, y de repente, en una de las paredes, ¡se dibujó claramente la silueta de una enorme serpiente! Los niños y Asier, se alejaron lo más rápido que pudieron. Entonces se escuchó una carcajada: Era el heladero, que sentado en la cueva les observaba divertido.
- ¡Venir! - les dijo - , no tengáis miedo.
Los niños y Asier, se acercaron dubitativos.
- Mirar - les dijo señalándoles la parte posterior de la cueva - lo que parece una serpiente, no es más que la sombra de una liana que cuelga sobre la apertura de la cueva. Cuando el sol entra por ella, se forma lo que parece la sombra de una serpiente en la pared.
Poco a poco, convencieron al pollito de que no había ninguna serpiente en la cueva, y enseguida recuperó el apetito y la alegría.
Ya en su cuartel general del parque, nuestros héroes celebraban la resolución del caso.
- ¡Un nuevo caso resuelto por El Niño poesía y El Heladero Mágico! - dijo Asier esgrimiendo un helado de grosellas.
- ¡Formamos un buen equipo!, ¡si señor! -respondió Félix cruzando su helado de nata con el de Asier, a modo de victoria.
Un grupo de niños se acercó a Félix, El Heladero Mágico, que vendía sus helados en el parque.
- ¡Señor! - le dijo uno de ellos.
- ¿Si hijo?, ¿quieres un helado de limón con mango?, ¿o quizás uno de menta y leche merengada?, ¡tengo todos los sabores que puedas imaginar!
- Pues quiero uno de........
- ¡Andrés!, ¡que no hemos venido a por helados! - le dijo una niña dándole un codazo.
- ¡A si!, ¿es usted El Heladero Mágico? - preguntó el niño.
- ¡En carne y hueso!, ¿necesitas mis servicios?
- Si señor, mire.
Entre las manos, tenía un pollito delgado y con los ojos cerrados, que temblaba debilmente.
- ¿Qué le sucede? - preguntó Félix.
- Hace días que no come, está como ido - le dijo el niño.
- ¡Este es un trabajo para El Niño Poesía, y El heladero Mágico! - dijo Félix levantando el dedo índice y la mirada al cielo. Los niños aplaudieron entusiasmados. Sacó entonces el móvil, e hizo una llamada.
- ¡Niño Poesía!, ¡ tenemos trabajo!
- ¡Pero Félix, que estoy en clase! - Le respondió Asier en voz baja.
- Es un caso urgente, ven al parque en cuanto salgas.
-¡ Vale, pero la próxima vez mándame un mensaje!
- ¡De acuerdo, corto y cambio! Bueno, tendremos que esperar a mi colega. Mientras decidme todo lo que sepáis.
Los niños se arremolinaron alrededor de Félix.
- Pues el otro día - dijo el más resuelto de ellos - , el pollito salió con su madre y sus hermanos a dar un paseo por el bosque, sin alejarse mucho de la granja. al regresar, la madre se dio cuenta de que le faltaba un pollito. Puso al resto a buen recaudo, y se fue preocupada a buscarlo. Le encontró acurrucado ente unas hojas, tiritando de miedo. Desde entonces no ha probado bocado, y está como en trance el pobre.
- Llevadme donde le encontraron.
El grupo se dirigió a la granja donde vivía el pollito, y luego a una campa cercana, donde le encontró su madre. El heladero echó un vistazo alrededor, y con aire suspicaz, se acercó a unas rocas que formaban una especie de cueva poco profunda. Los niños le observaban con gran expectación. Se puso de rodillas para poder entrar, y miró dentro de ella con una pequeña linterna de bolsillo.
- Interesante - dijo rascándose la mejilla. - Traedme al pollito.
El Heladero cogió al pollito delicadamemente, y se acercó despacio a la cueva. Este, empezó a moverse inquieto, con las últimas fuerzas que le quedaban.
- ¡Vale, vale!, ¡tranquilo, ya está! - le dijo al pollito alejándose de la cueva y acariciándole tiernamente. En ése momento, apareció Asier en su bicicleta.
- He leído el mensaje que me has mandado - dijo. - ¿Es éste el pollito?
- Así es, y creo que la causa de su estado, está en ésa cueva - le dijo Félix señalándola. Los niños, fascinados, no perdían el más mínimo detalle de la situación.
- Bien Niño Poesía - dijo El Heladero mostrando al pollito - ¿Qué ves en su interior?
Rubén se concentró.
-¡Miedo!, ¡mucho miedo!, ¡pero no puedo ver la causa!
- Bueno, la habrá bloqueado hasta para si mismo. Es algo habitual - dijo Félix pensativamente.
Entonces, se acercó a la cueva, y empezó a dar vueltas alrededor de ella mientras meditaba. La expectación era máxima.
- ¿A qué hora encontraron al pollito? - dijo de pronto, dirigiéndose a los niños.
- A las 12 y media o así - dijo una niñita.
El Heladero consultó su reloj.
- Bien, faltan 10 minutos. Esperaremos.
- ¿Esperar qué? - dijo Asier.
- ¡Paciencia! - respondió Félix.
Vieron, como en la parte posterior de la cueva, había un agujero por el que poco a poco iban entrando los rayos de sol, iluminando por dentro las paredes. Los niños se asomaron al interior de la cueva, y de repente, en una de las paredes, ¡se dibujó claramente la silueta de una enorme serpiente! Los niños y Asier, se alejaron lo más rápido que pudieron. Entonces se escuchó una carcajada: Era el heladero, que sentado en la cueva les observaba divertido.
- ¡Venir! - les dijo - , no tengáis miedo.
Los niños y Asier, se acercaron dubitativos.
- Mirar - les dijo señalándoles la parte posterior de la cueva - lo que parece una serpiente, no es más que la sombra de una liana que cuelga sobre la apertura de la cueva. Cuando el sol entra por ella, se forma lo que parece la sombra de una serpiente en la pared.
Poco a poco, convencieron al pollito de que no había ninguna serpiente en la cueva, y enseguida recuperó el apetito y la alegría.
Ya en su cuartel general del parque, nuestros héroes celebraban la resolución del caso.
- ¡Un nuevo caso resuelto por El Niño poesía y El Heladero Mágico! - dijo Asier esgrimiendo un helado de grosellas.
- ¡Formamos un buen equipo!, ¡si señor! -respondió Félix cruzando su helado de nata con el de Asier, a modo de victoria.
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