Cuentos para contar.

sábado, 19 de julio de 2014

El baile de las ballenas (capítulo 1)

La propuesta

Cada 20 años, en un lugar determinado del inmenso océano, se produce un extraordinario acontecimiento: Miles de ballenas se reúnen y bailan a la luz de la luna.

El rey estaba reunido con los más prestigiosos magos y científicos del reino. Su fin no era otro que intentar dilucidar el lugar exacto en el que iba a suceder "El baile de las ballenas". Hace 20 años, la reunión de cetáceos tuvo lugar a pocos kilómetros de la costa, y con sus bailes, formaron impresionantes olas, que inundaron la mitad del reino.
Hipófrates, el eminente científico, tomó la palabra:
- Según los datos recabados hasta la fecha, no parece haber un patrón establecido por el que las ballenas realicen su baile, parece más bien fruto del azar..........
- ¡Tonterías! - le interrumpió Anabis, el astrólogo real -, sucederá al norte de las islas Bremen, coincidiendo con la alineación de saturno y la cima del monte Pur.
- ¿Alineaciones? - replicó Hipófrates -, ¡no son más que tonterías!, ¡supersticiones!
El alboroto fue general.
- ¡Caballeros, caballeros!, ¡si no se ponen de acuerdo irán todos a parar a las galeras! -Dijo el rey.
Y a las galeras fueron todos a parar: ¡Es imposible que magos y científicos se pongan de acuerdo en algo!

Por aquel entonces, el pirata Malapata, y su fiel contramaestre Rodi (el camaleón), se encontraban encerrados en las mazmorras del castillo. Uno de sus tripulantes, les había vendido por 10 doblones de oro.
- ¡Maldito canalla, hijo de mil diablos!, ¡le despellejaré vivo en cuanto salga de aquí! - maldecía Malapata dando vueltas en la celda como un mono enjaulado.
- ¡shhhh.........!, ¡silencio! - le instó Rodi en voz baja. Los carceleros conversaban alegremente cerca de la celda.
- ¡Lo que oyes!, ¡les mandó a todos a las galeras!
-Entonces todavía no saben donde será "El baile de las ballenas"
- No, han ofrecido una recompensa a quien lo descubra..........
- ¡Carcelero! - interrumpió Rodi - , dile al rey que el pirata Malapata sabe donde será "El baile de las ballenas".
- ¡Estás loco! - Le dijo Malapata, al oído.
- Tranquilo capitán, tengo un plan - le respondió.
Al momento, dos soldados bajaron a las mazmorras, y cubriendo de cadenas a Malapata y a Rodi, les llevaron ante el rey.
- ¡De nuevo tengo que ver tu fea cara maldito pirata! - le dijo el rey a Malapata. Años de saqueos y persecuciones, habían hecho de ambos enemigos irreconciliables.
- ¡Que el diablo te lleve, hijo de una serpiente! - le respondió Malapata mirándole fijamente.
- ¡Ejem........!, perdone nuestros modales su majestad - dijo Rodi, rebajando la tensión - , estamos todos un poco nerviosos, con ésto del baile de las ballenas, ¿no es así, su excelencia?
- ¡Decir lo que tengáis que decir!, os doy mi palabra que si me satisface, os libraré de la orca, ¡aunque me cueste una úlcera de estómago!
- Gracias majestad. Resulta que el intrépido y magnánime capitán Malapata, en una de sus muchas y aclamadas travesías por los 7 mares...........
- ¡Al grano mequetrefe! - bramó el rey.
- Perdón su excelencia. Si nos permitiese su majestad partir con nuestro humilde navío, en poco tiempo le daríamos las coordenadas exactas del lugar donde se celebrará el baile. A cambio, claro está,  de nuestra libertad, y la de nuestros hombres.
Tras pensar unos instantes, el rey respondió.
- ¡De acuerdo!, tenéis dos días;  pero si no regresáis, toda vuestra tripulación será ahorcada al amanecer del tercer día.
Y así, Malapata y Rodi, partieron al amanecer en el Delfín Volador, en busca de su libertad, y la de sus hombres.

sábado, 28 de junio de 2014

El osito de peluche

El osito de peluche quería ser de verdad,
no quería que lo abrazaran, quería él abrazar,
y un hada le dio la vida, y con ella la bondad,
y abrazaba a todo el mundo que nadie quería abrazar.

