El todavía inmaduro sistema digestivo del bebé, devolvió la papilla, empapando por completo la mantita rosa de lana que lo cubría. Estaba echa a mano, con cariño y dedicación, por la abuela Marisa, que había bordado también el nombre de la niña con letras caligráficas.
La mamá, cogió la manta, y limpió delicadamente la boca del bebe, con la parte seca. Luego la echó al cubo de la ropa sucia, donde se inició una interesante conversación entre la mantita, un calcetín, una sudadera, y una corbata.
- ¡Qué haces tu aquí! - le dijo el calcetín a la manta - se supone que la ropa delicada se lava a mano.
- No lo se - respondió - es la primera vez que me manchan.
- Pues vas a acabar hecha trizas - habló la corbata.
- ¡Venga ya, si es muy divertido! - dijo la sudadera - sobre todo al final, cuando la cosa se desmadra.
La mantita se asustó.
- ¿Qué es lo que me van a hacer?
- Nos van a meter a todos en la lavadora para darnos un buen baño - dijo entusiasmada la sudadera.
- Tranquila - continuó solemne el calcetín - se trata de una máquina en la que damos vueltas y vueltas entre agua y jabón.
- ¡ Hasta que llega el final! - saltó la corbata - ¡ y se convierte en una endiablada trituradora que deshilacha las más resistentes telas!, ¡sólo los más fuertes sobreviven!
- ¡No te pases!, Yo he pasado por cientos de lavados, y mira, como nuevo - dijo el calcetín, intentando ocultar el talón, donde se apreciaba cierto desgaste.
Ante la diversidad de opiniones, la mantita quedó sumida en una gran incertidumbre.
Cuando el cubo de la ropa sucia estuvo lleno, el papá se lo llevó hasta la lavadora, y metió la ropa en ella, sin fijarse en la delicada manta rosa que debería haber lavado a mano. Echó el detergente y el suavizante en la cajetilla, y puso en marcha la lavadora en el programa habitual.
El tambor de la lavadora se llenó de agua caliente y jabón,
"Vaya, es agradable, el agua está caliente y perfumada".
y empezó a dar vueltas.
"Bueno, es bastante molesto, pero puedo acostumbrarme".
La suela de una zapatilla empezó a rasgarla, allí donde estaba bordado el nombre de la niña.
"Aguantaré, no puede quedar mucho.......".
Al cabo de un tiempo, empezó el centrifugado; la zapatilla desgarraba la delicada lana en cada violenta vuelta del tambor.
El papá, abrió la puerta de la lavadora, y sacó la ropa con gran disgusto: ¡La sudadera, el calcetín, la corbata,......! ¡toda la colada estaba teñida de rosa!
De la mantita no quedaba ni rastro.
Cuentos para contar.
sábado, 5 de diciembre de 2015
viernes, 20 de noviembre de 2015
Leire y sus juegos
"El robot dinosaurio destrozaba la ciudad, derivando los edificios con la cola, para atrapar a sus aterrorizados habitantes y tragárselos. Con ellos, el malvado Puercovich elaboraba la deliciosa mermelada de arándanos que tanto le gustaba. Pero entonces, apareció La Princesa de Hielo, y disparó su rayo superultracongelante, dando de lleno al dinosaurio. Este, quedó atrapado en el hielo, pero con los rayos láser de sus ojos, lo derritió. La princesa, utilizó su móvil de última generación para hacer una llamada, y volando sobre sus cabezas, Superpuch, el osito de peluche gigante, bajó de los cielos. Agarró al dinosaurio con sus dos brazos, y utilizando su poderoso abrazo amoroso, inutilizó al dinosaurio. Puercovich, que lo conducía desde dentro, escapó de la boca del dinosaurio con su nave espacial, y mandó a su ejército de zombies para que tomaran la destrozada ciudad. Se libró una terrible batalla entre los zombies y los animales de goma que fueron a liberarla................"
- ¡Leire, a dormir, que ya es tarde!
- ¡Ahora!
- ¡Pero como tienes la habitación, ya puedes recogerlo todo antes de acostarte!
- ¡Vale!
Leire guardó todo en el baúl-desastre de los juguetes, y se metió en la cama, quedándose dormida al instante. Los habitantes de la ciudad deberán esperar hasta que Leire despierte, aunque probablemente, ya se habrá olvidado de ellos.
Los padres de Leire hablaban con su profesora.
- Es una buena niña, muy cariñosa, y con una gran imaginación, pero tiene que centrarse en sus tareas, se pasa todo el tiempo jugando, y se olvida de sus deberes.
- ¡Es una niña! - protestó el padre.
- Sus compañeros también, pero son mucho más aplicados.
- ¿Y qué podemos hacer? - preguntó la madre.
- Disciplina, disciplina es lo que necesita: Ponerle horarios, estímulos mediante recompensas y castigos.....
Nada más llegar a casa, los padres cogieron el baúl de los juguetes, le pusieron un candado, y lo subieron al trastero. No se dieron cuenta de que La Princesa de Hielo se encontraba bajo la cama. Al llegar Leire, se encontró que sus juguetes habían desaparecido.
- ¡Mamá, papá, y mis juguetes!
- Ven hija - le dijo su madre desde el sofá de la sala.
- Mira, tu padre y yo hemos hablado con la profesora, y nos ha dicho que te distraes mucho. Por eso, hemos guardado los juguetes en el desván, y no podrás jugar con ellos hasta que no hagas los deberes.
- ¡Pero mamá!, ¿y La Princesa de Hielo, y Superpuch,......?
- Tendrán que esperar hasta que mejoren tus notas.
- ¡No!. ¡Quiero jugar con ellos ahora!
- ¡Pero quien te has creído!, ¡Vete a tu habitación, y no salgas hasta que no acabes tus deberes!
Leire corrió a su habitación, cerró la puerta de un portazo, y lloró tumbada boca abajo sobre la colcha de su cama.
Cuando el padre de Leire llegó a casa, se encontró con una grúa y un camión delante de la puerta. También había un coche de policía.
- ¿Qué sucede agente?- preguntó dirigiéndose a los policías que estaban dentro del coche. Se quedó de piedra; ¡eran dos clics-policia de tamaño natural!
- Se trata de un secuestro - dijo uno de ellos - si no los liberan a las buenas, destrozaremos la casa.
El padre retrocedió estupefacto, subió corriendo las escaleras, y entró precipitadamente.
- ¡Has visto eso! - le dijo a su esposa nada más entrar. Pero ésta no pudo responder, ¡ya que se encontraba congelada en la cocina!
- ¡Dame la llave! -escuchó a sus espaldas, ¡La Princesa de Hielo, en carne y hueso, tendía amenazante su mano hacia él - o te convertiré a tí también en hielo.
- ¡No Princesa, espera, no le hagas daño! - gritó Leire, que fue apareció corriendo en la cocina.
Entonces se escuchó una explosión, provenía del desván; Puerchovich había conseguido recargar las pilas del dinosaurio mecánico con el ordenador de juguete portátil, que estaba también en el baúl.
- ¡Transformación! - gritó el cerdo, apretando un botón de su mando a distancia, y el dinosaurio empezó a crecer y a transformarse en un terrible monstruo mutante. La casa empezó a desmoronarse, y el padre cogió el cuerpo congelado de su esposa, y salió con Leire antes de que la casa se viniera abajo.
- ¡Humanos, humanos, necesito humanos para hacer mi mermelada! - decía Puercobich entre siniestras carcajadas.
