Juan tenía una cabra, Esmeralda. Le quería mucho, y además era su único medio de subsistencia. Todos los días ordeñaba a la cabra, y con la leche hacía sabrosos quesos que luego vendía en el mercado del pueblo. No sacaba mucho dinero, pero si el suficiente como para poder haberse comprado un pequeña chabola de madera en el bosque. Juan era feliz, pero ya era mayor, y cada vez le costaba más ir al pueblo, que se encontraba a 2 horas de la chabola donde vivía.
Un día, paso por el bosque un rico comerciante. Su caballo estaba exhausto, y al ver la chabola de Juan paró y llamó a la puerta.
- Hola buen hombre - le dijo a Juan - mi caballo está agotado, y necesita agua y descanso.
- ¡Como no!, pase, y descanse usted también - le respondió amablemente - le daré agua y alfalfa a su caballo, y podrá continuar en cuanto se recupere.
Así lo hizo, y convidó al comerciante a queso y vino.
- ¡Uhmmmm!, este queso está buenísimo - dijo el comerciante - ¿donde lo compra?
- Lo hago yo mismo, tengo una cabra que me da una leche excelente.
El comerciante, con su ambiciosa mente, vio enseguida que tenía entre manos un buen negocio.
- Me gustaría hacerte una propuesta - le dijo - si me haces 20 quesos como este, yo te los compraré todos.
- ¡20 quesos!, ¡si con 5 que haga me bastan para vivir!
- Piensa que con el dinero que te sobre podrías comprarte un carro y un caballo para poder ir al pueblo para vender tus quesos.
- ¡Vaya!, no estaría mal...........
El comerciante, sin darle tiempo a pensar, le plantó delante de sus ojos un contrato, en el que Juan tendría que hacer 20 quesos por 6 monedas de oro en el plazo de 2 semanas.
- Firma aquí y tendrás tu carro.
Juan firmó, ya se imaginaba sentado en su majestuoso carro, de camino al pueblo.
Juan se puso a la labor, pero se dio cuenta que necesitaría mucha más leche de lo habitual, por lo que ordeñaba a Esmeralda hasta la última gota, y hasta 2 veces por día. Juan se enfadaba mucho con ella, ya que veía que ésta no iba a ser capaz de darle la leche que necesitaba. La pobre Esmeralda adelgazó mucho, y enfermó. Por ese motivo, dejó de dar leche.
A las 2 semanas, el comerciante fue a casa de Juan a por sus 20 quesos, tal como habían acordado.
- Lo siento - le dijo Juan - mi cabra ha enfermado, y ya no me da leche. Sólo he podido hacer 8 quesos.
- ¡8 quesos! - gritó el comerciante fuera de sí -¡ Tengo vendidos ya los 20 quesos!, ¡Exijo que me los hagas!
- ¡Pero como voy a hacerlos!
- ¡ Es tu problema!, ¡si dentro de una semana no me das 20 quesos, me quedaré con tu chabola!
El comerciante montó en su caballo y se fue, dejando a Juan en la más absoluta desolación.
El pobre Juan no sabía que hacer, la preocupación le hacía pasar la noches dando vueltas en la cama sin poder dormir.
Un día, pasó por allí un apuesto joven montando un impresionate caballo.
- Hola buen hombre - le dijo - ¿Sabe por donde se va al pueblo?
- Si claro, siga por el robledal hasta el río, y continúe por el camino que pasa entre los trigales, no tiene pérdida.
El joven, al ver las ojeras del pobre Juan, le preguntó qué le sucedía. El cabrero le contó su historia.
- Podría ayudarte - le dijo - toma éste guante, tiene el poder de convertir el oro en arena. Cuando venga el comerciante a por sus quesos, pídele que te de primero el dinero, cuando lo haga, lo tomarás con la mano enguatada en el guante mágico, y las monedas se convertirán en arena. Al no poder pagarte, no tendrás porqué darle los quesos.
Juan le mostró al joven su eterno agradecimiento, y por fin pudo dormir en paz.
Llegó el día en el que el comerciante fue a casa de Juan a por los quesos. Llegó acompañado de un alguacil, para que se llevara preso a Juan si no cumplía el contrato.
- ¡Los 20 quesos! - gritaba mientras aporreaba la puerta con una mano, y mantenía el contrato firmado por Juan en la otra.
Juan abrió la puerta con parsimonia.
- Primero págame - le dijo mientras tendía la mano enguantada.
- ¡ Aquí tienes!- le dijo sacando 6 monedas de oro del bolsillo de su chaqueta. Estas, al ponerlas en la mano de Juan, se deshicieron al tocarla, convirtiéndose en arena, que se llevó el viento.
- No veo ninguna monede en mi mano - dijo Juan simulando asombro.
- ¿queeee?, ¡no puede ser, si yo..........!
Volvió a sacar otras 6 monedas de oro, y las puso de nuevo en la mano de Juan; y de nuevo el viento se llevó lo que quedó de ellas.
- ¡Es magia!, ¡magia negra!, ¡deténgale alguacil! - gritó el comerciante con el rostro desencajado.
- Lo siento - dijo el alguacil inmutable - no veo que se haya cometido ningún delito.
El comerciante, fuera de si, se abalanzó sobre Juan gritando.
- ¡Maldito brujo!
Pero el alguacil, con un rápido movimiento, agarró al comerciante del brazo, y se lo llevó atado de pies y manos, por intentar agredir al cabrero.
Juan, con los 3 quesos de más que había hecho, consiguió el dinero suficiente para llevar a Esmeralda al mejor médico del pueblo. La cabra se recuperó, y empezó a dar de nuevo la mejor leche del condado.
Un día, llamaron a la puerta de su chabola; era el apuesto joven que le dio el guante mágico.
- Vengo a por el guante - le dijo.
Juan se lo devolvió, y le contó lo sucedido.
- Ahora vivo como antes - le comentó - cuido de mi cabra, y ella me da todo lo que necesito, ¿para qué quiero más?
- Has hecho lo correcto - le contestó.
También le dijo, que era un príncipe, y que tenía que volver a su reino, pero tendría noticias de él.
Un buen día, se presentó un hombre en casa de Juan.
- Vengo en nombre del príncipe Igor - le dijo - traigo un presente de su parte.
Y le dejó ante su puerta un precioso carro tirado por un majestuoso corcel.
Cuentos para contar.
viernes, 9 de octubre de 2015
viernes, 25 de septiembre de 2015
Al cienpiés le huelen los pies
El cienpiés fue a buscar zapatos,
al cienpiés le huelen los pies,
que peste dijo el zapatero
al ponerse a medirle los pies.