Y de tanto abrazar, sin pelo se fue a quedar,
y tan áspera era su piel, que nadie quería abrazar.
Pero todas las personas que nadie quería abrazar,
abrazaron al osito por su amor y su bondad.




viernes, 20 de junio de 2014

Las cinco orugas

Llegó el invierno, y la nieve cubrió el bosque. Las cinco orugas, consiguieron las cinco últimas hojas verdes que quedaban, y se las repartieron. La primera oruga, se comió la hoja; y murió de frío. La segunda oruga, se cubrió con la hoja; y murió de hambre. La tercera, se comió la mitad de la hoja, y se cubrió con la otra mitad; vivió algo mas que la primera y la segunda oruga, pero acabó muriendo de hambre y de frío. Las dos orugas que quedaron, se dieron calor con sus cuerpos, una a la otra, y se comieron cada una su hoja; y un buen día, vieron que de las yemas de los árboles, habían empezado a brotar tiernas hojas: Llegó la primavera. (1)

(1) Esta es la historia oficial. La historia real en: Dondehabitanlosmigalas

sábado, 7 de junio de 2014

Odisea en la cocina: O cómo sobrevivir sin mamá

Me desperté; tenía hambre, así que me puse a llorar con todas mis fuerzas. Pasó el tiempo, y mamá no venía, por lo que usé "El lloro de la desaparición", intercalando angustiosos suspiros, ¡pero nada!, mamá seguía sin venir. "Me las tendré que arreglar yo solo", pensé. Miré a mi alrededor; los ositos voladores dormían, pero el cordel que los despertaba con aquella agradable música, estaba a mi alcance. Me agarré a uno de los barrotes de la cuna para incorporarme, cogí el cordón, y tiré de él. Como ya había visto en otras ocasiones, el cordón empezó a recogerse, así que lo agarré fuertemente con las dos manos, y me llevó con él hasta el borde de la cuna. Sentí tener que despertar a los ositos, que somnolientos daban vueltas sobre mi cabeza, pero no veía otra forma de salir de la cuna. Me balanceé un poco, y me dejé caer sobre los cojines que había en el suelo; el primer obstáculo estaba salvado. ¿Y ahora qué? Decidí pedir ayuda a "Las voces de la caja", que se encontraba en la sala. Fui gateando hasta ella, me subí a la butaca, y de allí hasta la mesa donde estaba "La caja de las voces". Le di un buen golpe, y se partió por la mitad. No me asusté, sabía que era la forma de hablar con las voces. Pero no debía de haber nadie en ése momento, porque no oí la voz de la abuela, ni del tío,.........., sólo escuché a un pájaro que repetía siempre el mismo canto. Me quedé desconcertado. Entonces me acordé de "Las personas de la ventana", "¡Quizás ellas me ayuden!", pensé. Cogí "El palo de los botones", que estaba al lado de "La caja de las voces", y apreté todo los botones, hasta que escuché a "Las personas de la ventana". Entonces me puse a llorar de nuevo. ¡Nada, no me hacían ni caso! Así que les dejé con sus cosas, y me fui gateando hasta la cocina; allí encontraría comida. En la cocina se encontraba "La gran máquina de frío", donde se guardaban los alimentos; pero ¿Cómo abrirla?, la manilla quedaba muy alta para mí. Después de meditarlo largamente, decidí arriesgar mi integridad escalando por las piezas que a mamá le gustaba poner por toda la puerta de "La máquina de frío".Me escupí en las manos: "Vamos