El monstruo mutante era una especia de masa gelatinosa llena de tentáculos y ojos, con una enorme boca. Alargaba sus tentáculos pegajosos atrapando a la gente que andaba por allí para tragárselos. Entonces apareció como de la nada un enorme osito de peluche : ¡Era Superpuch!, que intentaba abrazar al monstruo, sin conseguirlo, porque éste se le escurría entre los brazos. La Princesa de Hielo, al ver que Superpuch no podía con el monstruo, se dispuso a congelarlo con su anillo mágico. En ese momento, Puercobich cogió a Leire, y le apuntó con una pistola.
- ¡No lo hagas, o la convertiré en mermelada, con mi pistola mermelarizante!
Pero antes de que pudiera hacer nada, una grúa cogió con su gancho a Puercobich por los pantalones, y se lo llevó por los aires; un clic-obrero de tamaño natural, la conducía................
Leire escribía en la cocina. En la sala, sus padres hablaban con la maestra.
- Parece que hemos conseguido algo - comentaba el padre.
- El escribir las historias que imagina hace que se centre en algo práctico, y le ayuda a concentrarse.
- Parece que está dando sus frutos - decía sonriente la madre.
"Todo parecía normal; la bestia, convertida en niña por la manipulación genética de los extraterrestres, iba a clase y se comportaba como cualquier niña de su edad, pero mientras escribía en la cocina, se produjo la alineación planetaria que desató de nuevo a la bestia................"
- ¿Qué sucede? - dijo la maestra alarmada al escuchar un fuerte ruido.
- No lo se, viene de la cocina.................................
- ¡Leire, a dormir, que ya es tarde!
- ¡Ahora!
- ¡Pero como tienes la habitación, ya puedes recogerlo todo antes de acostarte!
- ¡Vale!
Leire guardó todo en el baúl-desastre de los juguetes, y se metió en la cama, quedándose dormida al instante. Los habitantes de la ciudad deberán esperar hasta que Leire despierte, aunque probablemente, ya se habrá olvidado de ellos.
Los padres de Leire hablaban con su profesora.
- Es una buena niña, muy cariñosa, y con una gran imaginación, pero tiene que centrarse en sus tareas, se pasa todo el tiempo jugando, y se olvida de sus deberes.
- ¡Es una niña! - protestó el padre.
- Sus compañeros también, pero son mucho más aplicados.
- ¿Y qué podemos hacer? - preguntó la madre.
- Disciplina, disciplina es lo que necesita: Ponerle horarios, estímulos mediante recompensas y castigos.....
Nada más llegar a casa, los padres cogieron el baúl de los juguetes, le pusieron un candado, y lo subieron al trastero. No se dieron cuenta de que La Princesa de Hielo se encontraba bajo la cama. Al llegar Leire, se encontró que sus juguetes habían desaparecido.
- ¡Mamá, papá, y mis juguetes!
- Ven hija - le dijo su madre desde el sofá de la sala.
- Mira, tu padre y yo hemos hablado con la profesora, y nos ha dicho que te distraes mucho. Por eso, hemos guardado los juguetes en el desván, y no podrás jugar con ellos hasta que no hagas los deberes.
- ¡Pero mamá!, ¿y La Princesa de Hielo, y Superpuch,......?
- Tendrán que esperar hasta que mejoren tus notas.
- ¡No!. ¡Quiero jugar con ellos ahora!
- ¡Pero quien te has creído!, ¡Vete a tu habitación, y no salgas hasta que no acabes tus deberes!
Leire corrió a su habitación, cerró la puerta de un portazo, y lloró tumbada boca abajo sobre la colcha de su cama.
Cuando el padre de Leire llegó a casa, se encontró con una grúa y un camión delante de la puerta. También había un coche de policía.
- ¿Qué sucede agente?- preguntó dirigiéndose a los policías que estaban dentro del coche. Se quedó de piedra; ¡eran dos clics-policia de tamaño natural!
- Se trata de un secuestro - dijo uno de ellos - si no los liberan a las buenas, destrozaremos la casa.
El padre retrocedió estupefacto, subió corriendo las escaleras, y entró precipitadamente.
- ¡Has visto eso! - le dijo a su esposa nada más entrar. Pero ésta no pudo responder, ¡ya que se encontraba congelada en la cocina!
- ¡Dame la llave! -escuchó a sus espaldas, ¡La Princesa de Hielo, en carne y hueso, tendía amenazante su mano hacia él - o te convertiré a tí también en hielo.
- ¡No Princesa, espera, no le hagas daño! - gritó Leire, que fue apareció corriendo en la cocina.
Entonces se escuchó una explosión, provenía del desván; Puerchovich había conseguido recargar las pilas del dinosaurio mecánico con el ordenador de juguete portátil, que estaba también en el baúl.
- ¡Transformación! - gritó el cerdo, apretando un botón de su mando a distancia, y el dinosaurio empezó a crecer y a transformarse en un terrible monstruo mutante. La casa empezó a desmoronarse, y el padre cogió el cuerpo congelado de su esposa, y salió con Leire antes de que la casa se viniera abajo.
- ¡Humanos, humanos, necesito humanos para hacer mi mermelada! - decía Puercobich entre siniestras carcajadas.
El monstruo mutante era una especia de masa gelatinosa llena de tentáculos y ojos, con una enorme boca. Alargaba sus tentáculos pegajosos atrapando a la gente que andaba por allí para tragárselos. Entonces apareció como de la nada un enorme osito de peluche : ¡Era Superpuch!, que intentaba abrazar al monstruo, sin conseguirlo, porque éste se le escurría entre los brazos. La Princesa de Hielo, al ver que Superpuch no podía con el monstruo, se dispuso a congelarlo con su anillo mágico. En ese momento, Puercobich cogió a Leire, y le apuntó con una pistola.
- ¡No lo hagas, o la convertiré en mermelada, con mi pistola mermelarizante!
Pero antes de que pudiera hacer nada, una grúa cogió con su gancho a Puercobich por los pantalones, y se lo llevó por los aires; un clic-obrero de tamaño natural, la conducía................
Leire escribía en la cocina. En la sala, sus padres hablaban con la maestra.
- Parece que hemos conseguido algo - comentaba el padre.
- El escribir las historias que imagina hace que se centre en algo práctico, y le ayuda a concentrarse.
- Parece que está dando sus frutos - decía sonriente la madre.
"Todo parecía normal; la bestia, convertida en niña por la manipulación genética de los extraterrestres, iba a clase y se comportaba como cualquier niña de su edad, pero mientras escribía en la cocina, se produjo la alineación planetaria que desató de nuevo a la bestia................"
- ¿Qué sucede? - dijo la maestra alarmada al escuchar un fuerte ruido.
- No lo se, viene de la cocina.................................
viernes, 30 de octubre de 2015
El zombie que podía soñar
¿Porqué soñamos?, os habréis preguntado más de una vez; os lo contaré: El primer hombre que vivió en el mundo, convivía en perfecta armonía con todas las criaturas, tanto con las de la luz, como con las de las sombras. pero había una criatura que le envidiaba; se trataba de un gato, y era tanta su envidia, que de un zarpazo, le arrancó un trozo de alma y lo arrojó al Abismo de los Tiempos. Desde entonces, el hombre tiene que dormir para zambullirse en los abismos del tiempo y poder estar en contacto con el trozo de alma que le falta.
¿Qué como lo se?, ¡pues porque soy un zombie!, ¡el único zombie que existe que puede soñar! Os contaré mi historia.