Le hizo zapatos con rosas,
con lirios, romero y clavel,
lengüetas de hierbabuena,
cordones de menta y miel
Que ya no está sólo el cienpiés,
que ya no le huelen los pies,
que le han crecido las flores
en el lomo y en la piel.
al cienpiés le huelen los pies,
que peste dijo el zapatero
al ponerse a medirle los pies.
Le hizo zapatos con rosas,
con lirios, romero y clavel,
lengüetas de hierbabuena,
cordones de menta y miel
Que ya no está sólo el cienpiés,
que ya no le huelen los pies,
que le han crecido las flores
en el lomo y en la piel.
viernes, 18 de septiembre de 2015
De safari en el centro comercial
A Camilo ya le dejaban ir a comprar solo el pan. Se sentía muy orgulloso por ello. Su madre, le dio un billete de 5 euros y la bolsa de tela alargada para guardar el pan. Bajó a saltos la escalera y salió a la calle. La panadería estaba 2 calles más para adelante, pero no se acordaba hacia que lado debía ir. Se volvió para preguntárselo a su madre, pero se detuvo, no quería que su madre pensaba que no se las podía arreglar solo. Miró hacia ambos lados de la calle, y se decidió por el de su izquierda. Anduvo por el medio de la calle peatonal, prestando atención a las tiendas que había a ambos lados:"Ranaparla", una tienda en la que vendían ranas parlantes;"Auto-bípedos", ponía en otra, donde se veían a través del escaparate, coches con 2 enormes piernas articuladas en vez de ruedas; otra en la que te pintaban la cara con maquillajes que cambiaban de color según tu estado de ánimo, llamada "Maquimagic";..........
A Camilo no le sonaba en absoluto ninguna de las tiendas, pero siguió andando, buscando la panadería. A unos metros, vio una tienda en cuyo escaparate había un pan de hogaza con bigote, sombrero de copa, pajarita y un bastón ¡bailando claqué!
"Aquí será", pensó, y entró cautelosamente.
Dentro, había toda clase de panes, con formas y colores dispares.
- ¡Eh chiquillo! - le dijo uno con sombrero torero y una muleta en la mano - cógeme, para hacerte el mejor bocata de jamón ibérico que jamás hayas probado.
- ¡De eso nada cuate! - le dijo otro con sombrero mejicano y una guitarra - Un buen bocadillo de pollo con chile y guacamole es lo que necesitas.
- Lo siento - respondió Camilo - Mi madre suele coger..........
- ¿Qué deseas? - le interrumpieron desde el mostrador. Entre una nube de harina, distinguió a un hombre gordo que con mirada amenazante, se sacudía las manos en su mandilón.
- Pues................quería 4 barras de pan.
- ¡4 barras de pan! - gritó el hombre - bien, bien............eso es muy genérico.............las quieres para montar, para pintar, para viajar en el tiempo,..................
- Las quería para comer..........
-¡Para comer!. ¡estás loco!, ¡maldito caníbal!, ¡fuera de mi tienda!
El hombre cogió un rodillo y saltó por encima del mostrador. Camilo corrió hacia la puerta, pero los panes se le echaron encima para detenerle. Dando golpes a diestro y siniestro, consiguió desembarazarse de ellos, en definitiva, eran sólo panes, y se alejó de la tienda sin parar de correr.
"¿Y ahora qué? - pensó.
- ¡Eh! - escuchó de repente, pero no había nadie cerca.
- ¡Aquí abajo!
Miró al suelo, pero tampoco vio nada.
- ¡En el bolsillo hombre!
Metió la mano en el bolsillo, lo único que encontró fue el billete de 5 euros que le había dado su madre, unas monedas.
- ¡Hombre, al fin! - ¡el señor pintado en el billete era el que le hablaba!
- ¿Qué te sucede, que pones esa cara?
- Tengo que comprar 4 barras de pan, pero no se donde.
- ¡Pues en El Centro Comercial, donde sino! ¡ donde se encuentre todo!
- ¿Y donde está?, no recuerdo que haya ninguno por aquí.
- ¿Qué donde está?, ¡estos niños de hoy están atontados con tanta televisión y tanto videojuego! Pues donde están todos, al doblar la esquina. Siempre que doblas una esquina, te encuentras un Centro Comercial, ¿Es que no lo sabías?
- Pues no. Gracias - dijo Camilo titubeando.
Se guardó el billete en el bolsillo, dobló la primera esquina que se encontró, y allí estaba : El Centro Comercial. Parecía unas ferias, donde las luces de neón parpadeaban en enormes anuncios de productos y ofertas, entre estridente música de moda.
- ¿Qué desea? - le preguntó uno de los cajeros de la entrada.
- 4 barras de pan.
- Sigue todo recto y a la derecha, al lado de la sección de jardinería.
Detrás del cajero había una gran puerta con el nombre del centro comercial grabado en lo alto: "Safari Center", en la boca abierta del dibujo de un león.
Se quedó mirando la puerta sin saber que hacer. El cajero, al ver su expresión de desconcierto se dirigió a él.
- ¿Es la primera vez?
- Si.
- Entonces te acompañaré.
El cajero se quitó la bata. Debajo llevaba unos pantalones cortos de color beige, camisa del mismo color y un chaleco con multitud de bolsillos. En la cintura llevaba un látigo enrollado. Se puso un sombrero de ala, y cogió un carro.
- Me llamo Emilio, ¿tienes tu dinero a mano?
- Si - respondió un asombrado Camilo, mostrándole el billete de 5 euros.
- Perfecto, vamos.
Abrió las puertas, y ante ellos, se extendió la inconmensurable sabana africana, bajo un ardiente sol.
- La principal norma es no sacar el dinero hasta que no encuentres el producto que quieras comprar. Recuérdalo, es lo más importante.
- De acuerdo.
Un enorme cartel les indicaba que estaban en la sección de limpieza: Varias fregonas metía sus mochos en un charco y limpiaban las piedras colindantes; algunos palos sueltos perseguían mochos de distintos colores y formas; los sprays limpiadores con aroma de limón rociaban los troncos de los árboles para que las bayetas los pulieran hasta hacerles brillar. Camilo lo observaba todo entusiasmado.
Llegaron a la sección de jardinería. Allí, enormes sacos de tierra se afanaban en llenar cada hueco que veían. Era una hermosa sección, con decenas de flores en sus tiestos que cantaban y bailaban bajo el agua de las regaderas y chorros de abono.
- Bueno, ya estamos llegando - dijo Emilio.
Camilo comprobó que el billete de 5 euros seguía en su bolsillo, pero al sacar la mano, un par de monedas cayeron al suelo, rebotando en la pista por la que caminaban.
Al oír el ruido de las monedas, el cajero se detuvo, y se quedó muy quieto.