allá". Alargué la mano derecha hasta un plátano, y flexioné el brazo mientras apoyaba un pie en un calabacín. Luego apoyé mi otro pie en una sandía, mientras mi mano izquierda agarraba los cuernos de una vaca. ¡Bien, parecía que las figuritas aguantaban mi peso! Estaba cerca de la manilla, tenía que hacer el último esfuerzo. Respire hondo;y salté hacia ella con todas mis fuerzas. Conseguí agarrarle con mi mano derecha, y el peso de mi cuerpo tiró de la manilla hacia abajo, haciendo que la puerta se abriera. Me quedé colgando de la manilla. Miré hacia abajo, y tragué saliva. En ésta incómoda postura, me balanceé, y conseguí meter un pie en una de las estanterías de la puerta, y agarrarme a ella con una de mis manos; dejándome caer luego sobre una lechuga. La leche se encontraba en una estantería de la puerta de "La máquina de frío, por lo que agarré la puerta con ambas manos y la atraje hacia mí, con tan mala suerte que la puerta se cerró. ¡No veía nada! Intenté abrir la puerta, pero ¡se había atascado! ¡Con el frío que hacía, no duraría ni 20 minutos!
- ¡Buena la has liado! - Escuché de repente. - A tu derecha tienes el interruptor de la luz.
Alargué la mano y encendí la luz. Me encontré al lado de un pollo desplumado, bien gordo y amarillo.
- ¡No me mires así!, ya sé que no tengo muy buen aspecto, he tenido tiempos mejores..........pero bueno, es lo que hay.
- ¡Un pollo que habla! - exclamé.
- ¡Mira quien fue a hablar! Que, se ha vuelto a atascar la puerta.
- Eso parece.
- Bueno, yo no puedo ayudarte como ves, pero quizás Rodolfo............¡Rodolfo! - gritó - ¿Estás ahí?
-¿Donde iba a estar, maldito pollo desplumado? - respondió un langosta que se encontraba en una estantería más elevada.
- ¡Más respeto, que soy un pollo de caserío con label de calidad!
-¡ Mucho label, mucho label, pero acabarás en la cazuela como yo! ¡Pobre de mí!, ¡ni siquiera tienen la consideración de matarme antes de cocerme viva!, ¡sádicos, más que sádicos!
- Pobrecita, - dijo el pollo - está muy deprimida desde que se enteró que la cogieron porque se había acabado el bogavante.
- ¡Rodolfo!, tienes que hacer una última buena acción.
- ¿Y qué quieres que haga?
- Seguir mis instrucciones.
El pollo les dijo lo que tenían que hacer, y así lo hicieron: El niño, subió hasta la estantería donde estaba la langosta, y liberó sus  poderosas tenazas del cordel que las sujetaba. Entonces la langosta cogió la botella de champán que se encontraba tumbada a su lado, y apuntando el corcho hacia la puerta, presionó sobre él hasta que salió disparado. El zambombazo hizo que la puerta se abriera.
- ¡Ya está chaval!, ya puedes salir. Por suerte mañana es el cumpleaños de tu padre, y en toda buena celebración no puede faltar el champán - dijo el pollo.
- ¡Ni la langosta!, ¡pobre de mí! - se lamentó Rodolfo.
- ¡Muchas gracias chicos, no hubiera podido salir sin vosotros!
Me despedí de mis nuevos amigos, no sin antes dar un buen trago de leche. Después volví gateando hasta mi habitación, y subiéndome a los cojines que había en la cama que estaba al lado de mi cuna, conseguí llegar al borde de la misma; y me dejé caer dentro. Con la tripita llena, caí de nuevo en un apacible sueño.