Cuando alguien pierde su alma, y sigue viviendo, se convierte en un zombie. No me preguntéis porque pasa, pero suele pasar. Y a mi me sucedió. Andaba por el bosque cogiendo setas, cuando me pilló una tormenta. Me que dé ensimismado, viendo como el cielo parecía romperse en mil pedazos, como un espejo roto, al estallar los rayos sobre mi cabeza. Y sobre ella cayó uno de ellos, chamuscándome desde la coronilla hasta la planta de los pies. Y morí como es natural, o casi, porque aquí estoy, convertido en zombie.
Como tal, vagaba día y noche por el bosque, sin voluntad propia, sin alegrías ni tristezas, sin sueños, sin alma. Cuando tropecé con algo metálico que había en el suelo; era una trampa para zorros, en la que había caído un gato. Con el tropezón, la trampa saltó por los aires, y se abrió, liberando al gato. Este llevaba días sin comer ni beber, sumido en terribles dolores, y lleno de agradecimiento, me dijo lo siguiente:
- Si no llega a ser por ti, hubiera muerto de sed y hambre, te debo la vida. Por eso voy a recompensarte; ¿te gustaría recuperar un trozo de tu alma?
Asentí con la cabeza, ya que el habla es una cualidad del alma.
- Pues entonces, ¡acompáñame!
Anduvimos mucho tiempo. Mi amigo el gato, se desesperaba ante mi torpeza, ya que como es sabido, los zombies arrastramos los pies, y además, tenía que pararme a menudo para recoger algún miembro que se me había caído por el camino.
Llegamos hasta un gran palacio, situado en la cima de la montaña más alta, rodeado de nieve y hielo. En la puerta, se encontraba un gigante con una armadura plateada que resplandecía al sol. Sostenía una enorme hacha entre las manos.
- Este es el Palacio de los Sueños, y aquel su guardián - me dijo señalando al gigante. - Todas las noches, las almas vienen aquí, y una vez dentro, se acuestan en una de las 3 camas que hay en la sala principal. Dependiendo de la cama que elijan, tendrán sueños maravillosos, pesadillas espantosas, o no soñarán nada. Sólo tendrás que acostarte en una de las camas, reencontrarte con un trozo de tu alma, y soñar.
¡Pero yo no tenía alma, y el guardián nunca me permitiría entrar! Así se lo hice entender al gato, lanzando una resignada mirada al gigante.
-¡Claro, el guardián!, ¡no te dejará pasar si no tienes alma........! - dijo pensativamente. - pero no te preocupes, los gatos somos criaturas especiales, mi alma te poseerá, y podrás entrar conmigo.
Y así fue, ¡Era maravilloso volver a soñar!, aunque a veces sufría espantosas pesadillas con perros de dos cabezas y cien bocas, que me perseguían babeantes.
Pero me cansé enseguida. Soñar con enormes bancos de sardinas que nadaban por el cielo, y caían directamente a mi boca, o en infinitos ovillos de lana en los que enrredarme. La verdad, que no me llenaba en absoluto. Así que intenté entrar en el palacio por mis propios medios.
Me acerqué renqueante hasta la puerta, donde se encontraba el guardián.
- ¡Qué haces aquí! - rugió - los zombies no pueden entrar en el Palacio de los Sueños, ¡no tenéis alma!
Me quedé quieto, e intente conmoverle con mi mirada más suplicante. Pero el guardián insistió, más furioso todavía:
- ¡He dicho que te largues!
Pero yo no estaba dispuesto a desistir, así que cerré los ojos, y me quedé ahí plantado. El gigante, fuera de si, cogió su hacha, y me cortó por la mitad, como si fuese un melón. Pero cuando creía que echaría mis restos al foso, vi como, con rostro sorprendido, cogía mi corazón, que había rodado por el suelo, y lo miraba estupefacto: ¡Mi corazón brillaba!, ¡un trozo del rayo que me atravesó, se había quedado atrapado en él!
- Si me das tu corazón, te dejaré entrar - me dijo - el calor que desprende, me calentará en las gélidas horas de guardia. Pero tendrás que elegir bien la cama donde dormir, porque allí dormirás por siempre, y tu vida podría convertirse en una pesadilla eterna.
Como soy un zombie, no tuve ningún problema en darle mi corazón al guardián, yo no lo necesitaba.
El gigante me abrió las puertas del palacio, y me dejó entrar, una vez que me reconstruyó, y se guardó mi corazón en el bolsillo.
Dentro, todo estaba hecho de cristal y nubes. En la sala principal vi las tres camas. Eran idénticas, de madera, con colchones de lana, y cuatro angelitos guardando sus cuatro esquinas.
No se cuanto tiempo pasé allí, sin decidirme que cama elegir. Al final, ya cansado, me tumbé en la más cercana.
Y os preguntaréis que cama elegí, si la de los sueños maravillosos, la de las pesadillas, o en la que no se soñaba. La respuesta sólo depende de vosotros, de si os ha gustado el cuento, os ha dejado indiferentes, o no os ha gustado nada en absoluto, ¡CUANDO DESPERTEIS!
¿Qué como lo se?, ¡pues porque soy un zombie!, ¡el único zombie que existe que puede soñar! Os contaré mi historia.
Cuando alguien pierde su alma, y sigue viviendo, se convierte en un zombie. No me preguntéis porque pasa, pero suele pasar. Y a mi me sucedió. Andaba por el bosque cogiendo setas, cuando me pilló una tormenta. Me que dé ensimismado, viendo como el cielo parecía romperse en mil pedazos, como un espejo roto, al estallar los rayos sobre mi cabeza. Y sobre ella cayó uno de ellos, chamuscándome desde la coronilla hasta la planta de los pies. Y morí como es natural, o casi, porque aquí estoy, convertido en zombie.
Como tal, vagaba día y noche por el bosque, sin voluntad propia, sin alegrías ni tristezas, sin sueños, sin alma. Cuando tropecé con algo metálico que había en el suelo; era una trampa para zorros, en la que había caído un gato. Con el tropezón, la trampa saltó por los aires, y se abrió, liberando al gato. Este llevaba días sin comer ni beber, sumido en terribles dolores, y lleno de agradecimiento, me dijo lo siguiente:
- Si no llega a ser por ti, hubiera muerto de sed y hambre, te debo la vida. Por eso voy a recompensarte; ¿te gustaría recuperar un trozo de tu alma?
Asentí con la cabeza, ya que el habla es una cualidad del alma.
- Pues entonces, ¡acompáñame!
Anduvimos mucho tiempo. Mi amigo el gato, se desesperaba ante mi torpeza, ya que como es sabido, los zombies arrastramos los pies, y además, tenía que pararme a menudo para recoger algún miembro que se me había caído por el camino.
Llegamos hasta un gran palacio, situado en la cima de la montaña más alta, rodeado de nieve y hielo. En la puerta, se encontraba un gigante con una armadura plateada que resplandecía al sol. Sostenía una enorme hacha entre las manos.
- Este es el Palacio de los Sueños, y aquel su guardián - me dijo señalando al gigante. - Todas las noches, las almas vienen aquí, y una vez dentro, se acuestan en una de las 3 camas que hay en la sala principal. Dependiendo de la cama que elijan, tendrán sueños maravillosos, pesadillas espantosas, o no soñarán nada. Sólo tendrás que acostarte en una de las camas, reencontrarte con un trozo de tu alma, y soñar.
¡Pero yo no tenía alma, y el guardián nunca me permitiría entrar! Así se lo hice entender al gato, lanzando una resignada mirada al gigante.