- ¡No te muevas!
- lo siento, al mirar si.........
- ¡Silencio!
Emilio miró a su alrededor.
- Puede que no hayan oído caer las monedas. ¡Pero las sienten!, ¡saben que están ahí!, ¡y las esperan ansiosamente!
- ¿Quienes?
- ¡Cualquier producto!, pero sólo las mejores ofertas serán las que las consigan.
A sus espaldas oyeron ruidos de motores. Se volvieron: ¡Este mes los cotacéspedes tenían un 40% de descuento!
- ¡Corre! - le dijo Emilio - yo les entretendré.
Camilo se quedó paralizado, las afiladas cuchillas de los cortacéspedes cortaban de cuajo las plantas que se cruzaban en su camino, y se acercaban peligrosamente. Entonces Emilio, con un rápìdo movimiento, sacó la etiquetadora del cinturón de su pantalón, y saltando ágilmente de una a otra, les fue imprimiendo etiquetas encima de las que llevaban puestas. Los cotacéspedes se fueron retirándose, mientras desaceleraban sus motores, hasta quedarse en ralentí.
- ¡Por poco! - suspiró Emilio.
- ¿Porqué se han detenido?
- Les he cambiado el precio por otro más alto - respondió sin darle importancia.- Bueno, ya hemos llegado.
Emilio deseó quedarse allí para siempre: Las velas de cumpleaños saltaban de tarta en tarta, mientras bollos, palmeras y cruasanes se bañaban en un lago de chocolate caliente.
Pero no era todo felicidad, al lado de las barras recién echas que se tostaban al sol, se encontraban las del día anterior, duras como huesos en un osario.
- Venga, elige las barras de pan que quiera comprar y acércate - le dijo Emilio.
Se acercó a unas baguetes poco tostadas, como le gustaban a su madre.
- Ahora saca el dinero.
Al hacerlo, varias de ellas se acercaron curiosas. Eligió las 4 más blancas, y las metió en el carro.
En la caja, Camilo le dio los 5 euros a Emilio, que le giñaron un ojo, y éste le devolvió el cambio.
- Que tenga un buen día - le dijo el cajero, enfundado ya en su bata.
-Igualmente.
Salió del centro comercial, y dobló de nuevo la esquina. Se encontró con una calle que le resultaba familiar, y 2 calles más adelante, encontró el portal de su casa..
Al entrar en casa, su madre le esperaba malhumorada.
-¡Cuanto has tardado!, ¡me tenías preocupadísima!
- Si ya........es que ya sabes, todo el mundo quiere que le compres.
Su madre le miró extrañada.
- Algún día tenemos que ir al Centro Comercial - continuó - es muy divertido.
- Está a las afueras de la ciudad, nos viene muy lejos.
-¡ Qué va, si sólo hay que doblar una esquina!
- ¡Cada día dices cosas más raras!, venga cámbiate de ropa mientras te preparo la merienda.
En la bolsa, los panes esperaban ansiosos las suculentas lonchas de chorizo.
A Camilo no le sonaba en absoluto ninguna de las tiendas, pero siguió andando, buscando la panadería. A unos metros, vio una tienda en cuyo escaparate había un pan de hogaza con bigote, sombrero de copa, pajarita y un bastón ¡bailando claqué!
"Aquí será", pensó, y entró cautelosamente.
Dentro, había toda clase de panes, con formas y colores dispares.
- ¡Eh chiquillo! - le dijo uno con sombrero torero y una muleta en la mano - cógeme, para hacerte el mejor bocata de jamón ibérico que jamás hayas probado.
- ¡De eso nada cuate! - le dijo otro con sombrero mejicano y una guitarra - Un buen bocadillo de pollo con chile y guacamole es lo que necesitas.
- Lo siento - respondió Camilo - Mi madre suele coger..........
- ¿Qué deseas? - le interrumpieron desde el mostrador. Entre una nube de harina, distinguió a un hombre gordo que con mirada amenazante, se sacudía las manos en su mandilón.
- Pues................quería 4 barras de pan.
- ¡4 barras de pan! - gritó el hombre - bien, bien............eso es muy genérico.............las quieres para montar, para pintar, para viajar en el tiempo,..................
- Las quería para comer..........
-¡Para comer!. ¡estás loco!, ¡maldito caníbal!, ¡fuera de mi tienda!
El hombre cogió un rodillo y saltó por encima del mostrador. Camilo corrió hacia la puerta, pero los panes se le echaron encima para detenerle. Dando golpes a diestro y siniestro, consiguió desembarazarse de ellos, en definitiva, eran sólo panes, y se alejó de la tienda sin parar de correr.
"¿Y ahora qué? - pensó.
- ¡Eh! - escuchó de repente, pero no había nadie cerca.
- ¡Aquí abajo!
Miró al suelo, pero tampoco vio nada.
- ¡En el bolsillo hombre!
Metió la mano en el bolsillo, lo único que encontró fue el billete de 5 euros que le había dado su madre, unas monedas.
- ¡Hombre, al fin! - ¡el señor pintado en el billete era el que le hablaba!
- ¿Qué te sucede, que pones esa cara?
- Tengo que comprar 4 barras de pan, pero no se donde.
- ¡Pues en El Centro Comercial, donde sino! ¡ donde se encuentre todo!
- ¿Y donde está?, no recuerdo que haya ninguno por aquí.
- ¿Qué donde está?, ¡estos niños de hoy están atontados con tanta televisión y tanto videojuego! Pues donde están todos, al doblar la esquina. Siempre que doblas una esquina, te encuentras un Centro Comercial, ¿Es que no lo sabías?
- Pues no. Gracias - dijo Camilo titubeando.
Se guardó el billete en el bolsillo, dobló la primera esquina que se encontró, y allí estaba : El Centro Comercial. Parecía unas ferias, donde las luces de neón parpadeaban en enormes anuncios de productos y ofertas, entre estridente música de moda.
- ¿Qué desea? - le preguntó uno de los cajeros de la entrada.
- 4 barras de pan.
- Sigue todo recto y a la derecha, al lado de la sección de jardinería.
Detrás del cajero había una gran puerta con el nombre del centro comercial grabado en lo alto: "Safari Center", en la boca abierta del dibujo de un león.
Se quedó mirando la puerta sin saber que hacer. El cajero, al ver su expresión de desconcierto se dirigió a él.
- ¿Es la primera vez?
- Si.
- Entonces te acompañaré.
El cajero se quitó la bata. Debajo llevaba unos pantalones cortos de color beige, camisa del mismo color y un chaleco con multitud de bolsillos. En la cintura llevaba un látigo enrollado. Se puso un sombrero de ala, y cogió un carro.
- Me llamo Emilio, ¿tienes tu dinero a mano?