- ¡Dios mío, me he dormido!
La mamá del bebé se despertó sobresaltada, y fue corriendo a la habitación donde éste estaba.
- ¡Angelito mío! - dijo mientras le acariciaba la mejilla - ¡Duerme mi vida!



viernes, 23 de mayo de 2014

Hermanos montañeros (parte 2ª)

Cuando llegó a casa, Josu le echó en cara a su hermano lo que había visto en el reflejo del río, ya que creía plenamente en lo que le había contado la chica del río. Iker lo negó todo, y tuvieron una fuerte discusión, que acabó con Yosu cogiendo las maletas y yéndose a  vivir lejos de su hermano.
Iker estaba muy contrariado por la actitud de su hermano, pero le quería mucho, por lo que se propuso descubrir qué le sucedía. Fue a la casa donde vivía ahora Josu , y se escondió cerca de ella, tras unos arbustos. Esperó un rato, hasta que le vio salir del portal. Entonces le siguió sin que se diera cuenta. Como todos los días, Josu se dirigió al Adarra, para estar con su amante. Al llegar al río, vio a la chica. Llevaba un vestido largo que le llegaba hasta los pies, y se peinaba el largo pelo plateado con un cepillo dorado. Al verla Josu, fue corriendo a su encuentro, y se unieron en un fogoso abrazo. Iker, esperó a que Josu se fuera para hablar a solas con la chica. Entonces, salió de su escondite. Al verle la chica, corrió hacia el río, pero la falda de su vestido se quedó enganchada en unas zarzas. Al tirar de ella, la falda se rasgó, dejando al descubierto ¡ pies de oca!, con los que, de un salto, se zambulló en el río, perdiéndose en sus profundas aguas.
Josu se quedó petrificado ante lo que había visto.
Al llegar a casa, reflexionó sobre lo sucedido, y decidió ir a pedir consejo a Maritxu, la bruja buena de Ulía.
Maritxu vivía en una humilde casa en el monte Ulía. Allí recibía a la gente, para ayudarles con su don de clarividencia, a cambio de la voluntad. Iker llamó a la puerta, de la que colgaba un cardo seco. - ¡Entra! - escuchó -, ¡está abierta!
Se encontró con una modesta sala de aspecto rústico, adornada con utensilios antiguos de campo, e iluminada débilmente por el fuego de una chimenea. Frente a ella, una delicada anciana hacía punto sentada en una silla.
- Pasa - le dijo la anciana al verle parado en la puerta -, siéntate y cuéntame que es lo que te tiene tan atemorizado -.
Maritxu, dejó la aguja y la lana en la repisa de la chimenea, y le miró con intensidad y ternura.
Al instante, Iker se tranquilizó.
- ¿Quieres unas galletas? - le ofreció la anciana acercándole una bandeja llena de ellas.
- Si gracias.
Mientras saboreaba las galletas, Iker le contó lo que había sucedido.
- Está claro que tu hermano es víctima del encantamiento de una "lamia" - le dijo Maritxu.
- ¿Una lamia?
- Si, es un ser mitológico que vive en los bosque vascos, y en otras muchas partes del mundo. Es mitad mujer, mitad animal, y puede ser benéfica o maléfica. Si es benéfica, intentará aprovecharse de tu hermano para sus propios fines: cortar leña, cazar........, pero si es maléfica, ¡lo devorará!
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Iker.
- ¿Y cómo podemos saberlo?
Maritxu se levantó, y rebuscó algo en un gran arcón que había junto a la ventana. Sacó de él un pequeño espejo de mano tapado con una bolsa de tela.
- Este espejo, es un fragmento del "Espejo de la verdad"(1). En él, se ve reflejada la verdadera naturaleza de cualquier ser. Deberás hacer que la lamia se mire en él, para que su verdadera naturaleza aflore, y se rompa el hechizo.
Después de charlar un rato, Iker se despidió de Maritxu, agradeciéndole su ayuda. Antes de irse, la anciana le dio un colgante con un laburu (2): - Esto te protegerá del hechizo de la lamia - le dijo -, llévalo contigo cuando te enfrentes a ella.
Al día siguiente, Josu cogió "El espejo de la verdad", se colgó la medalla con el laburu, y subió al Adarra temprano. Se escondió entre unos matorrales, cerca del río, donde se reunían la lamia y su hermano. Al rato, vio a Josu, que se acercaba con la mirada perdida. Entonces la lamia surgió del agua, y se subió a una roca.
- ¡Yosu! - le gritó Iker a su hermano -, ¡tenemos que hablar!.
Yosu le miró desconcertado.
- ¿Qué haces tu aquí? - le gritó furiosa la lamia.
- He venido para hablar con mi hermano.
La lamia le miró fijamente con sus profundos ojos azules, intentando hechizarle.
- Te he traído un regalo - le dijo Iker ofreciéndole el espejo, que guardaba en su mochila -, quiero que seamos amigos.
La lamia lo cogió, y quito la tela que lo envolvía. Al mirarlo, vio su mandíbula babeante y sus ojos rojos reflejados en él, y al instante, se transformó en la imagen del espejo.
-¡Maldito! - gritó la lamia arrojándose al cuello de Iker, y apretándolo con sus garras -, ¡vas a morir!.
Abrió entonces su enorme boca poblada de afilados colmillos, con la intención de morderle.
De pronto, se escuchó un golpe seco, que retumbó en todo el monte,  y la lamia cayó al suelo, con un buen chichón en la cabeza. Iker se incorporó, y vio entre la niebla de sus ojos, la silueta de su hermano, con un palo en la mano.
- ¿Estás bien? - le dijo, ayudándole a incorporarse.
- Si, si, vamonos a caso, tenemos mucho de qué hablar.