-¡Claro, el guardián!, ¡no te dejará pasar si no tienes alma........! - dijo pensativamente. - pero no te preocupes, los gatos somos criaturas especiales, mi alma te poseerá, y podrás entrar conmigo.
Y así fue, ¡Era maravilloso volver a soñar!, aunque a veces sufría espantosas pesadillas con perros de dos cabezas y cien bocas, que me perseguían babeantes.
Pero me cansé enseguida. Soñar con enormes bancos de sardinas que nadaban por el cielo, y caían directamente a mi boca, o en infinitos ovillos de lana en los que enrredarme. La verdad, que no me llenaba en absoluto. Así que intenté entrar en el palacio por mis propios medios.
Me acerqué renqueante hasta la puerta, donde se encontraba el guardián.
- ¡Qué haces aquí! - rugió - los zombies no pueden entrar en el Palacio de los Sueños, ¡no tenéis alma!
Me quedé quieto, e intente conmoverle con mi mirada más suplicante. Pero el guardián insistió, más furioso todavía:
- ¡He dicho que te largues!
Pero yo no estaba dispuesto a desistir, así que cerré los ojos, y me quedé ahí plantado. El gigante, fuera de si, cogió su hacha, y me cortó por la mitad, como si fuese un melón. Pero cuando creía que echaría mis restos al foso, vi como, con rostro sorprendido, cogía mi corazón, que había rodado por el suelo, y lo miraba estupefacto: ¡Mi corazón brillaba!, ¡un trozo del rayo que me atravesó, se había quedado atrapado en él!
- Si me das tu corazón, te dejaré entrar - me dijo - el calor que desprende, me calentará en las gélidas horas de guardia. Pero tendrás que elegir bien la cama donde dormir, porque allí dormirás por siempre, y tu vida podría convertirse en una pesadilla eterna.
Como soy un zombie, no tuve ningún problema en darle mi corazón al guardián, yo no lo necesitaba.
El gigante me abrió las puertas del palacio, y me dejó entrar, una vez que me reconstruyó, y se guardó mi corazón en el bolsillo.
Dentro, todo estaba hecho de cristal y nubes. En la sala principal vi las tres camas. Eran idénticas, de madera, con colchones de lana, y cuatro angelitos guardando sus cuatro esquinas.
No se cuanto tiempo pasé allí, sin decidirme que cama elegir. Al final, ya cansado, me tumbé en la más cercana.
Y os preguntaréis que cama elegí, si la de los sueños maravillosos, la de las pesadillas, o en la que no se soñaba. La respuesta sólo depende de vosotros, de si os ha gustado el cuento, os ha dejado indiferentes, o no os ha gustado nada en absoluto, ¡CUANDO DESPERTEIS!
sábado, 24 de octubre de 2015
La gota de agua y la lágrima
La gota de agua corría feliz por el cauce del río, sorteando rocas y troncos a toda velocidad. Descansaba en un remanso, cuando a su lado, cayó una gota que era distinta a las demás.
- Hola -le saludó- tu no eres una gota de agua normal.
- No, soy una lágrima - le respondió.
La gota de agua, que no había oído hablar nunca de las lágrimas, vio que estaba triste.
- ¿Porqué estás triste? - le preguntó.
- Vengo del ojo de una niña, se le cayó al río su muñeca favorita mientras jugaba con ella, y la corriente se la llevó. Por eso lloró, y caí al agua.
- ¡Vaya!, ¡tenemos que ayudarle! - dijo la gota de agua impresionada.
La gota de agua y la lágrima corrieron raudas, arrastradas por la corriente, hasta llegar al mar. Allí, buscaron incansablemente la muñeca, entre cartones, plásticos y otras basuras que flotaban a la deriva.
- ¡Nunca la encontraremos! - decía afligida la lágrima.
- ¡Claro que sí!, ¡pediremos ayuda!
La noticia de la muñeca perdida, se fue propagando de gota en gota, y enseguida dieron con ella. La encontraron varada en una playa. La gota de agua y la lágrima, esperaron a que subiera la marea, y entre todas las gotas de agua, llevaron a la muñeca hasta altamar, sorteando las olas.
- ¿Y ahora, como vamos a llevar la muñeca hasta la niña? - se quejaba la lágrima con su pesimismo natural.
- La verdad es que no lo sé, pero tiene que haber una forma.
Y la hubo. Tanto era el interés de las gotas de agua y la lágrima por devolver la muñeca a la niña, que al evaporarse por e calor del sol, formaron una nube alrededor de ella, que hizo que se elevara por el cielo. El viento les ayudó, soplando la nube río arriba, hasta donde estaba la niña, que todos los días iba allí donde había perdido su muñeca, a llorar desconsoladamente.
Entonces el viento se enfrió, convirtiendo las gotas de agua y la lágrima en lluvia, haciendo caer la muñeca al río, justo al lado de la niña. ¡No se lo podía creer!, ¡Elsa estaba allí!, ¡como caída del cielo! La niña abrazó su muñeca, y jugó con ella hasta que se hizo de noche.
La gota de agua estaba satisfecha, y se disponía a volver de nuevo al mar, cuando a su lado, cayó una nueva lágrima, pero esta no estaba triste, al contrario, estaba llena de gozo y agradecimiento.
- Hola -le saludó- tu no eres una gota de agua normal.
- No, soy una lágrima - le respondió.
La gota de agua, que no había oído hablar nunca de las lágrimas, vio que estaba triste.
- ¿Porqué estás triste? - le preguntó.
- Vengo del ojo de una niña, se le cayó al río su muñeca favorita mientras jugaba con ella, y la corriente se la llevó. Por eso lloró, y caí al agua.
- ¡Vaya!, ¡tenemos que ayudarle! - dijo la gota de agua impresionada.
La gota de agua y la lágrima corrieron raudas, arrastradas por la corriente, hasta llegar al mar. Allí, buscaron incansablemente la muñeca, entre cartones, plásticos y otras basuras que flotaban a la deriva.
- ¡Nunca la encontraremos! - decía afligida la lágrima.
- ¡Claro que sí!, ¡pediremos ayuda!
La noticia de la muñeca perdida, se fue propagando de gota en gota, y enseguida dieron con ella. La encontraron varada en una playa. La gota de agua y la lágrima, esperaron a que subiera la marea, y entre todas las gotas de agua, llevaron a la muñeca hasta altamar, sorteando las olas.
- ¿Y ahora, como vamos a llevar la muñeca hasta la niña? - se quejaba la lágrima con su pesimismo natural.
- La verdad es que no lo sé, pero tiene que haber una forma.
Y la hubo. Tanto era el interés de las gotas de agua y la lágrima por devolver la muñeca a la niña, que al evaporarse por e calor del sol, formaron una nube alrededor de ella, que hizo que se elevara por el cielo. El viento les ayudó, soplando la nube río arriba, hasta donde estaba la niña, que todos los días iba allí donde había perdido su muñeca, a llorar desconsoladamente.
Entonces el viento se enfrió, convirtiendo las gotas de agua y la lágrima en lluvia, haciendo caer la muñeca al río, justo al lado de la niña. ¡No se lo podía creer!, ¡Elsa estaba allí!, ¡como caída del cielo! La niña abrazó su muñeca, y jugó con ella hasta que se hizo de noche.