- Si - respondió un asombrado Camilo, mostrándole el billete de 5 euros.
- Perfecto, vamos.
Abrió las puertas, y ante ellos, se extendió la inconmensurable sabana africana, bajo un ardiente sol.
- La principal norma es no sacar el dinero hasta que no encuentres el producto que quieras comprar. Recuérdalo, es lo más importante.
- De acuerdo.
Un enorme cartel les indicaba que estaban en la sección de limpieza: Varias fregonas metía sus mochos en un charco y limpiaban las piedras colindantes; algunos palos sueltos perseguían mochos de distintos colores y formas; los sprays limpiadores con aroma de limón rociaban los troncos de los árboles para que las bayetas los pulieran hasta hacerles brillar. Camilo lo observaba todo entusiasmado.
Llegaron a la sección de jardinería. Allí, enormes sacos de tierra se afanaban en llenar cada hueco que veían. Era una hermosa sección, con decenas de flores en sus tiestos que cantaban y bailaban bajo el agua de las regaderas y chorros de abono.
- Bueno, ya estamos llegando - dijo Emilio.
Camilo comprobó que el billete de 5 euros seguía en su bolsillo, pero al sacar la mano, un par de monedas cayeron al suelo, rebotando en la pista por la que caminaban.
Al oír el ruido de las monedas, el cajero se detuvo, y se quedó muy quieto.
- ¡No te muevas!
- lo siento, al mirar si.........
- ¡Silencio!
Emilio miró a su alrededor.
- Puede que no hayan oído caer las monedas. ¡Pero las sienten!, ¡saben que están ahí!, ¡y las esperan ansiosamente!
- ¿Quienes?
- ¡Cualquier producto!, pero sólo las mejores ofertas serán las que las consigan.
A sus espaldas oyeron ruidos de motores. Se volvieron: ¡Este mes los cotacéspedes tenían un 40% de descuento!
- ¡Corre! - le dijo Emilio - yo les entretendré.
Camilo se quedó paralizado, las afiladas cuchillas de los cortacéspedes cortaban de cuajo las plantas que se cruzaban en su camino, y se acercaban peligrosamente. Entonces Emilio, con un rápìdo movimiento, sacó la etiquetadora del cinturón de su pantalón, y saltando ágilmente de una a otra, les fue imprimiendo etiquetas encima de las que llevaban puestas. Los cotacéspedes se fueron retirándose, mientras desaceleraban sus motores, hasta quedarse en ralentí.
- ¡Por poco! - suspiró Emilio.
- ¿Porqué se han detenido?
- Les he cambiado el precio por otro más alto - respondió sin darle importancia.- Bueno, ya hemos llegado.
Emilio deseó quedarse allí para siempre: Las velas de cumpleaños saltaban de tarta en tarta, mientras bollos, palmeras y cruasanes se bañaban en un lago de chocolate caliente.
Pero no era todo felicidad, al lado de las barras recién echas que se tostaban al sol, se encontraban las del día anterior, duras como huesos en un osario.
- Venga, elige las barras de pan que quiera comprar y acércate - le dijo Emilio.
Se acercó a unas baguetes poco tostadas, como le gustaban a su madre.
- Ahora saca el dinero.
Al hacerlo, varias de ellas se acercaron curiosas. Eligió las 4 más blancas, y las metió en el carro.
En la caja, Camilo le dio los 5 euros a Emilio, que le giñaron un ojo, y éste le devolvió el cambio.
- Que tenga un buen día - le dijo el cajero, enfundado ya en su bata.
-Igualmente.
Salió del centro comercial, y dobló de nuevo la esquina. Se encontró con una calle que le resultaba familiar, y 2 calles más adelante, encontró el portal de su casa..
Al entrar en casa, su madre le esperaba malhumorada.
-¡Cuanto has tardado!, ¡me tenías preocupadísima!
- Si ya........es que ya sabes, todo el mundo quiere que le compres.
Su madre le miró extrañada.
- Algún día tenemos que ir al Centro Comercial - continuó - es muy divertido.
- Está a las afueras de la ciudad, nos viene muy lejos.
-¡ Qué va, si sólo hay que doblar una esquina!
- ¡Cada día dices cosas más raras!, venga cámbiate de ropa mientras te preparo la merienda.
En la bolsa, los panes esperaban ansiosos las suculentas lonchas de chorizo.
sábado, 15 de agosto de 2015
El pirata Malapata y los espíritus de la naturaleza (3)
El almirante Górgobich, de la armada real, oteaba el horizonte con su único ojo, mientras se reflejaban los rayos del sol nuevo en su otro ojo de cristal. Como Acab, buscaba al pirata Malapata como un perro de presa, desde que perdió uno de sus ojos por el coletazo de una ballena, al verse involucrado en "El baile de las ballenas"(1), por culpa del pirata.
El vigía dio el grito de alarma: - ¡Barco a la vista!
A unas millas de distancia, ondeaba al viento la bandera negra del "Delfín Volador", el barco del pirata Malapata.
- ¡Mantenga el rumbo! - ordenó Górgobich al timonel.
La fragata Hélix, comandada por Górgobich, se acercaba al Delfín Volador, sin que éste pareciera preocuparse por su proximidad.
"- Algo trama ése maldito pirata" - pensaba el almirante.
Cuando el Hélix estuvo lo suficientemente cerca, Górgobich dio orden de virar al noroeste, para poner al Delfín en el punto de mira de sus cañones.
- ¡Preparados para abrir fuego! - Gritó Górgobich a los artilleros.
Pero antes de que pudieran hacerlo, una ola de más de 20 metros arroyó al Hélix, hundiéndolo en los abismos marinos.
Górgobich, que flotaba entre los restos de su barco, agarrado a una tabla, materializaba su odio hacia Malapata con una nueva úlcera de estómago.
Lo que no sabía el almirante, es que la gran ola había surgido de un remolino de agua, que en ese momento estaba engullendo al Delfín en una infernal espiral.
- ¡Haz algo Rodi!. ¡o acabaremos destrozados!, ¡por las entrañas de belcebú!
- ¡ Lo intento capitán, lo intento!: "¡Desde el mismo centro de la tierra, convoco el poder de los vientos, para poner orden en el caos del mundo!"
De pronto, un gran tornado se formó encima del Delfín, y lo arrastró fuera del remolino, hasta los arrecifes de Isla Victoria, donde quedó encallado.
La tripulación del Delfín, todavía sobresaltada por la situación vivida, se afanaba por reparar los innumerables daños sufridos.
- ¡Vamos gandules, a trabajar!, ¡los hombres del rey pueden aparecer en cualquier momento! - gritaba Malapata.