En los días siguientes, los hermanos fueron ascendiendo los montes que les quedaba para concluir el concurso, y lo ganaron; pero no por ello dejaron de ir al monte para disfrutar de él y del reto de sus cimas; eso sí, llevando siempre un laburu en el cuello, y el espejo de la verdad en la mochila.

(1) Saturnino en: El misterio del planeta cambiante
(2)  Significados del Laburu


viernes, 16 de mayo de 2014

Hermanos montañeros (parte 1ª)

El carácter de un pueblo está marcado por el lugar geográfico en el que habitan. En el caso de los vascos, las altas montañas y los profundos valles, han forjado en ellos la nobleza e integridad de su forma de ser; pero también su desconfianza y cabezonería.
Iker y Yosu eran dos hermanos que vivían en Leiza, pequeño pueblo situado en el precioso valle de Leizarán, Guipúzkoa. Cómo muchos otros niños vascos, los fines de semana, sus padres les calzaban las botas de monte, les ponían sus chamarras de "gore-tex", y les llevaban a recorrer los empinados terrenos que ascendían a las cumbres de los montes de alrededor. Pasó el tiempo, y los hermanos, convertidos en robustos jóvenes, seguían quedando los fines de semana para continuar la tradición montañera heredada de sus padres, convirtiéndose ésta en parte fundamental de sus vidas.
Por entonces, la federación vasca de montaña, con el fin de promover la afición por el monte, organizó un concurso que consistía en ver quien era capaz de subir las cien montañas más altas del País Vasco en menos tiempo, para lo cual, colocaron buzones a la sombra de las cumbres que coronaban sus cimas, de manera que el que subía a ellas, debía dejar una tarjeta con su nombre y dirección del club de montaña al que pertenecía, y llevarse las tarjetas que encontraba para enviarlas por correo a los distintos clubes de montaña de los que eran socios las personas que habían dejado las tarjetas. De ésta manera, se podía contabilizar el número de cimas que lograba una persona. Los hermanos, sin ningún tipo de ambición deportiva, asumieron el reto, cómo un juego, y poco a poco, fueron sumando cimas a su palmarés.
En una de esas excursiones, se propusieron ascender el modesto Adarra, un pequeño monte guipuzkoano.
Era un día gris y húmedo. El constante chirimiri (llamado también calabobos), tan característico de la región, empapaba el pelo y los pantalones, resbalando las gotas por su cara, y por la superficie impermeable de sus chamarras. En una hora escasa, a buen ritmo, Iker llegó a la cima del Adarra, y dejó su tarjeta en el buzón. Josu, se entretuvo recogiendo unos hongos, que su experto conocimiento de los mismos, distinguió como comestibles. Al rato, llegó hasta un río, que corría caudaloso tras las últimas nevadas. En su orilla, sobre una roca, y con los pies en el agua, una hermosa joven peinaba su largo y frondoso pelo rubio. Josu quedó prendado al momento de la fascinante joven. Esta, le miró fijamente: "- Acércate -" le dijo autoritariamente.
Hipnotizado por sus profundos ojos azules, Yosu obedeció la orden, perdida completamente su voluntad. Cuando estuvo frente a ella, sus manos (las de ella) se transformaron en garras, y su insinuante boca se abrió mostrando afilados dientes. Se disponía a devorarlo, cuando los ojos de la joven, convertidos en tizones, se encontraron con los ojos sinceros y cándidos de Josu, quedando perdidamente enamorada de ellos. Al momento, se transformó de nuevo en una hermosa joven.