La gota de agua estaba satisfecha, y se disponía a volver de nuevo al mar, cuando a su lado, cayó una nueva lágrima, pero esta no estaba triste, al contrario, estaba llena de gozo y agradecimiento.
viernes, 9 de octubre de 2015
El cabrero y el guante mágico
Juan tenía una cabra, Esmeralda. Le quería mucho, y además era su único medio de subsistencia. Todos los días ordeñaba a la cabra, y con la leche hacía sabrosos quesos que luego vendía en el mercado del pueblo. No sacaba mucho dinero, pero si el suficiente como para poder haberse comprado un pequeña chabola de madera en el bosque. Juan era feliz, pero ya era mayor, y cada vez le costaba más ir al pueblo, que se encontraba a 2 horas de la chabola donde vivía.
Un día, paso por el bosque un rico comerciante. Su caballo estaba exhausto, y al ver la chabola de Juan paró y llamó a la puerta.
- Hola buen hombre - le dijo a Juan - mi caballo está agotado, y necesita agua y descanso.
- ¡Como no!, pase, y descanse usted también - le respondió amablemente - le daré agua y alfalfa a su caballo, y podrá continuar en cuanto se recupere.
Así lo hizo, y convidó al comerciante a queso y vino.
- ¡Uhmmmm!, este queso está buenísimo - dijo el comerciante - ¿donde lo compra?
- Lo hago yo mismo, tengo una cabra que me da una leche excelente.
El comerciante, con su ambiciosa mente, vio enseguida que tenía entre manos un buen negocio.
- Me gustaría hacerte una propuesta - le dijo - si me haces 20 quesos como este, yo te los compraré todos.
- ¡20 quesos!, ¡si con 5 que haga me bastan para vivir!
- Piensa que con el dinero que te sobre podrías comprarte un carro y un caballo para poder ir al pueblo para vender tus quesos.
- ¡Vaya!, no estaría mal...........
El comerciante, sin darle tiempo a pensar, le plantó delante de sus ojos un contrato, en el que Juan tendría que hacer 20 quesos por 6 monedas de oro en el plazo de 2 semanas.
- Firma aquí y tendrás tu carro.
Juan firmó, ya se imaginaba sentado en su majestuoso carro, de camino al pueblo.
Juan se puso a la labor, pero se dio cuenta que necesitaría mucha más leche de lo habitual, por lo que ordeñaba a Esmeralda hasta la última gota, y hasta 2 veces por día. Juan se enfadaba mucho con ella, ya que veía que ésta no iba a ser capaz de darle la leche que necesitaba. La pobre Esmeralda adelgazó mucho, y enfermó. Por ese motivo, dejó de dar leche.
A las 2 semanas, el comerciante fue a casa de Juan a por sus 20 quesos, tal como habían acordado.
- Lo siento - le dijo Juan - mi cabra ha enfermado, y ya no me da leche. Sólo he podido hacer 8 quesos.
- ¡8 quesos! - gritó el comerciante fuera de sí -¡ Tengo vendidos ya los 20 quesos!, ¡Exijo que me los hagas!
- ¡Pero como voy a hacerlos!
- ¡ Es tu problema!, ¡si dentro de una semana no me das 20 quesos, me quedaré con tu chabola!
El comerciante montó en su caballo y se fue, dejando a Juan en la más absoluta desolación.
El pobre Juan no sabía que hacer, la preocupación le hacía pasar la noches dando vueltas en la cama sin poder dormir.
Un día, pasó por allí un apuesto joven montando un impresionate caballo.
- Hola buen hombre - le dijo - ¿Sabe por donde se va al pueblo?
- Si claro, siga por el robledal hasta el río, y continúe por el camino que pasa entre los trigales, no tiene pérdida.
El joven, al ver las ojeras del pobre Juan, le preguntó qué le sucedía. El cabrero le contó su historia.
- Podría ayudarte - le dijo - toma éste guante, tiene el poder de convertir el oro en arena. Cuando venga el comerciante a por sus quesos, pídele que te de primero el dinero, cuando lo haga, lo tomarás con la mano enguatada en el guante mágico, y las monedas se convertirán en arena. Al no poder pagarte, no tendrás porqué darle los quesos.
Juan le mostró al joven su eterno agradecimiento, y por fin pudo dormir en paz.
Llegó el día en el que el comerciante fue a casa de Juan a por los quesos. Llegó acompañado de un alguacil, para que se llevara preso a Juan si no cumplía el contrato.
- ¡Los 20 quesos! - gritaba mientras aporreaba la puerta con una mano, y mantenía el contrato firmado por Juan en la otra.
Juan abrió la puerta con parsimonia.
- Primero págame - le dijo mientras tendía la mano enguantada.
- ¡ Aquí tienes!- le dijo sacando 6 monedas de oro del bolsillo de su chaqueta. Estas, al ponerlas en la mano de Juan, se deshicieron al tocarla, convirtiéndose en arena, que se llevó el viento.
- No veo ninguna monede en mi mano - dijo Juan simulando asombro.
- ¿queeee?, ¡no puede ser, si yo..........!
Volvió a sacar otras 6 monedas de oro, y las puso de nuevo en la mano de Juan; y de nuevo el viento se llevó lo que quedó de ellas.
- ¡Es magia!, ¡magia negra!, ¡deténgale alguacil! - gritó el comerciante con el rostro desencajado.
- Lo siento - dijo el alguacil inmutable - no veo que se haya cometido ningún delito.
El comerciante, fuera de si, se abalanzó sobre Juan gritando.
- ¡Maldito brujo!
Pero el alguacil, con un rápido movimiento, agarró al comerciante del brazo, y se lo llevó atado de pies y manos, por intentar agredir al cabrero.
Juan, con los 3 quesos de más que había hecho, consiguió el dinero suficiente para llevar a Esmeralda al mejor médico del pueblo. La cabra se recuperó, y empezó a dar de nuevo la mejor leche del condado.
Un día, llamaron a la puerta de su chabola; era el apuesto joven que le dio el guante mágico.
- Vengo a por el guante - le dijo.
Juan se lo devolvió, y le contó lo sucedido.
- Ahora vivo como antes - le comentó - cuido de mi cabra, y ella me da todo lo que necesito, ¿para qué quiero más?
- Has hecho lo correcto - le contestó.
También le dijo, que era un príncipe, y que tenía que volver a su reino, pero tendría noticias de él.
Un buen día, se presentó un hombre en casa de Juan.
- Vengo en nombre del príncipe Igor - le dijo - traigo un presente de su parte.
Y le dejó ante su puerta un precioso carro tirado por un majestuoso corcel.
Un día, paso por el bosque un rico comerciante. Su caballo estaba exhausto, y al ver la chabola de Juan paró y llamó a la puerta.
- Hola buen hombre - le dijo a Juan - mi caballo está agotado, y necesita agua y descanso.
- ¡Como no!, pase, y descanse usted también - le respondió amablemente - le daré agua y alfalfa a su caballo, y podrá continuar en cuanto se recupere.
Así lo hizo, y convidó al comerciante a queso y vino.
- ¡Uhmmmm!, este queso está buenísimo - dijo el comerciante - ¿donde lo compra?
- Lo hago yo mismo, tengo una cabra que me da una leche excelente.
El comerciante, con su ambiciosa mente, vio enseguida que tenía entre manos un buen negocio.
- Me gustaría hacerte una propuesta - le dijo - si me haces 20 quesos como este, yo te los compraré todos.
- ¡20 quesos!, ¡si con 5 que haga me bastan para vivir!
- Piensa que con el dinero que te sobre podrías comprarte un carro y un caballo para poder ir al pueblo para vender tus quesos.
- ¡Vaya!, no estaría mal...........
El comerciante, sin darle tiempo a pensar, le plantó delante de sus ojos un contrato, en el que Juan tendría que hacer 20 quesos por 6 monedas de oro en el plazo de 2 semanas.