- ¡Te lo dije capitán!, las leyes de la naturaleza obedecen a la ley de la reciprocidad: "Toda acción genera una reacción igual y de sentido contrario".
Malapata le miraba con extrañeza.
- Osea - continuó - Que si utilizamos el medallón para hacer el mal, éste nos volverá a nosotros, y nos ocurrirá algo malo.
- ¡ Panplinas!, ¡trae el medallón, yo me haré cargo.
Rodi le dio el medallón con resignación, sabía que no se podía discutir con Malapata.
Cayó la noche, y mientras Malapata y sus hombres dormían agotados en cubierta, una figura delgada y siniestra, subía por la cadena del ancla del Delfín.Se acercó a Malapata, y de un tirón le arrancó el medallón. Malapata se despertó sobresaltado, y sintió la punta de una espada en el cuello.
- ¿Durmiendo la borrachera Malapata?
- ¡Górgobich!, ¡Maldito hijo de una hiena reumática!
- ¡Tan elocuente como siempre!
- ¡Devuélveme el medallón!, ¡no es para que jueguen con él ineptos como tú!
- Se perfectamente de lo que se trata: "El medallón de los Espíritus de la Naturaleza", soy un experto en magia negra, y al ver la ola supuse que lo teníais en vuestras sucias manos. Y ahora, antes de matarte quiero que veas como destruyo a tu tripulación, y tu querido barco.
Górgobich alzó los brazos y dijo: "¡Desde el centro de la tierra, convoco el poder del fuego, para que purifique el mundo!"
Cientos de rayos cayeron del cielo sobre el Delfín. Górgobich, con el rostro desencajado por las carcajadas, observaba entusiasmado como los rayos convertían su cubierta en una barbacoa, iluminando la noche como una antorcha. Pero uno de los rayos, alcanzó de lleno a Górgobich, calcinándolo. Quedó de él una macabra estatua de ceniza, con la boca abierta en una patética carcajada, que el viento deshizo.
Rodi, sin perder un segundo, cogió el medallón, y convocó al espíritu del agua para que apagara el fuego con una intensa tromba sobre el Delfín.
- "La ley de la reciprocidad" ha hecho de nuevo su trabajo - dijo Rodi, al ver el montón de cenizas en el que se había convertido Górgobich.
- ¡Rodi, maldita rata bastarda!, ¡donde está el medallón!, ¡que te revienten las tripas, y te explote la cabeza para que coman tus retos los buitres! - blasfemaba Malapata en la cubierta del Delfín.
Mientras, Rodi, dejaba caer el medallón en el agua, subido al bote con el que se había alejado unos metros del navío.
" - Es mejor no jugar con las leyes de la naaturaleza, sobre todo si tu espíritu no es puro" - pensaba.
(1) El baile de las ballenas
El vigía dio el grito de alarma: - ¡Barco a la vista!
A unas millas de distancia, ondeaba al viento la bandera negra del "Delfín Volador", el barco del pirata Malapata.
- ¡Mantenga el rumbo! - ordenó Górgobich al timonel.
La fragata Hélix, comandada por Górgobich, se acercaba al Delfín Volador, sin que éste pareciera preocuparse por su proximidad.
"- Algo trama ése maldito pirata" - pensaba el almirante.
Cuando el Hélix estuvo lo suficientemente cerca, Górgobich dio orden de virar al noroeste, para poner al Delfín en el punto de mira de sus cañones.
- ¡Preparados para abrir fuego! - Gritó Górgobich a los artilleros.
Pero antes de que pudieran hacerlo, una ola de más de 20 metros arroyó al Hélix, hundiéndolo en los abismos marinos.
Górgobich, que flotaba entre los restos de su barco, agarrado a una tabla, materializaba su odio hacia Malapata con una nueva úlcera de estómago.
Lo que no sabía el almirante, es que la gran ola había surgido de un remolino de agua, que en ese momento estaba engullendo al Delfín en una infernal espiral.
- ¡Haz algo Rodi!. ¡o acabaremos destrozados!, ¡por las entrañas de belcebú!
- ¡ Lo intento capitán, lo intento!: "¡Desde el mismo centro de la tierra, convoco el poder de los vientos, para poner orden en el caos del mundo!"
De pronto, un gran tornado se formó encima del Delfín, y lo arrastró fuera del remolino, hasta los arrecifes de Isla Victoria, donde quedó encallado.
La tripulación del Delfín, todavía sobresaltada por la situación vivida, se afanaba por reparar los innumerables daños sufridos.
- ¡Vamos gandules, a trabajar!, ¡los hombres del rey pueden aparecer en cualquier momento! - gritaba Malapata.
- ¡Te lo dije capitán!, las leyes de la naturaleza obedecen a la ley de la reciprocidad: "Toda acción genera una reacción igual y de sentido contrario".
Malapata le miraba con extrañeza.
- Osea - continuó - Que si utilizamos el medallón para hacer el mal, éste nos volverá a nosotros, y nos ocurrirá algo malo.
- ¡ Panplinas!, ¡trae el medallón, yo me haré cargo.
Rodi le dio el medallón con resignación, sabía que no se podía discutir con Malapata.
Cayó la noche, y mientras Malapata y sus hombres dormían agotados en cubierta, una figura delgada y siniestra, subía por la cadena del ancla del Delfín.Se acercó a Malapata, y de un tirón le arrancó el medallón. Malapata se despertó sobresaltado, y sintió la punta de una espada en el cuello.
- ¿Durmiendo la borrachera Malapata?
- ¡Górgobich!, ¡Maldito hijo de una hiena reumática!
- ¡Tan elocuente como siempre!
- ¡Devuélveme el medallón!, ¡no es para que jueguen con él ineptos como tú!
- Se perfectamente de lo que se trata: "El medallón de los Espíritus de la Naturaleza", soy un experto en magia negra, y al ver la ola supuse que lo teníais en vuestras sucias manos. Y ahora, antes de matarte quiero que veas como destruyo a tu tripulación, y tu querido barco.
Górgobich alzó los brazos y dijo: "¡Desde el centro de la tierra, convoco el poder del fuego, para que purifique el mundo!"
Cientos de rayos cayeron del cielo sobre el Delfín. Górgobich, con el rostro desencajado por las carcajadas, observaba entusiasmado como los rayos convertían su cubierta en una barbacoa, iluminando la noche como una antorcha. Pero uno de los rayos, alcanzó de lleno a Górgobich, calcinándolo. Quedó de él una macabra estatua de ceniza, con la boca abierta en una patética carcajada, que el viento deshizo.
Rodi, sin perder un segundo, cogió el medallón, y convocó al espíritu del agua para que apagara el fuego con una intensa tromba sobre el Delfín.