- ¡Yosu!, ¿dónde te habías metido? - se escuchó entre los árboles. Iker había descendido ya de la cumbre, y buscaba a su hermano. La joven al verlo llegar, se arrojó al río y se perdió en sus frías aguas.
- ¡Pero Yosu!, ¿dónde andabas?, llevo horas buscándote. - le dijo Iker. Yosu se sobresaltó.
- ¿Y la chica?
- ¿Qué chica?
- ¡Había una chica en ésta roca!
- Yo no he visto a nadie. ¿Te has comido alguno de esos hongos que llevas en la bolsa, o qué?
Yosu miró la bolsa.
- ¡No digas tonterías, había una chica aquí!
- Vale, venga, vámonos que se hace tarde.
Los dos hermanos bajaron hasta el merendero que había en la falda del monte, y tomaron caldo bien caliente y chorizo cocido, para temblar los ánimos y recuperar fuerzas.
Aquella noche, Josu soñó con la chica del río. En el sueño, la joven bailaba insinuantemente delante de él, haciéndole gestos con las manos para que se acercara. Al día siguiente se despertó con una gran ansiedad en el pecho.
- ¿Qué te sucede? - le preguntó su hermano al verle tan inquieto.
- Nada, nada - le contestó azorado.
Cuando su hermano se fue, Josu, en vez de ir a trabajar, se dirigió al monte Adarra; la imagen de la chica del río llamándole, seguía en su cabeza. Subió apresuradamente hasta el río, y allí, en el remanso del día anterior, se encontraba la bella joven, peinándose el pelo.
- Acércate - le dijo sonriendo - no tengas miedo.
Josu se acercó. Esta vez, las manos de la chica acariciaron sus mejillas, y sus labios le besaron dulcemente. El nudo en el pecho de Josu se desató, y se enlazaron en un apasionado abrazo.

Pasaron los días; Josu sólo podía pensar en la chica del río, por lo que dejó de ir al trabajo, sin decirle nada a su hermano, para pasar el mayor tiempo posible con ella.
Al llegar el fin de semana, Iker le propuso a Josu subir al Hernio, uno de los montes que les quedaba por ascender.
- Pues no me apetece mucho - le dijo.
- ¡Venga hombre!, que no nos queda poco para ganar el concurso.
Josu se debatía entre ir al monte con su hermano, o estar con su amante. Al final se decidió a ir con su hermano.
Cuando volvió a ver a la chica del río, la encontró disgustada y furiosa.
- ¿Por qué no viniste ayer? - le gritó.
- Fui con mi hermano al monte, nos falta poco para ganar el concurso.
-¡Tonterías! - Exclamó llena de celos. Se quedó pensativa un momento. - ¿Sabes que tu hermano te está engañando? - le dijo - quiere llevarse el mérito para él solo.
- ¡Estás loca, el nunca haría algo así!
-¿Tú crees? , ¡mira!
Un movimiento circular de sus manos sobre la superficie del agua, hizo que ésta se aquietara, pero en vez de su reflejo, Josu vio a su hermano en la cima de una montaña, metiendo en el buzón una tarjeta con su nombre.
- ¿Ves?, esto está sucediendo en estos momentos.
- ¡No puede ser!
- ¡Tu hermano quiere la gloria para él solo!
- ¡No! - gritó Yosu golpeando la superficie del río.
- No te preocupes, yo estaré siempre contigo - le dijo la chica, y abrazándole, consoló su corazón herido.