- Firma aquí y tendrás tu carro.
Juan firmó, ya se imaginaba sentado en su majestuoso carro, de camino al pueblo.
Juan se puso a la labor, pero se dio cuenta que necesitaría mucha más leche de lo habitual, por lo que ordeñaba a Esmeralda hasta la última gota, y hasta 2 veces por día. Juan se enfadaba mucho con ella, ya que veía que ésta no iba a ser capaz de darle la leche que necesitaba. La pobre Esmeralda adelgazó mucho, y enfermó. Por ese motivo, dejó de dar leche.
A las 2 semanas, el comerciante fue a casa de Juan a por sus 20 quesos, tal como habían acordado.
- Lo siento - le dijo Juan - mi cabra ha enfermado, y ya no me da leche. Sólo he podido hacer 8 quesos.
- ¡8 quesos! - gritó el comerciante fuera de sí -¡ Tengo vendidos ya los 20 quesos!, ¡Exijo que me los hagas!
- ¡Pero como voy a hacerlos!
- ¡ Es tu problema!, ¡si dentro de una semana no me das 20 quesos, me quedaré con tu chabola!
El comerciante montó en su caballo y se fue, dejando a Juan en la más absoluta desolación.
El pobre Juan no sabía que hacer, la preocupación le hacía pasar la noches dando vueltas en la cama sin poder dormir.
Un día, pasó por allí un apuesto joven montando un impresionate caballo.
- Hola buen hombre - le dijo - ¿Sabe por donde se va al pueblo?
- Si claro, siga por el robledal hasta el río, y continúe por el camino que pasa entre los trigales, no tiene pérdida.
El joven, al ver las ojeras del pobre Juan, le preguntó qué le sucedía. El cabrero le contó su historia.
- Podría ayudarte - le dijo - toma éste guante, tiene el poder de convertir el oro en arena. Cuando venga el comerciante a por sus quesos, pídele que te de primero el dinero, cuando lo haga, lo tomarás con la mano enguatada en el guante mágico, y las monedas se convertirán en arena. Al no poder pagarte, no tendrás porqué darle los quesos.
Juan le mostró al joven su eterno agradecimiento, y por fin pudo dormir en paz.
Llegó el día en el que el comerciante fue a casa de Juan a por los quesos. Llegó acompañado de un alguacil, para que se llevara preso a Juan si no cumplía el contrato.
- ¡Los 20 quesos! - gritaba mientras aporreaba la puerta con una mano, y mantenía el contrato firmado por Juan en la otra.
Juan abrió la puerta con parsimonia.
- Primero págame - le dijo mientras tendía la mano enguantada.
- ¡ Aquí tienes!- le dijo sacando 6 monedas de oro del bolsillo de su chaqueta. Estas, al ponerlas en la mano de Juan, se deshicieron al tocarla, convirtiéndose en arena, que se llevó el viento.
- No veo ninguna monede en mi mano - dijo Juan simulando asombro.
- ¿queeee?, ¡no puede ser, si yo..........!
Volvió a sacar otras 6 monedas de oro, y las puso de nuevo en la mano de Juan; y de nuevo el viento se llevó lo que quedó de ellas.
- ¡Es magia!, ¡magia negra!, ¡deténgale alguacil! - gritó el comerciante con el rostro desencajado.
- Lo siento - dijo el alguacil inmutable - no veo que se haya cometido ningún delito.
El comerciante, fuera de si, se abalanzó sobre Juan gritando.
- ¡Maldito brujo!
Pero el alguacil, con un rápido movimiento, agarró al comerciante del brazo, y se lo llevó atado de pies y manos, por intentar agredir al cabrero.
Juan, con los 3 quesos de más que había hecho, consiguió el dinero suficiente para llevar a Esmeralda al mejor médico del pueblo. La cabra se recuperó, y empezó a dar de nuevo la mejor leche del condado.
Un día, llamaron a la puerta de su chabola; era el apuesto joven que le dio el guante mágico.
- Vengo a por el guante - le dijo.
Juan se lo devolvió, y le contó lo sucedido.
- Ahora vivo como antes - le comentó - cuido de mi cabra, y ella me da todo lo que necesito, ¿para qué quiero más?
- Has hecho lo correcto - le contestó.
También le dijo, que era un príncipe, y que tenía que volver a su reino, pero tendría noticias de él.
Un buen día, se presentó un hombre en casa de Juan.
- Vengo en nombre del príncipe Igor - le dijo - traigo un presente de su parte.
Y le dejó ante su puerta un precioso carro tirado por un majestuoso corcel.
viernes, 25 de septiembre de 2015
Al cienpiés le huelen los pies
El cienpiés fue a buscar zapatos,
al cienpiés le huelen los pies,
que peste dijo el zapatero
al ponerse a medirle los pies.
Le hizo zapatos con rosas,
con lirios, romero y clavel,
lengüetas de hierbabuena,
cordones de menta y miel
Que ya no está sólo el cienpiés,
que ya no le huelen los pies,
que le han crecido las flores
en el lomo y en la piel.
al cienpiés le huelen los pies,
que peste dijo el zapatero
al ponerse a medirle los pies.
Le hizo zapatos con rosas,
con lirios, romero y clavel,
lengüetas de hierbabuena,
cordones de menta y miel
Que ya no está sólo el cienpiés,
que ya no le huelen los pies,
que le han crecido las flores
en el lomo y en la piel.
viernes, 18 de septiembre de 2015
De safari en el centro comercial
A Camilo ya le dejaban ir a comprar solo el pan. Se sentía muy orgulloso por ello. Su madre, le dio un billete de 5 euros y la bolsa de tela alargada para guardar el pan. Bajó a saltos la escalera y salió a la calle. La panadería estaba 2 calles más para adelante, pero no se acordaba hacia que lado debía ir. Se volvió para preguntárselo a su madre, pero se detuvo, no quería que su madre pensaba que no se las podía arreglar solo. Miró hacia ambos lados de la calle, y se decidió por el de su izquierda. Anduvo por el medio de la calle peatonal, prestando atención a las tiendas que había a ambos lados:"Ranaparla", una tienda en la que vendían ranas parlantes;"Auto-bípedos", ponía en otra, donde se veían a través del escaparate, coches con 2 enormes piernas articuladas en vez de ruedas; otra en la que te pintaban la cara con maquillajes que cambiaban de color según tu estado de ánimo, llamada "Maquimagic";..........
A Camilo no le sonaba en absoluto ninguna de las tiendas, pero siguió andando, buscando la panadería. A unos metros, vio una tienda en cuyo escaparate había un pan de hogaza con bigote, sombrero de copa, pajarita y un bastón ¡bailando claqué!
"Aquí será", pensó, y entró cautelosamente.
Dentro, había toda clase de panes, con formas y colores dispares.
- ¡Eh chiquillo! - le dijo uno con sombrero torero y una muleta en la mano - cógeme, para hacerte el mejor bocata de jamón ibérico que jamás hayas probado.
- ¡De eso nada cuate! - le dijo otro con sombrero mejicano y una guitarra - Un buen bocadillo de pollo con chile y guacamole es lo que necesitas.
- Lo siento - respondió Camilo - Mi madre suele coger..........
- ¿Qué deseas? - le interrumpieron desde el mostrador. Entre una nube de harina, distinguió a un hombre gordo que con mirada amenazante, se sacudía las manos en su mandilón.
- Pues................quería 4 barras de pan.