- "La ley de la reciprocidad" ha hecho de nuevo su trabajo - dijo Rodi, al ver el montón de cenizas en el que se había convertido Górgobich.
- ¡Rodi, maldita rata bastarda!, ¡donde está el medallón!, ¡que te revienten las tripas, y te explote la cabeza para que coman tus retos los buitres! - blasfemaba Malapata en la cubierta del Delfín.
Mientras, Rodi, dejaba caer el medallón en el agua, subido al bote con el que se había alejado unos metros del navío.
" - Es mejor no jugar con las leyes de la naaturaleza, sobre todo si tu espíritu no es puro" - pensaba.
(1) El baile de las ballenas
viernes, 7 de agosto de 2015
El pirata Malapata y los espíritus de la naturaleza (2)
En el Delfín Volador se respiraba un ambiente festivo, la tripulación se arremolinaba alrededor de Ragout, que manipulaba la polea de la que colgaba cabeza abajo el brujo. Los tiburones intentaban atraparle con sus dientes antes de que Ragout tirara de sus pies hacia arriba. El brujo, con una actitud envidiable, se encomendaba a todos los dioses conocidos.
- ¡Ese maldito tragasables no suelta palabra! - maldecía Malapata.
- Deja que los tiburones le coman la nariz, verás como canta como un pajarito! - Dijo Bernard entre las carcajadas del resto.
- No va a soltar prenda - barruntó Rodi pensativo - aunque tengo una teoría, ¡bajarle!
Ragout, levantó al brujo con la polea, y lo soltó en cubierta, como un pescado recién cogido. Este, con gran dignidad, se sentó en el suelo, cruzando los brazos y las piernas. Entonces Rodi, se le acercó, y de un tirón, le arrancó el medallón que llevaba en el cuello a modo de collar. La expresión del brujo cambió, y se abalanzó hacia Rodi con desesperación, pero antes de que pudiera alcanzarle, se encontró colgando del pescuezo entre el puño de Ragout.
- Enciérralo - Le dijo Rodi.
- ¡Así que era el colgante el que le daba el poder! ¡por los tentáculos del Kraken! - Bramó Malapata.
- Así parece.
Rodi, se encerró en la biblioteca con el medallón y los innumerables y arcanos conocimientos acumulados en los libros, que celosamente había ido recopilando en sus correrías. Descubrió que el medallón había sido forjado en el centro mismo de la tierra, por Ramsun el enano, que robó el mapa que llevaba hsta allí por los laberínticos pasadizos de las cavernas de fuego, al mismísimo Oscus, Señor del Intramundo.
- ¡Bueno, déjate de cuentos! - le respondió Malapata cuando Rodi intentó contarle la historia del medalllón - ¡y haz que funcione!
- No es tan sencillo, el brujo sigue sin querer colaborar, y necesitamos los conjuros que activan el poder del medallón.
- ¡Déjamelo a mi!
Rodi vio preocupado como Malapata entró con un tonel de ron al calabozo donde se encontraba el brujo." -¡Es capaz de ahogarle en él!" - pensó.
Al rato, salió Malapata del calabozo, abrazado al brujo, cantando canciones de piratas. El brujo estaba borracho como una cuba.
- Aquí tienes los conjuros - le dijo a Rodi, tendiéndole una hoja escrita por ambas caras, y desembarazándose del brujo, que se quedó en el suelo durmiendo la mona - ¡Qué poco aguantan éstos indígenas!
- ¡Ese maldito tragasables no suelta palabra! - maldecía Malapata.
- Deja que los tiburones le coman la nariz, verás como canta como un pajarito! - Dijo Bernard entre las carcajadas del resto.
- No va a soltar prenda - barruntó Rodi pensativo - aunque tengo una teoría, ¡bajarle!
Ragout, levantó al brujo con la polea, y lo soltó en cubierta, como un pescado recién cogido. Este, con gran dignidad, se sentó en el suelo, cruzando los brazos y las piernas. Entonces Rodi, se le acercó, y de un tirón, le arrancó el medallón que llevaba en el cuello a modo de collar. La expresión del brujo cambió, y se abalanzó hacia Rodi con desesperación, pero antes de que pudiera alcanzarle, se encontró colgando del pescuezo entre el puño de Ragout.
- Enciérralo - Le dijo Rodi.
- ¡Así que era el colgante el que le daba el poder! ¡por los tentáculos del Kraken! - Bramó Malapata.
- Así parece.
Rodi, se encerró en la biblioteca con el medallón y los innumerables y arcanos conocimientos acumulados en los libros, que celosamente había ido recopilando en sus correrías. Descubrió que el medallón había sido forjado en el centro mismo de la tierra, por Ramsun el enano, que robó el mapa que llevaba hsta allí por los laberínticos pasadizos de las cavernas de fuego, al mismísimo Oscus, Señor del Intramundo.
- ¡Bueno, déjate de cuentos! - le respondió Malapata cuando Rodi intentó contarle la historia del medalllón - ¡y haz que funcione!
- No es tan sencillo, el brujo sigue sin querer colaborar, y necesitamos los conjuros que activan el poder del medallón.
- ¡Déjamelo a mi!
Rodi vio preocupado como Malapata entró con un tonel de ron al calabozo donde se encontraba el brujo." -¡Es capaz de ahogarle en él!" - pensó.
Al rato, salió Malapata del calabozo, abrazado al brujo, cantando canciones de piratas. El brujo estaba borracho como una cuba.
- Aquí tienes los conjuros - le dijo a Rodi, tendiéndole una hoja escrita por ambas caras, y desembarazándose del brujo, que se quedó en el suelo durmiendo la mona - ¡Qué poco aguantan éstos indígenas!
viernes, 31 de julio de 2015
El Pirata Malapata y los espíritus de la naturaleza (1)
Tras varios meses de navegación ininterrumpida, los hombres del capitán Malapata empezaban a mostrar signos de cansancio. El abordaje de varios galeones del rey, había provocado que éste pusiera precio a la cabeza del pirata, y que "El Delfín Volador" fuera el barco más buscado de los 4 mares.
-Capitán - dijo Rodi, el camaleón, lugarteniente de Malapata - tenemos que tomar tierra cuanto antes, los chicos están muy nerviosos.
- ¡Tonterías!, ¡permanecerían en el infierno sin salir durante años, si haría falta!
- Ya, pero Ragout acaba de tirar al bardo por la borda.
- ¡Eso lo hace todos los días!
- Si, pero hoy es la octava vez que lo hace, y no ha sido el único que lo ha hecho..........
- Bueno, quizás tengas razón, desembarcaremos en la primera isla que veamos - dijo a regañadientes.
No tardo el vigía en gritar: ¡Tiera a la vista!, justo cuando Ragout iba a tirar al bardo por novena vez por la borda.