jueves, 1 de mayo de 2014

El niño que quería saberlo todo

Os voy a contar una historia, la de Juan, el niño que quería saberlo todo.
Con 3 años, Juan se preguntaba por qué la leche era blanca. Ya con 5, observaba la luna, intentando descubrir los hilos de los que colgaba del cielo. Con 6, encontró en el colegio su paraíso particular, donde había sabios, que con más o menos paciencia, intentaban responder a sus preguntas. Allí  se encontraba también la biblioteca, donde pasaba innumerables horas enfrascado apasionadamente en la lectura de los cientos de libros que poblaban sus estanterías. Pero con el tiempo, aquel paraíso, se convirtió en un pequeño oasis que no podía satisfacer sus ansias de saber. Así que, siendo un avispado joven, partió de su pueblo a la ciudad, donde nuevos e inagotables paraísos de conocimiento le esperaban. Pero ni siquiera aquel inmenso caudal de sabiduría pudo llenar su anhelo de respuestas.
Un buen día, oyó hablar sobre "El país de los sabios", un lugar donde vivían las personas más cultas del planeta. Se imaginó allí, rodeado de ellos, debatiendo en intensas e interminables veladas, sobre todo tipo de temas. Y allí fue. La decepción fue tremenda. El lugar consistía en una pequeña aldea de casas de adobe, y lo más sorprendente de todo, era que la mayoría de sus habitantes ¡andaban cabeza abajo! Se acerco a uno de ellos.
- Hola, perdone que le moleste, ¿por qué anda así?
- ¡Vaya que interesante!, ¡alguien andando con los pies!
- ¿Es qué aquí todo el mundo anda cabeza abajo?
- No, no todos,................., pero es mucho más interesante.
El hombre daba vueltas alrededor de Juan, mirándole de arriba a abajo con curiosidad. A lo lejos, vio a un grupo de hombres sentados en unos bancos de madera.
- Oigan, ¿Qué les pasa esos, que andan con las manos? - les dijo.
- Pues................., no lo se le dijo uno de ellos, contrariado - lo he olvidado. ¿Quieres comer algo? - le dijo mostrándole unos frutos alargados de color naranja.
- No, gracias.
Estuvo un rato hablando con ellos; ¡ninguno recordaba nada!, ¡ni sus nombres!
Desconcertado, salió de la aldea, ¡tenía que salir de allí, encontrar una razón para todo aquello! ¿Se habían vuelto locos de remate?
Por el camino, se encontró con un campesino, que subido a un carro, llevaba trigo al molino.
- Que, ¿Vienes del país de los sabios? - le dijo.
-Sí, pero más que sabios, son locos.
- ¡No!, ¡lo que pasa es que nuestras simples mentes no pueden comprender el comportamiento de seres iluminados!, ¿sabes por qué andan cabeza abajo? Dicen, que de esa manera, la perspectiva del mundo cambia completamente, y tienen que volver a aprenderlo todo.
- ¿Y los que no recuerdan nada?
- Esos comen "El fruto del olvido"(1), para tener que aprenderlo todo de nuevo.
Juan no quiso discutir con el campesino, ante la veneración que éste procesaba a los sabios, pero tuvo claro que el ansia de saber, les había trastornado. Juan subió al carro con el campesino, y charlaron amigablemente.
- ¿Qué te trae por aquí? - le preguntó el campesino.
- Quería visitar a los sabios para aprender de ellos, pero la verdad.................
- ¿Quieres conocer al hombre más sabio del mundo?, dicen que vive en la ciudad
- ¡Me encantaría! - los ojos de Juan se iluminaron.
- Vive en la ciudad. Pregunta por Federico, Federico Montoya.