- ¡4 barras de pan! - gritó el hombre - bien, bien............eso es muy genérico.............las quieres para montar, para pintar, para viajar en el tiempo,..................
- Las quería para comer..........
-¡Para comer!. ¡estás loco!, ¡maldito caníbal!, ¡fuera de mi tienda!
El hombre cogió un rodillo y saltó por encima del mostrador. Camilo corrió hacia la puerta, pero los panes se le echaron encima para detenerle. Dando golpes a diestro y siniestro, consiguió desembarazarse de ellos, en definitiva, eran sólo panes, y se alejó de la tienda sin parar de correr.
"¿Y ahora qué? - pensó.
- ¡Eh! - escuchó de repente, pero no había nadie cerca.
- ¡Aquí abajo!
Miró al suelo, pero tampoco vio nada.
- ¡En el bolsillo hombre!
Metió la mano en el bolsillo, lo único que encontró fue el billete de 5 euros que le había dado su madre, unas monedas.
- ¡Hombre, al fin! - ¡el señor pintado en el billete era el que le hablaba!
- ¿Qué te sucede, que pones esa cara?
- Tengo que comprar 4 barras de pan, pero no se donde.
- ¡Pues en El Centro Comercial, donde sino! ¡ donde se encuentre todo!
- ¿Y donde está?, no recuerdo que haya ninguno por aquí.
- ¿Qué donde está?, ¡estos niños de hoy están atontados con tanta televisión y tanto videojuego! Pues donde están todos, al doblar la esquina. Siempre que doblas una esquina, te encuentras un Centro Comercial, ¿Es que no lo sabías?
- Pues no. Gracias - dijo Camilo titubeando.
Se guardó el billete en el bolsillo, dobló la primera esquina que se encontró, y allí estaba : El Centro Comercial. Parecía unas ferias, donde las luces de neón parpadeaban en enormes anuncios de productos y ofertas, entre estridente música de moda.
- ¿Qué desea? - le preguntó uno de los cajeros de la entrada.
- 4 barras de pan.
- Sigue todo recto y a la derecha, al lado de la sección de jardinería.
Detrás del cajero había una gran puerta con el nombre del centro comercial grabado en lo alto: "Safari Center", en la boca abierta del dibujo de un león.
Se quedó mirando la puerta sin saber que hacer. El cajero, al ver su expresión de desconcierto se dirigió a él.
- ¿Es la primera vez?
- Si.
- Entonces te acompañaré.
El cajero se quitó la bata. Debajo llevaba unos pantalones cortos de color beige, camisa del mismo color y un chaleco con multitud de bolsillos. En la cintura llevaba un látigo enrollado. Se puso un sombrero de ala, y cogió un carro.
- Me llamo Emilio, ¿tienes tu dinero a mano?
- Si - respondió un asombrado Camilo, mostrándole el billete de 5 euros.
- Perfecto, vamos.
Abrió las puertas, y ante ellos, se extendió la inconmensurable sabana africana, bajo un ardiente sol.
- La principal norma es no sacar el dinero hasta que no encuentres el producto que quieras comprar. Recuérdalo, es lo más importante.
- De acuerdo.
Un enorme cartel les indicaba que estaban en la sección de limpieza: Varias fregonas metía sus mochos en un charco y limpiaban las piedras colindantes; algunos palos sueltos perseguían mochos de distintos colores y formas; los sprays limpiadores con aroma de limón rociaban los troncos de los árboles para que las bayetas los pulieran hasta hacerles brillar. Camilo lo observaba todo entusiasmado.
Llegaron a la sección de jardinería. Allí, enormes sacos de tierra se afanaban en llenar cada hueco que veían. Era una hermosa sección, con decenas de flores en sus tiestos que cantaban y bailaban bajo el agua de las regaderas y chorros de abono.
- Bueno, ya estamos llegando - dijo Emilio.
Camilo comprobó que el billete de 5 euros seguía en su bolsillo, pero al sacar la mano, un par de monedas cayeron al suelo, rebotando en la pista por la que caminaban.
Al oír el ruido de las monedas, el cajero se detuvo, y se quedó muy quieto.
- ¡No te muevas!
- lo siento, al mirar si.........
- ¡Silencio!
Emilio miró a su alrededor.
- Puede que no hayan oído caer las monedas. ¡Pero las sienten!, ¡saben que están ahí!, ¡y las esperan ansiosamente!
- ¿Quienes?
- ¡Cualquier producto!, pero sólo las mejores ofertas serán las que las consigan.
A sus espaldas oyeron ruidos de motores. Se volvieron: ¡Este mes los cotacéspedes tenían un 40% de descuento!
- ¡Corre! - le dijo Emilio - yo les entretendré.
Camilo se quedó paralizado, las afiladas cuchillas de los cortacéspedes cortaban de cuajo las plantas que se cruzaban en su camino, y se acercaban peligrosamente. Entonces Emilio, con un rápìdo movimiento, sacó la etiquetadora del cinturón de su pantalón, y saltando ágilmente de una a otra, les fue imprimiendo etiquetas encima de las que llevaban puestas. Los cotacéspedes se fueron retirándose, mientras desaceleraban sus motores, hasta quedarse en ralentí.
- ¡Por poco! - suspiró Emilio.
- ¿Porqué se han detenido?
- Les he cambiado el precio por otro más alto - respondió sin darle importancia.- Bueno, ya hemos llegado.
Emilio deseó quedarse allí para siempre: Las velas de cumpleaños saltaban de tarta en tarta, mientras bollos, palmeras y cruasanes se bañaban en un lago de chocolate caliente.
Pero no era todo felicidad, al lado de las barras recién echas que se tostaban al sol, se encontraban las del día anterior, duras como huesos en un osario.
- Venga, elige las barras de pan que quiera comprar y acércate - le dijo Emilio.
Se acercó a unas baguetes poco tostadas, como le gustaban a su madre.
- Ahora saca el dinero.
Al hacerlo, varias de ellas se acercaron curiosas. Eligió las 4 más blancas, y las metió en el carro.
En la caja, Camilo le dio los 5 euros a Emilio, que le giñaron un ojo, y éste le devolvió el cambio.
- Que tenga un buen día - le dijo el cajero, enfundado ya en su bata.
-Igualmente.
Salió del centro comercial, y dobló de nuevo la esquina. Se encontró con una calle que le resultaba familiar, y 2 calles más adelante, encontró el portal de su casa..
Al entrar en casa, su madre le esperaba malhumorada.
-¡Cuanto has tardado!, ¡me tenías preocupadísima!
- Si ya........es que ya sabes, todo el mundo quiere que le compres.
Su madre le miró extrañada.
- Algún día tenemos que ir al Centro Comercial - continuó - es muy divertido.
- Está a las afueras de la ciudad, nos viene muy lejos.
-¡ Qué va, si sólo hay que doblar una esquina!
- ¡Cada día dices cosas más raras!, venga cámbiate de ropa mientras te preparo la merienda.
En la bolsa, los panes esperaban ansiosos las suculentas lonchas de chorizo.
A Camilo no le sonaba en absoluto ninguna de las tiendas, pero siguió andando, buscando la panadería. A unos metros, vio una tienda en cuyo escaparate había un pan de hogaza con bigote, sombrero de copa, pajarita y un bastón ¡bailando claqué!
"Aquí será", pensó, y entró cautelosamente.
Dentro, había toda clase de panes, con formas y colores dispares.
- ¡Eh chiquillo! - le dijo uno con sombrero torero y una muleta en la mano - cógeme, para hacerte el mejor bocata de jamón ibérico que jamás hayas probado.