Fondearon El Delfín a cuatro millas de la costa, y cogieron los botes para ir hasta la playa. La isla estaba habitada por indígenas, que les acogieron con gran amabilidad. Por la noche les ofrecieron una fiesta, en la que Malapata y sus hombres comieron y bebieron hasta quedar saciados. Después bailaron a ritmo de los tambores. Malapata , bailaba alrededor de la fogata, a hombros de uno de sus hombres, cuando los tambores dejaron de sonar: El brujo, vestido con una piel de leopardo, se había lebantado, y con los brazos en alto, se dirigía hacia el mar, como en trance. Toda la tribu le siguió hasta la orilla.
- ¿Qué sucede? - le preguntó Malapata a Rodi.
- No lo se, debe de tratarse algún tipo de ritual.
Se produjo un silencio expectante. Entonces, el brujo, con los brazos en alto y los ojos cerrados, empezó a entonar un extraño canto bajo la luna llena, de cara al mar.
- Vamos a ver de que se trata - dijo Malapata yendo hacia allí.
A unos diez metros de donde se encontraba el brujo, se levantó una columna de agua, que en forma de remolino, ascendió hacia el cielo.
- ¡Por las escamas del diablo! - masculló Malapata.
- Debe ser algún tipo de truco - dijo Rodi pensativo.
Entonces, bajo los brazos, y la columna de agua se desmoronó. Luego, sin dejar de cantar, movió ambos brazos hacia la derecha, y una fuerte corriente de aire se levantó en esa dirección, luego, los movió hacia la izquierda, y la dirección de la corriente cambió hacia aquella dirección.
- ¡Es el diablo en persona! - bramó Malapata.
De pronto, bajó los brazos, y subiéndolos otra vez, hizo que dos columnas de arena, una a cada lado, se levantaran hacia el cielo, permaneciendo así hasta que los bajó, y se deshicieron en el aire.
- ¡Impresionante! - Malapata, estaba con la boca abierta.
- Ese agua de coco fermentada que nos han dado.....- reflexionaba Rodi en voz alta.
Volvieron al poblado. Malapata permanecía callado, sumido en profundos pensamientos. Rodi le miró.
- ¿En qué estás pensando Capitán?
- Ese hombre podría ser un magnífico aliado...........
Al día siguiente, cuando quedaban un par de horas para que saliera el sol y toda la tribu dormía a pierna suelta tras la fiesta, Malapata y sus hombres embarcaban en sus botes rumbo al Delfín, con un invitado, que amordazado, vestía una piel de leopardo.
-Capitán - dijo Rodi, el camaleón, lugarteniente de Malapata - tenemos que tomar tierra cuanto antes, los chicos están muy nerviosos.
- ¡Tonterías!, ¡permanecerían en el infierno sin salir durante años, si haría falta!
- Ya, pero Ragout acaba de tirar al bardo por la borda.
- ¡Eso lo hace todos los días!
- Si, pero hoy es la octava vez que lo hace, y no ha sido el único que lo ha hecho..........
- Bueno, quizás tengas razón, desembarcaremos en la primera isla que veamos - dijo a regañadientes.
No tardo el vigía en gritar: ¡Tiera a la vista!, justo cuando Ragout iba a tirar al bardo por novena vez por la borda.
Fondearon El Delfín a cuatro millas de la costa, y cogieron los botes para ir hasta la playa. La isla estaba habitada por indígenas, que les acogieron con gran amabilidad. Por la noche les ofrecieron una fiesta, en la que Malapata y sus hombres comieron y bebieron hasta quedar saciados. Después bailaron a ritmo de los tambores. Malapata , bailaba alrededor de la fogata, a hombros de uno de sus hombres, cuando los tambores dejaron de sonar: El brujo, vestido con una piel de leopardo, se había lebantado, y con los brazos en alto, se dirigía hacia el mar, como en trance. Toda la tribu le siguió hasta la orilla.
- ¿Qué sucede? - le preguntó Malapata a Rodi.
- No lo se, debe de tratarse algún tipo de ritual.
Se produjo un silencio expectante. Entonces, el brujo, con los brazos en alto y los ojos cerrados, empezó a entonar un extraño canto bajo la luna llena, de cara al mar.
- Vamos a ver de que se trata - dijo Malapata yendo hacia allí.
A unos diez metros de donde se encontraba el brujo, se levantó una columna de agua, que en forma de remolino, ascendió hacia el cielo.
- ¡Por las escamas del diablo! - masculló Malapata.
- Debe ser algún tipo de truco - dijo Rodi pensativo.
Entonces, bajo los brazos, y la columna de agua se desmoronó. Luego, sin dejar de cantar, movió ambos brazos hacia la derecha, y una fuerte corriente de aire se levantó en esa dirección, luego, los movió hacia la izquierda, y la dirección de la corriente cambió hacia aquella dirección.
- ¡Es el diablo en persona! - bramó Malapata.
De pronto, bajó los brazos, y subiéndolos otra vez, hizo que dos columnas de arena, una a cada lado, se levantaran hacia el cielo, permaneciendo así hasta que los bajó, y se deshicieron en el aire.
- ¡Impresionante! - Malapata, estaba con la boca abierta.
- Ese agua de coco fermentada que nos han dado.....- reflexionaba Rodi en voz alta.
Volvieron al poblado. Malapata permanecía callado, sumido en profundos pensamientos. Rodi le miró.
- ¿En qué estás pensando Capitán?
- Ese hombre podría ser un magnífico aliado...........
Al día siguiente, cuando quedaban un par de horas para que saliera el sol y toda la tribu dormía a pierna suelta tras la fiesta, Malapata y sus hombres embarcaban en sus botes rumbo al Delfín, con un invitado, que amordazado, vestía una piel de leopardo.
viernes, 17 de julio de 2015
Las aventuras de RIna, la gata callejera: La riada.
Anochecía; el sol se llevaba consigo sus últimos rayos, dejando la noche fría y oscura.
Rina arrimaba el lomo al motor de un coche que acababa de aparcar, y que se mantenía todavía caliente. Se recostó sobare una de las rudas, molesta por el humo de los coches que pasaban cerca. Se quedó adormecida con el calorcillo y el run-run de los motores.
Un ruido fuerte le despertó; ¡la rueda en la que se apoyaba empezó a girar! Dio un salto hacia un lado, ¡la rueda trasera también giraba!, y se acercaba rápidamente. Un nuevo salto le hizo salir de debajo del coche, y corrió hasta ponerse a salvo entre unos arbustos. Vio como el coche se alejaba; su mirada de terror delataba la firme decisión de no volver a acercarse a una de esas temibles cosas.