Así que fue a la ciudad y preguntó Por el tal Federico.
- Vive al final de la calle, en una casa roja - le dijeron.
- ¿Y es cierto que es un gran sabio?
- Bueno..........., sabe de todo, eso si que es verdad.
Llamó a la puerta de la casa roja, como le habían indicado. Un hombre, con un buzo de trabajo que se limpiaba las manos con un trapo, le abrió la puerta.
- Hola  - le dijo.
- ¿Eres tú Federico? - le preguntó Juan.
- Si.
- ¿Puedo hablar un momento contigo?
- Bueno, ahora estoy ocupado arreglando unas goteras. Ayer llovió como si el mar se hubiera caído del cielo - dijo Federico sonriendo - pero pasa,  charlaremos mientras trabajo.
Juan observaba como Federico subido a una escalera colocaba diestramente unas planchas de madera en el techo.
- ¿De qué querías hablarme?
- Vengo del "País de los sabios", quería aprender de ellos, pero creo que se han vuelto locos.
- Bueno, son sabios, ya sabes.
- Oye Federico - le preguntó de repente - ¿sabes cómo curar un catarro?
- No, ¿por qué?
-Por nada. ¿Y sabes por qué gira la tierra?
- Pues....................., no. ¿A qué vienen esas preguntas?
- Es que..............., perdona tengo que irme.
Juan se marchó sin ni siquiera despedirse, de tan decepcionado que estaba.
"- ¿Y ahora qué?" - pensaba - " nunca podre saberlo todo."
Decidió volver a su casa, pero antes , pasaría por casa de Federico para disculparse por su comportamiento. Llamó a la puerta.
- Está abierta - escuchó. Entró y vio a Federico poniendo una cataplasma en el pecho de un chico.
- Hola - le dijo - , perdona, pero mi sobrino está acatarrado, y le tengo que hacer una cura.
Juan se quedó de piedra.
- Bueno, cambia la cataplasma cada 12 horas, y verás cómo te alivia.
- Gracias tío.
El chico, salió de la casa corriendo.
- ¿Cómo es posible? - Juan no salía de su asombro - , ayer me dijiste que no sabías nada de medicina.
- Y así era.
- ¿Pero.........entones?
Federico se quedó pensativo.
- Tengo un secreto - le dijo -, pero prométeme que no se lo contarás a nadie.
- Te lo prometo.
Entonces le enseñó un anillo dorado con el símbolo del infinito.
- Este es "El anillo de la sabiduría" - le dijo.
- ¡Es precioso!, ¿y cómo funciona?
-Cada vez que quiero saber algo, me lo pongo, y el conocimiento que necesito me viene a la cabeza al momento.
- ¡Increíble! ¿puedo probarlo?
- No sé..............es peligroso. Si los conocimientos que buscas son egoístas, se volverán contra ti.
- Yo sólo quiero saber cómo volver a mi casa. Me he perdido.
Juan no se atrevió a revelarle que su verdadero deseo era saberlo todo.
- Bueno, si es eso, pero ten cuidado.
Federico le dio el anillo. Cuando se lo puso, Juan pidió con todas sus fuerzas saberlo todo, y así sucedió; ¡todos los conocimientos del mundo iluminaron su mente como un relámpago, y desapareció para siempre!

Así termina la historia. Juan desapareció porque lo sabía todo, y ya no tenía nada más que aprender. Yo soy un humilde maestro de instituto, y cuando veo en los ojos de alguno de mis alumnos ese brillo, ese afán por aprender y aprender, les cuento la historia de Juan, para que tengan cuidado, ya que no hay que perder nunca la curiosidad ni el gusto por aprender, pero hay que aceptar las limitaciones de cada uno, porque nadie puede saberlo todo; ¡si no queréis desaparecer!