- ¡De eso nada cuate! - le dijo otro con sombrero mejicano y una guitarra - Un buen bocadillo de pollo con chile y guacamole es lo que necesitas.
- Lo siento - respondió Camilo - Mi madre suele coger..........
- ¿Qué deseas? - le interrumpieron desde el mostrador. Entre una nube de harina, distinguió a un hombre gordo que con mirada amenazante, se sacudía las manos en su mandilón.
- Pues................quería 4 barras de pan.
- ¡4 barras de pan! - gritó el hombre - bien, bien............eso es muy genérico.............las quieres para montar, para pintar, para viajar en el tiempo,..................
- Las quería para comer..........
-¡Para comer!. ¡estás loco!, ¡maldito caníbal!, ¡fuera de mi tienda!
El hombre cogió un rodillo y saltó por encima del mostrador. Camilo corrió hacia la puerta, pero los panes se le echaron encima para detenerle. Dando golpes a diestro y siniestro, consiguió desembarazarse de ellos, en definitiva, eran sólo panes, y se alejó de la tienda sin parar de correr.
"¿Y ahora qué? - pensó.
- ¡Eh! - escuchó de repente, pero no había nadie cerca.
- ¡Aquí abajo!
Miró al suelo, pero tampoco vio nada.
- ¡En el bolsillo hombre!
Metió la mano en el bolsillo, lo único que encontró fue el billete de 5 euros que le había dado su madre, unas monedas.
- ¡Hombre, al fin! - ¡el señor pintado en el billete era el que le hablaba!
- ¿Qué te sucede, que pones esa cara?
- Tengo que comprar 4 barras de pan, pero no se donde.
- ¡Pues en El Centro Comercial, donde sino! ¡ donde se encuentre todo!
- ¿Y donde está?, no recuerdo que haya ninguno por aquí.
- ¿Qué donde está?, ¡estos niños de hoy están atontados con tanta televisión y tanto videojuego! Pues donde están todos, al doblar la esquina. Siempre que doblas una esquina, te encuentras un Centro Comercial, ¿Es que no lo sabías?
- Pues no. Gracias - dijo Camilo titubeando.
Se guardó el billete en el bolsillo, dobló la primera esquina que se encontró, y allí estaba : El Centro Comercial. Parecía unas ferias, donde las luces de neón parpadeaban en enormes anuncios de productos y ofertas, entre estridente música de moda.
- ¿Qué desea? - le preguntó uno de los cajeros de la entrada.
- 4 barras de pan.
- Sigue todo recto y a la derecha, al lado de la sección de jardinería.
Detrás del cajero había una gran puerta con el nombre del centro comercial grabado en lo alto: "Safari Center", en la boca abierta del dibujo de un león.
Se quedó mirando la puerta sin saber que hacer. El cajero, al ver su expresión de desconcierto se dirigió a él.
- ¿Es la primera vez?
- Si.
- Entonces te acompañaré.
El cajero se quitó la bata. Debajo llevaba unos pantalones cortos de color beige, camisa del mismo color y un chaleco con multitud de bolsillos. En la cintura llevaba un látigo enrollado. Se puso un sombrero de ala, y cogió un carro.
- Me llamo Emilio, ¿tienes tu dinero a mano?
- Si - respondió un asombrado Camilo, mostrándole el billete de 5 euros.
- Perfecto, vamos.
Abrió las puertas, y ante ellos, se extendió la inconmensurable sabana africana, bajo un ardiente sol.
- La principal norma es no sacar el dinero hasta que no encuentres el producto que quieras comprar. Recuérdalo, es lo más importante.
- De acuerdo.
Un enorme cartel les indicaba que estaban en la sección de limpieza: Varias fregonas metía sus mochos en un charco y limpiaban las piedras colindantes; algunos palos sueltos perseguían mochos de distintos colores y formas; los sprays limpiadores con aroma de limón rociaban los troncos de los árboles para que las bayetas los pulieran hasta hacerles brillar. Camilo lo observaba todo entusiasmado.
Llegaron a la sección de jardinería. Allí, enormes sacos de tierra se afanaban en llenar cada hueco que veían. Era una hermosa sección, con decenas de flores en sus tiestos que cantaban y bailaban bajo el agua de las regaderas y chorros de abono.
- Bueno, ya estamos llegando - dijo Emilio.
Camilo comprobó que el billete de 5 euros seguía en su bolsillo, pero al sacar la mano, un par de monedas cayeron al suelo, rebotando en la pista por la que caminaban.
Al oír el ruido de las monedas, el cajero se detuvo, y se quedó muy quieto.
- ¡No te muevas!
- lo siento, al mirar si.........
- ¡Silencio!
Emilio miró a su alrededor.
- Puede que no hayan oído caer las monedas. ¡Pero las sienten!, ¡saben que están ahí!, ¡y las esperan ansiosamente!
- ¿Quienes?
- ¡Cualquier producto!, pero sólo las mejores ofertas serán las que las consigan.
A sus espaldas oyeron ruidos de motores. Se volvieron: ¡Este mes los cotacéspedes tenían un 40% de descuento!
- ¡Corre! - le dijo Emilio - yo les entretendré.
Camilo se quedó paralizado, las afiladas cuchillas de los cortacéspedes cortaban de cuajo las plantas que se cruzaban en su camino, y se acercaban peligrosamente. Entonces Emilio, con un rápìdo movimiento, sacó la etiquetadora del cinturón de su pantalón, y saltando ágilmente de una a otra, les fue imprimiendo etiquetas encima de las que llevaban puestas. Los cotacéspedes se fueron retirándose, mientras desaceleraban sus motores, hasta quedarse en ralentí.
- ¡Por poco! - suspiró Emilio.
- ¿Porqué se han detenido?
- Les he cambiado el precio por otro más alto - respondió sin darle importancia.- Bueno, ya hemos llegado.
Emilio deseó quedarse allí para siempre: Las velas de cumpleaños saltaban de tarta en tarta, mientras bollos, palmeras y cruasanes se bañaban en un lago de chocolate caliente.
Pero no era todo felicidad, al lado de las barras recién echas que se tostaban al sol, se encontraban las del día anterior, duras como huesos en un osario.
- Venga, elige las barras de pan que quiera comprar y acércate - le dijo Emilio.
Se acercó a unas baguetes poco tostadas, como le gustaban a su madre.
- Ahora saca el dinero.
Al hacerlo, varias de ellas se acercaron curiosas. Eligió las 4 más blancas, y las metió en el carro.
En la caja, Camilo le dio los 5 euros a Emilio, que le giñaron un ojo, y éste le devolvió el cambio.
- Que tenga un buen día - le dijo el cajero, enfundado ya en su bata.
-Igualmente.
Salió del centro comercial, y dobló de nuevo la esquina. Se encontró con una calle que le resultaba familiar, y 2 calles más adelante, encontró el portal de su casa..
Al entrar en casa, su madre le esperaba malhumorada.
-¡Cuanto has tardado!, ¡me tenías preocupadísima!
- Si ya........es que ya sabes, todo el mundo quiere que le compres.
Su madre le miró extrañada.
- Algún día tenemos que ir al Centro Comercial - continuó - es muy divertido.
- Está a las afueras de la ciudad, nos viene muy lejos.
-¡ Qué va, si sólo hay que doblar una esquina!
- ¡Cada día dices cosas más raras!, venga cámbiate de ropa mientras te preparo la merienda.
En la bolsa, los panes esperaban ansiosos las suculentas lonchas de chorizo.
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