Hacía cada vez más frío, el cielo raso anunciaba helada; si no encontraba pronto un refugio, no lo contaría.
Al lado de un contenedor de basura, Rina vio una caja de madera con una abertura en uno de sus laterales. Contorsionó su elástico cuerpo para meterse por ella, y se ovilló en una de sus esquinas. Allí la temperatura era mucho más agradable que en el exterior, y su cuerpo tembloroso fue ganando calor, hasta quedarse dormida.
De pronto se levantó un fuerte viento, y el cielo, plagado de estrellas, desapareció, cubierto por negras nubes. Al momento, se desencadenó una fuerte tormenta, y empezó a llover de forma copiosa. Llevaba 3 días sin parar de llover, y el río que bordeaba la ciudad estaba a punto de desbordarse. Y eso ocurrió, al coincidir la tormenta con la pleamar, ya que la ciudad se encontraba al lado de la costa.
De nuevo un fuerte ruido despertó a Rina; la caja en la que dormía era arrastrada por el río, que extendía sus brazos de agua por las calles de la ciudad. Intentó salir de la caja, pero el agua que entraba a borbotones por la apertura, se lo impidió. Le invadió el pánico, y se puso a arañar frenéticamente las paredes de la caja. De pronto la caja se paró; Rina se quedó muy quieta, expectante. El agua dejó de entrar, y acercándose a la apertura de la caja, asomó la cabeza. La caja se había quedado enredada entre las ramas de un árbol que había quedado sumergido por el agua. Más allá, la corriente volvía a su cauce, y corría violenteamente por él; si la caja llegaba hasta el río,acabaría destrozada contra las piedras, con Rina dentro.
Cerca de donde se encontraba, había un coche que también había sido arrastrado por la corriente, y se encontraba atrancado entre unas piedras; si conseguía llegar hasta él, podría subir por ellas y saltar a una casa próxima. Pero el terror le invadió, al acordarse del incidente que tuvo con una de aquellas bestias, en el que casi es aplastada por una de sus temibles extremidades. Se quedó paralizada; la caja empezaba a moverse, desenbarazándose de las ramas. Miró al río desatado, luego a la bestia...........y saltó hacia la bestia.
Cayó en el techo del coche, mientras veía como la caja se hacía trizas entre las rocas. Miró hacia la casa; no se sentía con fuerzas para llegar a ella, y seguía diluviando. Entonces vio como una de las bocas de la bestia estaba abierta, una de las ventanillas del coche estaba rota, y sin pensarlo, se deslizó en su interior.
El interior de la bestia era mullido, y la temperatura buena. Allí dentro, no parecía tan peligrosa, incluso le pareció afectuosa, así que se durmió entre sus fauces, mientras escuchaba el ruido de la lluvia al golpear su piel de hierro.
Cuando despertó, había dejado de llover, y los hombres se afanaban en reparar los estragos ocasionados por el río al salirse de su cauce. Se estiró perezosamente, y salió del interior de la bestia, agradeciéndole su protección. El sol volvía a brillar en el cielo.
Rina arrimaba el lomo al motor de un coche que acababa de aparcar, y que se mantenía todavía caliente. Se recostó sobare una de las rudas, molesta por el humo de los coches que pasaban cerca. Se quedó adormecida con el calorcillo y el run-run de los motores.
Un ruido fuerte le despertó; ¡la rueda en la que se apoyaba empezó a girar! Dio un salto hacia un lado, ¡la rueda trasera también giraba!, y se acercaba rápidamente. Un nuevo salto le hizo salir de debajo del coche, y corrió hasta ponerse a salvo entre unos arbustos. Vio como el coche se alejaba; su mirada de terror delataba la firme decisión de no volver a acercarse a una de esas temibles cosas.
Hacía cada vez más frío, el cielo raso anunciaba helada; si no encontraba pronto un refugio, no lo contaría.
Al lado de un contenedor de basura, Rina vio una caja de madera con una abertura en uno de sus laterales. Contorsionó su elástico cuerpo para meterse por ella, y se ovilló en una de sus esquinas. Allí la temperatura era mucho más agradable que en el exterior, y su cuerpo tembloroso fue ganando calor, hasta quedarse dormida.
De pronto se levantó un fuerte viento, y el cielo, plagado de estrellas, desapareció, cubierto por negras nubes. Al momento, se desencadenó una fuerte tormenta, y empezó a llover de forma copiosa. Llevaba 3 días sin parar de llover, y el río que bordeaba la ciudad estaba a punto de desbordarse. Y eso ocurrió, al coincidir la tormenta con la pleamar, ya que la ciudad se encontraba al lado de la costa.
De nuevo un fuerte ruido despertó a Rina; la caja en la que dormía era arrastrada por el río, que extendía sus brazos de agua por las calles de la ciudad. Intentó salir de la caja, pero el agua que entraba a borbotones por la apertura, se lo impidió. Le invadió el pánico, y se puso a arañar frenéticamente las paredes de la caja. De pronto la caja se paró; Rina se quedó muy quieta, expectante. El agua dejó de entrar, y acercándose a la apertura de la caja, asomó la cabeza. La caja se había quedado enredada entre las ramas de un árbol que había quedado sumergido por el agua. Más allá, la corriente volvía a su cauce, y corría violenteamente por él; si la caja llegaba hasta el río,acabaría destrozada contra las piedras, con Rina dentro.
Cerca de donde se encontraba, había un coche que también había sido arrastrado por la corriente, y se encontraba atrancado entre unas piedras; si conseguía llegar hasta él, podría subir por ellas y saltar a una casa próxima. Pero el terror le invadió, al acordarse del incidente que tuvo con una de aquellas bestias, en el que casi es aplastada por una de sus temibles extremidades. Se quedó paralizada; la caja empezaba a moverse, desenbarazándose de las ramas. Miró al río desatado, luego a la bestia...........y saltó hacia la bestia.
Cayó en el techo del coche, mientras veía como la caja se hacía trizas entre las rocas. Miró hacia la casa; no se sentía con fuerzas para llegar a ella, y seguía diluviando. Entonces vio como una de las bocas de la bestia estaba abierta, una de las ventanillas del coche estaba rota, y sin pensarlo, se deslizó en su interior.
El interior de la bestia era mullido, y la temperatura buena. Allí dentro, no parecía tan peligrosa, incluso le pareció afectuosa, así que se durmió entre sus fauces, mientras escuchaba el ruido de la lluvia al golpear su piel de hierro.
Cuando despertó, había dejado de llover, y los hombres se afanaban en reparar los estragos ocasionados por el río al salirse de su cauce. Se estiró perezosamente, y salió del interior de la bestia, agradeciéndole su protección. El sol volvía a brillar en el cielo.
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